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Viajar a un color

Los campos de Castilla se tiñen de amarillo con el girasol. Una planta que cautivó con su belleza a los españoles que la descubrieron en Sudamérica, a Vincent Van Gogh y a todo aquel que sigue la trayectoria del sol por las tierras de Valladolid, Palencia y León.

2 de septiembre de 2013

“Como sabes, el girasol me pertenece de alguna manera”, Van Gogh.

 Viajar a un color. Ir a ver una ciudad, un paisaje, unos pueblos, unas gentes, un museo, unas ruinas, unas montañas, una exposición… O viajar a un color, a uno puro, a una abstracción, a una percepción envolvente y conmovedora. Es un viaje sencillo, sutil, pero de no fácil acceso. Ni por la geografía: hay que ir hasta donde están y no siempre están; ni por la mente: hay que realizar una cierta preparación, digamos… espiritual. Y tiempo, pues exige algo de tiempo. Los colores puros no permiten una visita rápida, de esas de apearse del coche, echar un vistazo, hacer una foto y marchar.

Colores puros para visitar hay pocos y es, además, difícil que nos permitan estar dentro de ellos. La experiencia que aquí se propone es sumergirse en ellos, dejarse absorber por ellos, pertenecer a ellos, intentar ser uno mismo un poco o un mucho color, una abstracción, una pureza; no tener memoria ni deseo, como quería ingenuamente Wilfred Bion.

El verde de algunos prados del Norte de España tras las lluvias de primavera, el rojo de un campo de amapolas en La Mancha, el azul del mar Cantábrico en algunos días de viento del norte, el blanco de la nieve recién caída en el cielo limpio de los Pirineos… Y, como ahora va a ser el caso, el amarillo de los campos de girasoles de Castilla, entre Frómista y Amusco. En la Tierra de Campos de Palencia.

Campo de girasoles en Burgos.

Juan Ramón Rodríguez Sosa, Flickr.

El girasol, Helianthus annus, es una planta americana. Parece que se domestica por primera vez en México, viaja hacia el sur y en Sudamérica lo encuentran, admirados, los españoles. Su belleza y utilidad les cautivó y lo trajeron a Europa. Se trata de una planta cuyos capítulos, cuando aún no ha dado sus semillas, se mueven siguiendo la trayectoria del sol en el cielo. Cuando se abren todas sus semillas deja de girar y todos quedan mirando hacia Levante. Ordenados, simétricos, homogéneos y puramente amarillos.

Dicen que la música es una especie de conector con lo espiritual, un interfaz, como se dice en la jerga TIC. Incluso la más extraña y contemporánea tiene secuencia y orden. Los girasoles, ordenados de forma rígida, formando una matriz de esas a11, a12, a13…, son también música, son también un conector. Comparten una doble naturaleza: por un lado, pertenecen a lo humano, han sido plantados por ese o aquel agricultor; por otro, son inhumanos en su lógica matricial y abstracta. Es esa mezcla inundada de color la que los hace fascinantes, atractivos y  envolventes. Uno está vivo de forma amarilla.

Estoy de viaje por  esta Tierra de Campos quemada por el sol del estío. Después de la siega aparecen zonas intensas de cultivo de girasol que brillan de tal manera que me atraen cual sirenas homéricas. Desde la carretera no es que se vean, se imponen con elegancia y dulce altivez y es imposible resistirse a ellos. Uno se ve impelido a salir de la autopista y a buscar alguna pequeña carretera que nos lleve a ellos. No son campos de un suave y melancólico color dorado que a veces adopta, en determinados lugares y épocas del año, la Castilla del cereal (“Castilla fue siempre, por la Virgen de Agosto, una extensa e inconsútil lámina amarilla –de un amarillo desgastado y polvoriento- de matizadas gradaciones, apenas quebrada, en lontananza, por la línea gris-azulada de las colinas”, escribía Miguel Delibes a finales de los ochenta), sino que crean un sorprendente y fresco impacto del color amarillo más brillante y cálido que la naturaleza ha sido capaz de crear.

“En cada flor hay esquirlas de cielo”, escribió el poeta J. E. Pacheco.

Más que un girasol es un trozo del sol del que estamos hechos, del que vivimos, ese que un día, si nosotros no lo hacemos antes, acabará con la Tierra. Cuando por fin me acerco a las plantaciones y me siento rodeado, casi sumergido en el enigma llameante del “alto grito amarillo” (Octavio Paz), creo que puedo decir que estoy dentro de la pureza. Especialmente si, como ocurre hoy en la mañana, los girasoles arden en estas amplias llanuras y el amarillo parece que fuera a explotar. Da un poco de miedo, sobrecoge, como toda pureza.

La psicología y la psicofísica han establecido un vínculo entre el color y los estados sentimentales y han creído que trasportaban algún tipo de significado. Puede que tengan alguna razón. Las rosas, por ejemplo, cuando son rojas, trasmiten pasión; cuando son amarillas, hablan de  un amor ligeramente turbio, misterioso y tal vez prohibido… El universo de los símbolos y mitos, que nos remite siempre a lo atemporal, nos dice (sigo a Jean Chevalier) que el movimiento giratorio del girasol para seguir la evolución del sol significa –simboliza- la actitud del amante que vuelve continuamente su mirada y su pensamiento hacia el ser amado, y, a través de la mística, nos habla de la actitud del alma, pues la perfección siempre tiende a una presencia contemplativa y unitiva.

Girasoles de Vincent van Gogh.Sabido esto, ahora lo único que cuenta es poder sentirme entre ellos, rodearme de estos altos girasoles en plena armonía amarilla, como si fuera uno de ellos. Desde dentro pierdo esa perspectiva de color y la planta, con su largo tallo y hojas verdes, adquiere una extraña forma de criatura extraterrestre. Desasosiega esta pureza amarilla. Tal vez de esto se trata. De nuevo fuera del campo, la luz me rodea, “la luz: la piel del mundo” (de nuevo J. E. Pacheco). Es entonces cuando los girasoles cobran otra vida y mirarlos produce estados sentimentales y asociaciones intelectuales… Y es ahora cuando el amarillo ya me puede llevar al optimismo de los fauves, al rostro de madame Matisse, a la mística de los cuadros de Mark Rothko, a la ciudad tejana, al mítico emperador chino, a la fiebre, a los taxis de Nueva York, al parque del oso Yogui, a Molière muriendo en la escena… Amarillo, todo amarillo. Y a los girasoles de Van Gogh. La imagen que tenemos del pintor está asociada al cuadro de su habitación, de su casa y a los girasoles. Un amarillo cromo que pinta el alma.

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Comentarios sobre  Viajar a un color

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  • 03 de septiembre de 2013 a las 11:29

    Las provincias de Valladolid, Palencia y buena parte de Segovia, Avila y en general toda Castilla presentan un paisaje de una belleza esteparia que para unos puede resultar pobre pero para otros para los viajeros que buscan un paisaje que provoque emociones relacionada con la contemplación de infinitos matices en los colores, del silencio, de la reflexion que produce pasear por calles de pueblos que tienen una catedral a la vuelta de la esquina o un palacio donde se dividió el mundo entre portugueses y castellanos puede ser el objetivo venturoso de un viaje. Más allá del turismo de playa y piscina hay otros espacios que deben ser conocidos. Poder acercar al viajero a ellos es un desafío en el que echamos nuestra imaginación, esfuerzo y colaboracion.

    Por Francisco
  • 04 de septiembre de 2013 a las 6:12

    Maravilloso; no nos podía gustar más, después de recorrer, hace muy pocos días, las mismas tierras palentinas rebosantes de las flores del sol.

    Por Viajes de Primera