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Viajar, grado cero

Viajar está en la esencia de la especie humana; pero, ¿cómo nace el deseo de viajar? Mirando por una ventana que nos muestra el mundo que hay ahí afuera, donde nos esperan destinos maravillosos como Estambul, Nueva York, selvas camboyanas, playas australianas, Namibia, Venecia…

26 de septiembre de 2014

“Pero de la habitación a que pertenecía esa ventana nada podría decirse con certidumbre, sino que tal vez era una mezcla de muchas habitaciones, de todas en las que ella se sentó alguna vez a mirar por la ventana.”

Carmen  M. Gaite. Desde la ventana.

Es cierto que viajar está en la esencia misma de nuestra especie. Sin tener grandes motivos para ello, algún primate decidió bajarse de los árboles africanos en los que tenía compañía, sexo, alimentos, protección… Todo eso lo abandonó para ver mundo. Jugándosela. Y ese gesto, ese movimiento, le debió de transformar profundamente, ya que desde entonces sus descendientes no han parado de moverse, de ver mundo, de viajar, hasta llegar a todos los lugares de la Tierra.

Nosotros, herederos de ese movimiento, de ese nomadismo, nos hemos ido poco a poco haciendo sedentarios, de tal manera que podemos decir que casi toda la humanidad hoy es sedentaria. Pero el impulso sigue vivo, y los seres humanos siguen viajando mucho. Y tal vez en esta época más que en ninguna otra en la historia. Y lo hacemos de maneras muy diferentes según los tiempos y las modas.

Seguimos siendo una especie viajera. Aún mantenemos ese profundo vínculo con nuestro origen de homo sapiens. Tanto se mueve de un lado a otro aquel de la sabana africana como el actual homo urbanita acomodado y muy asentado. Viajamos: es un hecho.

Viajar desde una ventana.

Rafael Manrique.

De modo que se plantean de forma lógica varias preguntas: ¿Dónde empieza la pulsión de viajar?, ¿dónde empieza un viaje?, ¿qué es ser viajero o cómo uno se hace viajero? No es fácil contestar a estas preguntas y, desde luego, habrá una casuística variada, pero creo que sí podemos pensar o especular, si así se quiere, acerca de cómo nace o se genera el deseo de viajar.

Me estoy refiriendo, es obvio, al viaje que en la actualidad realizamos para ver el mundo, para conocer lugares, culturas, personas; al viaje que se hace de forma limitada en el tiempo y por placer. Está claro que no hablo de los viajes de aquellos que se ven obligados a emigrar por razones políticas, por guerras, por problemas sociales o por hambre. Ellos, aunque viajen, no están viajando. No son turistas. ¡Qué más quisieran!

Pero volvamos al origen de éste. El grado cero del viaje, la primera y más temprana experiencia de viajar es mirar por la ventana. Una ventana nos muestra que hay otro mundo ahí afuera. Asomarse a ella
permite, facilita, anima y hasta casi obliga a salir a la calle, a viajar a los lugares que están más allá de lo familiar, de la lógica de lo conocido, de lo propio, de lo sanguíneo. Conocer  Estambul, Nueva York, las selvas camboyanas, las playas australianas, Namibia, Venecia… Estos grandes viajes son, en realidad, la amplificación de un impulso que nace al mirar por una ventana.
Hace años, el Museum of Modern Art de Nueva York organizó una exposición que aún se recuerda. Sin duda por la calidad de las obras expuestas, pero también por el concepto: espejos o ventanas. Sostenían los comisarios que el arte ofrecía a los seres humanos una de estas dos experiencias básicas: o era un espejo en el que mirarse y conocerse o era una ventana que ampliaba el territorio en el que uno se movía y que invitaba a moverse, a salir de uno mismo, a abandonar el solipsismo y la misantropía. Viajar, salir por la ventana. Del intimismo al optimismo. Ambas posiciones son valiosas, muy humanas. Ninguna es más importante que otra, pero sí son diferentes.

El niño, el adulto que está mirando por una ventana, prefigura el mínimo viaje posible. El que ha de trabajar, el que no tiene dinero, el que no tiene con qué hacerlo, el que tiene mucha familia, el que está casado con quien no quiere viajar…, todos miran por la ventana y sueñan. Alimentan así la pulsión de viajar. Tarde o temprano desearán ir allí donde su vista les lleva. Y una vez allí a la vista siguiente… Viajar es vivir.

Fuera-dentro, abierta-cerrada, cerca-lejos… Aunque dicho así parezca el guion del programa de televisión para niños Barrio Sésamo, estas dualidades describen las polaridades que la ventana ofrece al que mira. Está dentro, pero puede, a través de ella, ver lo que está fuera y más o menos lejos. Y, si lo ve, en algún momento querrá irse de donde está. Es el grado cero del viaje. El que se asoma a la ventana paseará, saldrá… y viajará.

Tal vez por eso los regímenes totalitarios prohíben, tapan o sellan las ventanas. Las más rigoristas versiones del islamismo o del cristianismo no las admiten y encierran a las personas (sobre todo a las mujeres) en un espacio cerrado de engañosa intimidad, aunque sea una jaula de oro, en la que todo puede llegar a estar disponible menos la libertad de viajar. Y para ello qué mejor que impedir el dispositivo –la ventana– desde el que se inicia. Y esa mutilación de la experiencia humana en ocasiones se envuelve en belleza.

Viajar desde una ventana.

Rafael Manrique.

En muchos países, culturas y arquitecturas las ventanas, las celosías, se convierten en una especie de obra de arte. Por ellas entrará luz, sonido, olores, calor, frío… Los sentidos han de hacerse cargo de la variedad de la existencia. Desafían la soledad. Pero también la hacen patente. En muchos de los cuadros de Edward Hopper todo gira alrededor de una ventana. Casi siempre desde dentro, casi siempre sin permitirnos ver qué hay afuera. Esa ceguera con ventana que nos muestra el pintor hace que sea más triste y sombría la existencia de sus personajes. O Vermeer. Sus personajes, a diferencia de los del pintor americano, sumergidos en ricos interiores, se desenvuelven a la luz de una ventana que, en este caso, nos habla de lo que hay más allá, de lo que habrá y que sin duda les espera.

Una ventana no sólo es un hueco, un hiato que comunica lo interno con lo externo. Con frecuencia se construyen de forma elegante y sofisticada. Invitan a que uno se instale en esa tierra de nadie, en esa interfaz de la realidad que es una ventana. Muchas de las grandes obras de arquitectura privada impactan por sus ventanas. ¿Recuerdan La Pedrera de Gaudí en Barcelona?, ¿recuerdan sus ventanas?

En los cuadros barrocos había un pliegue que comunicaba el mundo de los vivos y el de los muertos. Era un espléndido recurso pictórico y conceptual. El alma se disponía a viajar al cielo o bien las divinidades iban a descender a la Tierra. Pensemos en El entierro del Conde de Orgaz de El Greco. A través de ese pliegue que funcionaba como una ventana ambos mundos podían mirarse. Era el inicio de un viaje que permitía el traslado de una realidad a otra, y con ello el acceso a otro mundo.

En el filme Una habitación con vistas, James Ivory utiliza esa misma metáfora para construir su cuidado relato. Es una habitación cuyas ventanas dan  a la plaza de la Signoria florentina la que permite que Lucy Honey Church, interpretada por Helena Bonham Carter, realice una transformación desde la rígida personalidad made in Great Britain a una más lúdica y libre made in Italy.

Con frecuencia, la primera vez que vemos el mundo de fuera, en soledad y autoconscientes de que estamos mirando un mundo en  el que vamos a sumergirnos, lo hacemos asomados a una ventana. El mundo desde mi ventana.

Y tal vez por la consciencia, siquiera remota, que tenemos de la importancia de esa forma inicial de provocar viajes que son las ventanas, nos afectan y emocionan con nostalgia las que están en ruinas. Esas que observamos en algunos edificios, bien desde dentro o bien desde fuera. Es como si en ellas se hubiera colapsado una posibilidad de cambio, de viaje, de nuevas experiencias, ideas y emociones. Y pensamos en cuánta gente habrá soñado, mirando a través de ellas, con viajar, con cambiar, con modificar el destino de su vida.

En estas oscuras piezas, donde paso

días agobiantes, voy y vuelvo arriba abajo

para hallar las ventanas. Cuando se abra

una ventana habrá un consuelo .

Mas las ventanas no están, o no puedo

encontrarlas. Y mejor quizá que no las halle.

Acaso la luz sea un nuevo tormento.

Quién sabe qué cosas nuevas mostrará.

Constantino Cavafis.

Experiencia de Viaje, viaje

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