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Verne en Amiens. Marinero en tierra

Esperas encontrar una ciudad en la que tiendas, restaurantes y garitos te salgan al paso con nombres como Capitán Nemo o Phileas Fogg, pero tienes que llegar hasta el Boulevard Jules Verne para encontrar  el nombre de uno de los escritores de aventuras más leídos del mundo.

24 de octubre de 2016

Esperas encontrar una ciudad en la que bares, tiendas, restaurantes y garitos te salgan al paso con nombres como  Capitán Nemo, Phileas Fogg o Miguel Strogoff, pero tienes que llegarte hasta su Circo para encontrar  el nombre del escritor, o hasta la Universidad de Picardía, que también luce  su nombre, el de uno de los escritores de aventuras más leídos del mundo: Jules Verne.  Nació en Nantes y su carrera literaria había despegado en París, pero eligió Amiens, la ciudad de su esposa, Honorine Deviane, porque quedaba cerca —apenas una hora en tren— y más cerca aún de Le Crotoy, el pueblo  costero cercano  al  canal de la Mancha que se  abre en la desembocadura del río Somme. El marinero Verne necesitaba el mar y estar cerca de sus barcos, cada vez más grandes,  que siempre bautizaba con el nombre de Saint Michel en honor a su único hijo. A sus 43 años encuentra que en París todo es “demasiado febril y ruidoso” y que  la tranquila Amiens, la diminuta Venecia del Norte, que el río Somme deshilacha en canales, “es una ciudad sensata y cortés”. Justo lo que necesitaba para trabajar en paz.

Verne ya vive ahí en el tiempo en que el esteta John Ruskin, uno de los grandes críticos de arte del XIX, visita su catedral, la mayor de Francia, para elaborar La biblia de Amiens (1880-1885), ensayo que toma a su catedral como vínculo entre la historia de Francia y la modernidad. Un libro que deslumbrará a un joven Marcel Proust hasta el punto de traducirlo, y  peregrinar hasta Amiens cautivado por las reflexiones del inglés sobre la memoria, el pasado y el arte. El tiempo en que se cruza este trío de ases ya ha marcado, entre tradición y modernidad, la fisonomía de esta ciudad en el último cuarto de siglo. A un lado, el barrio antiguo de Sant-Leu con sus canales, sus fachadas antiguas, sus minúsculas casas; los jardines flotantes (Hortillonnages)a los que se llega en barca y, sobre todo, su despampanante catedral de Nôtre Dame, levantada por el influyente gremio de los tintoreros amienses medievales. Al otro lado de sus antiguas murallas derribadas, por las que ahora corren las vías del tren,  está la ciudad moderna donde se instala Jules Verne con su familia, primero en el 44 del hoy Boulevard Jules Verne, casa a la que volverá unos años antes de morir, y luego, casi al lado,  al 2 de la rue Charles Dubois, donde vivió 18 años, y ahora se levanta un museo delicioso de lo más verniano.

Viaje a Amiens, Francia.

Si la catedral era el símbolo del pasado, que convocan Ruskin y Proust, el tren que circula bajo su ventana,  e inunda de hollín su mesa de trabajo, será la imagen de futuro y aventura que ama Verne.  Es la línea que enlaza París con el Paso de Calais y la estación,  para ir a resolver los asuntos con su editor Jules Hetzel, está realmente a un paso. No queda nada de la original, ni de muchos de los barrios céntricos que se llevaron las bombas en la Segunda Guerra, aun así, la ciudad conserva un aire tan plácido como cuando el escritor ejercía sus responsabilidades como concejal de Educación, Bellas Artes, Museos, Teatro y Fiestas. Su vida transcurría entre los salones del Ayuntamiento, la Biblioteca Municipal, el Club de la Unión donde leía revistas, la Comédie a la que asistía con Honorine a sus representaciones teatrales  y su casa, cerca de la cual hizo construir el Circo Municipal, por un alumno de Eiffel, Émile Ricquier. El circo, con sus marquesinas modernistas y  sus vidrieras cenitales, es un polígono de 16 lados que ahora luce perfecto tras la última rehabilitación de 2003.

“Vivo  apartado de los periodistas y los críticos (…) y no salgo de mi rincón”, escribía en carta a su hermano Paul. Nada más cierto que lo de su rincón. Era lo que dejó perpleja  a la famosa reportera del World, Nellie Bly, cuando visitó al autor de La vuelta al mundo en 80 días mientras trataba de fulminar el récord de su personaje,  Phileas Fogg: “Era una habitación austera y desnuda. Debajo de la ventana había una mesa de trabajo y resultaba espectacular no ver en ella el acostumbrado desorden que suele cubrir las mesas de los literatos. (…) No había en la habitación más que un único asiento, ni más mueble que un sofá bajo”. Y así de austero se muestra hoy este gabinete  en el que trabajó en unas treinta obras, escribiendo  de 5 a 11 de la mañana; después salía a sus obligaciones y se metía en la cama hacia las siete de la tarde para leer libros y revistas y tomar notas hasta medianoche. Como ahora,  en el primer piso también estaba la biblioteca del autor y los dormitorios, a los que se añade, desde la apertura de este museo en 2006, todo el mobiliario del despacho de su editor Pierre-Jules Hetzel  proveniente del 14, rue Jacob de París, donde estaba la editorial. ¡Si el sofá hablara! Ahí se sentaba Balzac, Victor Hugo, Baudelaire, George Sand y en su mesa de editor aún le imaginamos escribir sobre las tachaduras de uno de los manuscritos de Jules Verne un “¡Que no, que no y que no!” Y No llegaba la sangre al río. Se necesitaban, se respetaban a su manera. Por lo demás, Nellie Bly sí vio los mismos muebles del regio comedor que se conservan tal cual y la cristalera del jardín de invierno donde se recibía a las visitas. Los Verne la recogieron en la cercana estación y nada más verla el famoso escritor lo supo: “Miss Bly me pareció muy enérgica y resuelta. Parecía un apuesto jovencito muy capaz de acabar el viaje en el plazo previsto”. Así fue: solo empleó  72 días, 6 horas y 11 minutos,  para ser exactos.

 

Artículo publicado en la revista El Viajero de El País el 17 de mayo del 2016.

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