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Vértigo, luna y sol en el Cabo Espichel

A cincuenta kilómetros al sur de Lisboa, tendida sobre el océano, está la mole rocosa y plana del cabo. Desolado, agreste y solitario, Espichel interesará a historiadores, geólogos, filósofos y soñadores que se adentren en la magia de los acantilados y los mares tenebrosos.

8 de octubre de 2015

Hace veinte años llegué al cabo Espichel en una excursión rara, por casualidad. Tenía el recuerdo neblinoso de soledades en el viento, de un lugar fuera del mundo. Vuelvo a él porque todo el misterio de un país está en forzarnos a re-conocerlo, como el arte de un novelista clásico nos incita a releerlo. A cincuenta kilómetros al sur de Lisboa, tendida sobre el océano, está la mole rocosa y plana del cabo. Tómese la carretera que va hacia Sesimbra.

Hoy Espichel está igual, las ruinas siguen siendo ruinas, la pequeña iglesia barroca solitaria, el horizonte no ha sido ni puede ser modificado. La magia de los acantilados y los finisterrae, el mito del fin de las tierras, el mar tenebroso, es algo muy portugués. Como Europa está orientada hacia occidente, todos los finisterres están sobre el Atlántico, ya sea en Escocia, en Bretaña, Galicia o Portugal.

El otro cabo simbólico está al norte de Tajo, a la altura de Lisboa, por debajo de Sintra; es el Cabo da Roca, que Camões cita en Os Lusíadas y que es el punto más occidental del continente europeo. Pero el Espichel es más desolado, más agreste y solitario. En los días claros, su perfil se divisa como una lejana y alargada placa desde Cascais.

Se llega por una estrecha y sinuosa carretera, más o menos conservada, lo que le preserva de las masas turísticas, aunque siempre es mejor ir fuera de temporada.

La zona es azotada por los vientos y todo rezuma antigüedad: las huellas (pegadas) de los dinosaurios, las capillas abandonadas, el acueducto. El faro es lo más moderno y su fábrica inicial es del siglo XVIII. Hay que visitarlo un día de niebla o de temporal, donde cobra sentido lo desconocido. Nos recuerda que Portugal es un país mágico. Al norte del Tajo, el Cabo de Roca, al pie de la Serra da Lua, Sierra de la Luna, es decir, Sintra. Al sur del Tajo, casi simétrico, el cabo Espichel, al pie de la Serra da Arrábida, que es la Sierra del Sol.

Viaje a Portugal

Nos encontramos al borde de lo inefable. Los portugueses del siglo XV, que desafiaban su destino de pobres labradores, de siervos, echándose al mar a la aventura y ventura, construyeron una capilla para aplacar la desesperación del hombre frente a lo desconocido. Las capillas, las imágenes, le daban una certidumbre, una cierta paz ante el terror del mar tenebroso. Espichel puede simbolizar, en efecto, la victoria sobre el destino.

La sensación de vértigo ante el oleaje, espuma furiosa, que al fondo tiembla como un estertor del fondo del mar oscuro, es única, sobre todo por los alrededores del faro, donde no hay una sola barandilla ni quitamiedos. Vacío que intimida, como si padeciésemos una inmensa e insoslayable agorafobia. El vértigo es el precipicio, es la caída al abismo. Atisbando a prudente distancia estos acantilados se tiene peligrosamente esa sensación de rotación, de casi pérdida del equilibrio. Ese mismo que vencieron los navegantes portugueses adentrándose en el mar. Abajo, el mar en movimiento antiguo, parece adquirir las formas que ha detenido con las mareas emocionales de su cámara Roni Horn, esa artista visual inspirada en Pessoa. Desde los altos acantilados se ven algunos barcos pesqueros como miniaturas.

El paseante queda entre cielo y tierra, en un paisaje metafísico, como el que sintiese Unamuno en Gredos, con un sentimiento entre oceánico y telúrico.

El cabo Espichel le interesará a los historiadores, a los soñadores y a los geólogos. Y a los filósofos. La sensación de soledad frente a la inmensidad es única, ya casi desconocida en nuestra poblada Europa. El cabo Espichel es una metáfora. Mirando ese mar, el hombre se siente impotente, aun en esta época en que parecemos dominar todo. Se recobra la sensación, cuán perdida, de incapacidad. Se piensa en el destino, en lo desconocido. Lugar idóneo para la meditación. La iglesia de Nossa Senhora do Cabo, elevada en 1701 (ya existía una antes), y las construcciones aledañas, con arcadas abandonadas, las antiguas hospederías (Casas do Cirio), nos incitan a soñar y a la forma que cada cual elija de espiritualidad.

Más abajo del faro, ya al borde del precipicio, hay unas extrañas construcciones medio derruidas (modernas, de ladrillo) que nos llaman la atención. Son elipses con bancos y un centro redondo, orientadas precisamente a un punto de la puesta del Sol, quizá en un solsticio. A veces se puede ver la puesta del Sol simultáneamente al emerger de la Luna llena, al Este.

También interesa el Cabo a los herboristas y botánicos, que allí encuentran restos de las antiguas colonias herbáceas y arbustivas a menudo extinguidas por la agricultura antiecológica.

Desde el promontorio se divisan hacia el norte las largas playas de dunas de Meco y Caparica, milagrosamente bastante bien conservadas sin ecomonstruos (aunque no en la población de Caparica, de fealdad agresiva), la costa lejana de Estoril y Cascais y el perfil de la otra sierra simbólica, la de Sintra. Y recordemos finalmente al poeta Francisco de Aldana (que moriría en la absurda batalla de Alcazarquivir, 1578, sirviendo al insensato rey portugués Dom Sebastião):

Ver aquel alto piélago de olvido,

aquel sin hacer pie luengo vacío…

Sugeriría, para terminar, un viaje largo por el Portugal simbólico frente al Océano con la visita de varios cabos singulares, alejados, extremos, todos de belleza sobrecogedora. Aquí quedan mencionados dos, Roca y Espichel, pero el viajero deberá descubrir los otros posibles. Sin olvidar que Portugal, de alto simbolismo, también tiene otros muchos puntos y lugares especiales, como por ejemplo el triángulo Braga-Tomar-Alcobaça (Templarios) que enriquecerán la percepción del viajero; o la pervivencia del mito de la Atlántida, del que las Azores serían el recuerdo; las antas o menhires que pueblan el Alentejo, situadas de forma no casual. Y muchas más.

(Sólo se echa de menos un poco más de cuidado con basuras, restos de botellas, etc. Es claro que no se debe urbanizar ni cuidar en extremo el Cabo, domesticándolo, pues la naturaleza salvaje, mar y tierra, deben predominar, pero no estaría mal que el ayuntamiento de Sesimbra –supongo– hiciera limpiar de vez en cuando los alrededores.)

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