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Histórico noticias



Versos futuristas a orillas del mar Negro

Dicen que la belleza salvó de los bombardeos a Venecia y Praga, aun estando en el ojo del huracán en las dos guerras mundiales. Otro tanto pasa con Yalta, la perla de Crimea donde los aliados se repartieron el mundo y donde Maiakovsky, Chejov, Korsakov… pergeñaron manuscritos.

4 de junio de 2018

Dicen que la belleza salvó de los bombardeos a Venecia y Praga, entre otras capitales de la arquitectura, aun estando en el ojo del huracán en las dos guerras mundiales. Probablemente fantasearan con ocupar alguno de sus palacios los generales que debían dar órdenes de bombardear…

Otro tanto pasa con Yalta, aldea de pescadores hasta 1823. El príncipe Vorontsov, con palacio allí, recibió por entonces el encargo de transformarla en ciudad-balneario para las vacaciones del zar y el resto de la nobleza rusa. De ahí que los bolcheviques abominasen de su trazado chic durante la revolución de 1917, lo que no impidió que con el tiempo sus soviets supremos también veraneasen en ella. De hecho, el mismísimo Stalin recibió en la península de Crimea a quienes con él vencieron la Segunda Guerra Mundial, los presidentes Roosevelt y Churchill, en lo que se pasó a la historia como la Conferencia de Yalta. Es más, a principios de 1918, a poco de estallar la revolución de octubre, los destacamentos de la Guardia Roja, el comité del Partido Bolchevique y el soviet ejecutivo de soldados y campesinos se habían instalado ya en un elegante enclave vecino, Villa Elena, la construcción modernista diseñada por el arquitecto Lev Shapavalov en 1912, para que el bañista de élite tomase las aguas en Crimea.

Versos futuristas a orillas del mar Negro

Los aliados se repartieron el mundo en Yalta, estableciendo un nuevo orden internacional de influencias y dando pie, entre ellos, a la inmediata Guerra Fría. De poco valió que se reuniesen en la llamada “ciudad de la felicidad”, en la que parecía obligado divertirse y descansar a cuerpo de zar. Pero, claro, hacía tiempo que en Yalta se había impuesto la necesidad de dejarse ver, a cada tanto, si uno se tenía por alguien en la gotha europea. No faltaban en los clubes naúticos, casinos y bistrots de la también denominada “Perla de Crimea”. Y, desde luego, en las fiestas de Villa Elena, el hotel Frantsia y el Marino.

A diferencia de ellos, aunque del mismo corte europeísta y también en acción desde la segunda mitad del siglo XIX, el Hotel Rossia había trascendido la mera condición de escaparate y pasarela. Se recordaban en su salón las interpretaciones de los compositores Modest Musorgky y Rimsky Korsakov, de 1879 a 1881. Pero, además, de puertas para adentro habían pergeñado allí manuscritos no pocas plumas nacionales. Anton Chehov, a vueltas con el relato A student (1894). El lírico Nikolas Nekrasov, ocho años antes, una cuarta parte de su poema Quién puede ser feliz en Rusia, a más de su famoso verso Calma, mi musa emocionada. Así que, cuando el gran futurista de la revolución llegó al hotel, a Vladimir Maiakovsky nos referimos, pudo escribir a su familia que los ambientes mundanos le aburrían, no sin dar forma a su obra Steamer and Man (1926). Venía Maiakovsky de dar arengas por todo el país y en el hotel estaba pensado que reposase, sin pensar en nada. Pero fue imposible. Además, en el Rossia acabó redactando el poema Fine, cuando repitió estancia al año siguiente. “Me aburro como un caballo”, había telegrafiado el poeta vanguardista a sus amigos Lili y Ossip Brik en julio de 1926. “Si no me escribís todo, todo, todo sobre vosotros, voy a ponerme de inmediato a languidecer”, se leyó en su correspondencia días más tarde. Y vuelve a cartearse con sus amigos en agosto de 1927, desde el mismo lugar, en los siguientes términos: “Amadme, por favor. No me olvidéis (…)¿Cómo les va a las honorables hijas de perra, vuestras pequeñas bulldogs?” Y es que Bulka, el can de su matrimonio amigo, ha tenido descendencia. Una circunstancia que a Maiakovsky le devuelve a los sentimientos encontrados que profesa hacia la pareja. Ossip es su amigo del alma y está casado con Lili, la mujer de su vida. ¡Qué fatalidad! “Beso todas vuestras patas y cabezas”, había resuelto escribirles también desde su alcoba, en el hotel Rossia.

Probablemente Maiakovsky haya sido el mayor líder roquero de la poesía, eso sí, antes de que se inventase el rock. Sus recitales y performances movían masas. Inventó el periodismo como subgénero inmediato de la poesía. Ejerció de copy incendiario en los orígenes del cartelismo y la propaganda publicitaria. Vivió deprisa. Su figura en vida se volvió tan iconográfica como su prematuro suicidio, desengañado el poeta del socialismo en las garras de Stalin, otro ilustre veraneante de Crimea. Algo más de expectación levantaron, en cualquier caso, los artistas anteriores a Maiakovsky que se aposentaron en el Rossio, ubicado en la calle de Yalta que con la revolución pasó a llamarse Lenin Embankment. La soprano Yevgenia Mravina, que murió poco antes, en 1914, tras residir sus últimos once años junto al mar Negro y cantar en el hotel, donde fue visitada por la feminista Alexandra Kollontai, primera mujer del mundo llamada a ostentar altos cargos políticos. El Nobel Ivan Bunin, que consolidó su amistad con el compositor Sergev Rachmaninov, despachándose a gusto en el bar y el restaurante del Rossia. El siglo XX se estrenó allí alojando al padre del teatro psicológico, Konstantin Stanislavsky, que con Nemirovih-Danchenko llevó  al teatro de Yalta títulos como Los solitarios (Hauptmann), Hedda Gabler (Ibsen) y La gaviota y Tío Vania (Chejov). Y antes de la Segunda Guerra Mundial, en diferentes épocas, dejaba constancia el Rossia de haber conocido los pasos de la actriz Maria Yermolova, el pintor Nikolai Yeroshenko y el también poeta Igor Severyanin. El hotel dio cama después a los pacientes del llamado Yalta Health Resort, lo que no bajó de caché su clientela: a él comenzaron a ir los altos miembros del politburó soviético, lo mismo que al Nizniaya Oreana, antiguo palacio del zar Nicolás I en Yalta, convertido en sanatorio resort de postín. Lo dicho: la belleza tiene pocos enemigos, por más que pueda ser tachada de aristocrática, decadente, burguesa, inmovilista o conservadora. Siempre es saludable.

Aparte los ya mencionados, ilustres veraneantes en Yalta fueron los más populares aristócratas rusos, caso del novelista Leon Tolstoi. También Jruchiev, Gorbachov y Breznhev, los líderes más populistas del proletariado. Lo podría haber predicho Mark Twain, que visitó el lugar antes que ellos, con ojos extranjeros. Podría haber escrito estas líneas antes que yo.

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