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Libros sobre India




Vernon Lee: Islas con fantasmas

De entre todas las páginas italianas que ocuparon la obra de esta original y algo excéntrica autora, sobresalen estas miniaturas sobre Roma, una ciudad que conoció a fondo. Resulta una delicia seguir los pasos de esta italiana de corazón y dejarse atrapar por su espíritu iconoclasta.

9 de diciembre de 2019

Vernon Lee, cuyo verdadero nombre era Violet Paget (1856-1935), fue una isla… Inglesa, de padre francés y residencia casi permanente en Italia; aislada en medio del poderoso océano que fue la construcción secular de la cultura victoriana, para la que ella era demasiado rupturista y avanzada, pero a la vez rechazada por el otro proceloso futuro mar de la modernidad, cuyos navegantes querían cortar con el pasado reciente; enamorada del arte sin ser pintora, sino con las palabras («word painter»); vocacional historiadora del arte de bellísima prosa y también escritora cuyas historias, a menudo fantasmales, se sitúan siempre en los confines artísticos del pasado. Fue la suya una existencia entre dos siglos, dos culturas, dos sexualidades y dos vocaciones que exigían una definición perentoria que nunca llegó, y que, al contrario, la colocaron en el abismo del funambulista que va de una cumbre a otra, eligiendo finalmente situarse en una equidistante tierra de nadie que es, quizá, el único lugar en el que las personas extraordinarias pueden ser realmente fieles a sí mismas.

Su nombre ha sido durante mucho tiempo una palabra clave, una contraseña discreta por la que los amantes de lo exquisito y las gemas raras del arte y la literatura, podían reconocerse como hermanos de la sociedad secreta de la excelencia, en medio de los conocimientos más frecuentados y, por supuesto, más férreamente defendidos, por ser más, evidentemente, evidentes.

En Vernon Lee nos encontramos con una personalidad de ambición plural que escribió cuentos, novelas, textos de viaje, crítica de arte, textos pacifistas, teoría psicológica y estética; alguien que fue calificada por las mentes más brillantes de su tiempo como «excesivamente inteligente» al decir de Henry James, Oscar Wilde, Lytton Strachey, Mario Praz…Y que, sin embargo, logra pasar casi de puntillas por el éxito y la fama.

Sin duda tanto su condición de viajera permanente, y en cierto modo «apátrida», no jugó a su favor, al igual que su lesbianismo: todos sabemos ya que la base «infame» de la fama es el uso político o de cualquier tipo al que ese alguien pudo prestarse en vida, o al uso que se hizo de ella a su muerte por las generaciones posteriores. Son difíciles las posibilidades de adscribir a Lee a alguna causa útil, a cualquier «poder», incluyendo el feminismo —aunque sin duda se ha vuelto a recuperar su figura gracias a él— a pesar del acercamiento de Lee a los presupuestos feministas de sus últimos años. Pero la manipulación a la que se puede someter una figura tan libre, contradictoria e independiente como la suya, es casi nula.

También, sin duda, su condición femenina y su amplia cultura le hicieron proclive a caer en ese «Triangulo de las Bermudas» histórico que se tragó durante siglos a cualquier mente brillante que tuviese la ocurrencia de nacer mujer, es decir, el abismo insondable y hambriento de lo amateur. Lee, que empezó a publicar a los veinticuatro años, fue considerada una aficionada, quizá genial, pero no una figura «importante» o de «autoridad», por esas dos razones tan poco razonables: por ser mujer y por escribir inteligentemente, sobre muchos temas diversos.

También es cierto que al ser mujer se aceptó más fácilmente su dedicación a actividades literarias consideradas por entonces menores o «ligeras»: esencialmente la crítica de arte, los cuadernos de viaje y las historias de fantasmas —que tenían el mismo seguimiento popular entonces que tienen ahora los thrillers o novelas noir—. Por ello es pertinente plantear la difícil cuestión de delimitar si realmente eligió escribir sobre los temas que amaba, o si escribió sobre aquello de lo que se podría aceptar, socialmente, que ella fuese la autora y, que, por lo tanto, sus escritos pudiesen ser publicados. Sería, efectivamente, una delicada decisión, si no fuese porque hay tanta pasión y conocimiento en sus escritos sobre arte, tanta personalidad y nostalgia en su acercamiento a una ciudad, tanto dolor en sus fantasmas…

El espíritu de Roma. Vernon Lee. Es reseñable, aunque sea de pasada, al igual que ocurre con el tema de las mujeres fotógrafas al final del XIX y principios de siglo XX, que escribir sobre arte era considerado entonces una tarea esencialmente «femenina». El abandono de la fotografía en manos de mujeres se dio fácilmente por considerarse un medio esencialmente mecánico de reproducción, de «mímesis» que no se pensaba, en líneas generales, que requiriese ningún talento especial, ningún don, ni técnica, ni genio, sino solo paciencia y la capacidad de manejar, repitiendo una y otra vez el mismo proceso, unos aparatos no excesivamente complicados. También se consideraba en la prensa que era muy «propio» y adecuado que fuese una mujer la que escribiese sobre arte, ya que el tema en sí se juzgaba «femenino», pues se trataba de «describir» con «sensibilidad» lo que ya estaba a la vista; de rendir en palabras, en algo similar a un proceso de traducción «mimética», lo que estaba ya hecho y lo que, por lo tanto, no requería «inventiva», ni tampoco ningún talento especial, sino paciencia y atención al detalle. Además, claro, de modo subterráneo, estaba la asociación casi automática que se hacía entonces del arte con la belleza y de esta última con la mujer: de algún modo, era lógico que fuese alguien ligado por su naturaleza a las «leyes de la belleza» quien hiciese la descripción de un objeto artístico regulado por esas mismas leyes.

Aunque su nombre de nacimiento fue Violet Paget, ella escribía con el pseudónimo masculino de Vernon Lee. Y eso era, entonces, algo relativamente aceptable: mujeres escribiendo con nombre masculino o bajo la cobertura de «Anónimo», una incidencia tan común que llevó a Virginia Woolf algunos años después a declarar: «Anónimo es una mujer». Pero como siempre ocurre con los seudónimos, su función va más allá de resolver una dificultad social: es también una necesidad psicológica. Es la máscara más real. Para Vernon, este nombre falso representa su ser más auténtico y su vida más verdadera: toda aquella persona realmente cercana a ella la conocía por su seudónimo y así firmaba todas sus cartas personales.

Es un hecho evidente que la genialidad y el talento crean envidia, y por lo tanto enemistades, y que, a su vez, lo único que sostiene social y económicamente a alguien son precisamente esas cualidades; más aún cuando además su (discreto) lesbianismo le pone al borde de la exclusión social… La mayor riqueza de Lee eran su agudeza, su exquisita educación en las artes y el conocimiento profundo de al menos cinco idiomas. Fue fácil pensar para esas mentes rastreras, cuya vulgar idea del éxito es que se les invite a almorzar gratis o se les traduzca a muchos idiomas —obviamente estoy haciendo una traslación humorística, a nuestra época, pues la vulgaridad entonces era el amor al dinero por encima de todo, al igual que ahora— que se la podría fácilmente eliminar de las listas que llevan primero a la Gran reputación y finalmente a la Fama eterna. Y así fue. Al menos durante el tiempo de su vida mortal. La lista de la gente que la detestaba, que la encontraba ridícula o que decían que lo era, rebuscando motivos y adjetivos para desprestigiarla; la de las amistades que rompieron con ella y nunca le perdonaron algo, es mucho más larga que la de sus amigos leales y constantes; bien es verdad que ella renovaba continuamente este apartado, llevada por una curiosidad intelectual inextinguible. Luego, claro, en los siglos venideros de los rastreros no quedará nada, ni una mancha de grasa, y, sin embargo, Vernon Lee, aunque nunca totalmente ausente, después de un periodo de relativa oscuridad, resurgirá de nuevo, siendo la reedición de algunos de sus escritos y el interés por sus teorías, un fenómeno admirable e imparable que se viene dando desde el año 2000. En la actualidad, en Inglaterra, que fue su patria materna, se está procediendo a la reedición de muchos de sus escritos. Esta es por cierto la primera aparición de sus «páginas romanas» en español. El tema del eterno retorno, el triste e incierto fantasma de la inmortalidad, es, por cierto, uno de los motivos recurrentes que habitan nuestro libro, esta especie de diario dedicado a Roma.

De la genialidad de Lee, que una vez pasada la extrañeza inicial que produce el encuentro con su voz profundamente original, no hay ninguna duda, estas páginas lo atestiguan cumplidamente, y explican el hecho de que se le abrieran muchas puertas en el mundo editorial y social, pero también por su criterio independiente, capacidad para ver más allá de las apariencias, e irreprensible inteligencia, consiguió hacerse numerosos enemigos que sembraron su vida de más dificultades de las que ya había adquirido en su infancia. El lector o lectora de este libro comprenderá inmediatamente, en cuanto empiece su lectura, que alguien que puede hablar de la Capilla Sixtina, la obra magna de Miguel Ángel, una de las obras más reproducidas y valoradas del mundo, con esa descacharrante lucidez y falta de protocolo, con la que lo hace ella y sin dar a su visión ningún énfasis, sino casi podríamos decir que «de paso», atenta solo a expresar su propia visión, es capaz de casi todo, al menos en su mente, al menos por escrito.

Extracto del prólogo de El espíritu de Roma, de Vernon Lee.

Amparo Serrano de Haro

Profesora titular de Historia del arte en la UNED y escritora. Se formó en la Universidad Complutense de Madrid y después de obtener la Beca Fulbright también en Columbia University (Nueva York) y en el Institute of Fine Arts (New York University). Sus líneas principales de investigación giran en torno al arte y la historia, el arte y la crítica, los códigos de la imagen y cuestiones de historia cultural, en particular los temas de género. Tiene publicados 14 libros, entre ensayo, novelas y cuentos.

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