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Viajando con Hans Christian Andersen

Muchos han leído los cuentos de Hans Christian Andersen, pero no tantos conocen la faceta viajera del escritor danés. Recorrió toda Europa y, en sus dos visitas a España, donde quedó prendado de Málaga, dejó escrito un diario. La periodista Mercedes de Luis le sigue la pista.

22 de diciembre de 2014

Como periodista, una de mis ambiciones fue, además de viajar, que estos textos tal vez pudieran inspirar a otros. Cuando escribo, el lector en mente tiene rasgos parecidos a los míos. Se deja llevar con el videoclip de Golden Brown (The Strangles) o con Jordi Savall, la música es, para él o ella, un vehículo de viaje, no tangible, pero fuera de duda, real.

Le preguntaría un par de curiosidades a este lector que respira detrás de la pantalla. ¿Recuerdas cuando reservabas billetes de avión y estancias de hotel en agencias de viaje?, ¿añoras nuestra época de hace quince años, cuando no se necesitaba un teléfono móvil?

Esas preguntas son para reflexionar un poco conmigo, quien quiera. No pretendo echar en falta el pasado, personalmente creo que, “hacia atrás, ni para tomar impulso”. Pero ya que estamos en un blog de viajes, una plataforma para viajeros y lectores, matizo que nostalgia o pérdida, hubo un tiempo en que viajar le permitía a una perderse y desaparecer a voluntad, sin dejar rastro.

Me refiero a la cuestión de las ciudades y la tecnología. Las ciudades, sobre todo las extranjeras, eran desafíos con peligros. Creo que tener acceso a la información no sólo es algo por lo que estar agradecidos, también modela la actitud vital, hace que las personas estemos más confiadas, con más tranquilidad, porque sabemos dónde encontrar los hoteles, los restaurantes, las entradas al teatro, todo, absolutamente todo, en una pantalla táctil. Antes, los viajes, como el Inter Rail mediterráneo que una vez hice, eran pasaportes a lo desconocido. Parte de su encanto residía en la indefinición y en lo espontáneo. A eso me refiero con esas palabras, “nostalgia” y “pérdida”.

Cambiamos ya de tema. Entramos en materia, dejamos las reflexiones, pero no nos alejamos de la identidad del viajero. Sabéis la satisfacción de encontrar lo que se lleva mucho tiempo buscando, estoy segura. Sabéis que cuando creéis en un sueño, antes o después se hace realidad. Pues bien, yo empleé alrededor de tres años en Madrid, entre las clases de danés de la Escuela Oficial de Idiomas y el Instituto Cervantes. Allí me dejaba llevar por el mito del escritor Hans Christian Andersen, allí buscaba diarios de viajes de ilustres extranjeros por España. Finalmente, tuve la suerte este verano de ser invitada al Centro de Investigación HC Andersen, de la Universidad del Sur de Dinamarca. Me alegró muchísimo. Así podría especializarme y divulgar con rigor parte de su obra.

Viajando con Hans Christian Andersen

Mercedes de Luis Andrés.

Creo que muchos han leído sus cuentos, pero me parece que no tantos conocen su faceta viajera. El escritor danés Hans Christian Andersen fue un gran viajero, que llevaba una cuerda en la maleta, siempre que dejaba su hogar. ¿Para no perderse? No, en caso de incendio.

Paladeaba cada viaje, como un vino, con sensibilidad de artista –era un buen dibujante autodidacta–. Visitó España en dos ocasiones y dejó escrito un diario, el libro I Spanien, lo tradujo Marisa Rey.

Andersen se quedó prendado de Málaga, cautivado por su belleza, por su mezcla de culturas y esencias. No fue un amor a primera vista su periplo español, pero cambió de idea cuando se encaminó hacia Elche y definitivamente a Málaga.

Vino a nuestro país sabiendo alguna noción de literatura española, se documentó antes de viajar en lo que pudo, porque a danés –o a alemán–, estaba traducido El Quijote y alguna obra más de El Siglo de Oro. Sin embargo, los escritores españoles que se reunieron con él no conocían la obra de Andersen. Excepto un joven de las Islas Filipinas. Él fue el único que le brindó reconocimiento como escritor.

Andersen viajó, además, por toda Europa. He seguido sus pasos desde Málaga a Odense, hasta Núremberg. En esta ciudad se encuentra la biblioteca pública más antigua de Alemania, donde una amiga bibliotecaria me proporcionó el libro Bayern fürs handgepäck. He leído sobre su viaje a Núremberg con la curiosidad de una escolar, a la búsqueda de figuras literarias. Andersen se siente humildemente como un pequeño observador, se nombra a sí mismo en la primera línea, ya no volverá a usar el “yo” hasta mediados del relato, de nuevo con humildad, para recordarnos que él es poeta, no pintor, pero que le encantaría tener la destreza del artista.

Muchas o algunas veces, nos encontramos con el problema del “yo” en nuestros textos de viaje. Este relato lo resuelve muy bien: el escritor personifica a Núremberg, se funde en la ciudad, poco a poco, como cayendo en su hechizo, como si estuviera sugestionándose con su ambiente a Edad Media. No es difícil, la preciosa ciudad de Núremberg parece sacada de otro tiempo, con sus torres y murallas, fachadas góticas, fuentes barrocas. Andersen regala un corazón humano a la ciudad para dialogar mejor. A las pocas líneas de confesar su soledad renace alegre el escritor y entona: “Quizá has dado la corona a Múnich, pero tuya es la realeza y la grandeza” (“Du er dog Bayern Hovedstadt. Vel har du maattet give Krone tl München, men kongelige Vaerdighed er din, din Storhed til du baerer endnu!”).

Andersen menciona que se siente muy emocionado al estar pisando la ciudad de los maestros del gótico alemán, Adam Kraft y Mester Conrad entre otros. Adam Kraft fue un arquitecto, los turistas modernos pueden encontrarle retratado en una estatua de la Iglesia de San Lorenzo.

Pasan las páginas y sobre el relato cae la niebla, el lector se envuelve con el danés soñador en las brumas del tiempo; Andersen se sienta en la ladera del palacio imperial, donde hunde su imaginación en escenas bucólicas de caballeros y castillos, como, por ejemplo, Eppelein von Gailingen.

Eppelein von Gailingen, como Robin Hood, se hizo una leyenda entre sus coetáneos – del siglo XIV–, por la misma razón, ser un fuera de la ley, con corazoncito. Asaltaba los vehículos de los comerciantes que trabajaban en Núremberg, desafiando al poder imperial. Cuando fue capturado y condenado, creció su fama. Se lo llevaron a los patios del castillo de Núremberg para proceder a su ahorcamiento, pero con la rapidez y la astucia que le habían caracterizado en libertad, logró escapar a caballo. Dio un salto gigantesco; algunos creyeron que no saltó, sino que voló. Esa huida tan extraña dejó dos consecuencias. Una, que se buscaran explicaciones divinas y mágicas a su grandioso salto. Otra, que los cascos del caballo dejaran huella sobre los muros del castillo. Aún hoy, en 2014, la fama del caballero Eppelein von Gailingen sigue vigente.

HC Andersen escribió esta historia, en su relato sobre Núremberg. Yo la escuché, de boca de un amigo alemán que me llevó hasta los mismos muros para mostrarme las huellas del caballo. Picada por la curiosidad, cuál fue mi sorpresa cuando, buscando algún retrato del caballero, vi un grabado similar al que adornan las páginas de una vieja edición mía de Don Quijote. Entonces quise ver una semejanza en los nombres, “Amadís de Gaula” y “Eppelin von Gailingen”, pero ¿no os parece rizar el rizo?

Tras el sueño del poeta, Andersen propone visitar la casa de Hans Sachs. A continuación, se encamina por las callejuelas de la ciudad en busca del recuerdo del Meistersinger. Decepcionado, no encuentra más que una placa conmemorativa. La casa original ha desaparecido. En nuestra época, además de la placa, se ha levantado una estatua en su honor. Ocupa el centro de una moderna placita que lleva su nombre. Se encuentra a escasos minutos de Heilig Geist Spital, una fabulosa construcción, hoy reconvertida en restaurante, antiguamente, hospital legendario donde se obraban milagros de curación.

Dibujo de Hans Christian Andersen de Heilig Geist Spital, Nuremberg.Andersen utiliza su cuaderno de dibujo, se propone inmortalizar la imagen con sus tintas y grafitos. En realidad, Heilig Geist Spital parece una pintura, perfecta y acabada. No falta nada. El río manso y ligeramente verdoso baña la orilla donde se levanta el edificio. El agua se refleja en las ventanas de estilo vidriera del restaurante. Las ventanas de reja, el color marfil de los muros, las letras góticas que indican el nombre del lugar, todo forma una composición perfecta.

Comprensible que esta impresión arrebatara al viajero danés. La belleza le sugestiona hasta el punto de creerse capaz de dibujar. Lo consigue. El original se conserva en el Museo Hans Christian Andersen de Odense, en la isla de Fionia.

 

Mercedes de Luis Andrés

Después de un período de cinco años como periodista entre Dinamarca, Alemania y España, trabajando en temas de comunicación cultural y corporativa, desarrolló su proyecto Una incursión en la escena contemporánea danesa, recibiendo un premio de The Danish Arts Fundation. Licenciada en Ciencias de la Información por la Universidad Complutense de Madrid, realizó dos estancias de investigación en universidades de Dinamarca, lo que justifica su gusto por el regaliz salado. Más información en la página 41 de Garde magazine

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