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Viajar siguiendo a los escritores

Viajar para seguir las huellas de los escritores no es normal. Sin embargo en los últimos años es una de las razones de muchos viajes. Visitar el Museo y Casa de la escritora Anna Ajmátova en San Petersburgo, entre otros escritores,  es una buena razón

30 de junio de 2012

No sé exactamente cuándo se empezó a viajar siguiendo las huellas de los escritores. Aunque sí sé en qué obras se comienzan a citar sus nombres repetidamente, casi siempre en los libros de viaje de los siglos XVIII y XIX. Allí aparecen de pronto, setomados al vuelo, como si la imagen del lugar los recuperase y se nombraran fugazmente. Son los escritores de la Antigüedad, tan próximos y cotidianos a los viajeros de la época, los que los encuentran en la naturaleza, los paisajes y las ruinas.

Hoy todo es diferente. A veces, se viaja con el único objeto de visitar los lugares donde vivieron. Y esto, hay que decirlo, no es muy normal. Preparar un viaje, organizarlo para seguir (solo) las huellas de Cavafis en Alejandría o Chukri en Tánger es un ritual algo extraño. Muchas veces me lo he preguntado y he preguntado por qué se hace. La respuesta que más me gusta sigue siendo la de un buen y perspicaz amigo: porque deseamos vivir la experiencia que tuvo ese escritor.

Palacio Sheremétiev en St Peresburgo. En el segundo piso vivió Anna Ajmatova

Palacio Sheremétiev en St Peresburgo.

Antes de llegar a S. Petersburgo ya había decidido visitar las casas de Anna Ajmatova, Alexander Pushkin y Fedor Dostoyevski. Lo que más me interesa de los lugares donde vivieron los escritores y artistas son sus bibliotecas y estudios. Qué leyeron y de qué se rodearon mientras escribían para protegerse de su imaginación. La biblioteca de Pushkin es grande y señorial, solo comparable a la de Goethe en Weimar. Allí paso las últimas 48 horas de su vida y, me gusta imaginar, olió las mismas maderas, cueros y gomas que yo. El estudio de Dostoyevski, mucho más pobre y pulcro, linda con la habitación del samovar de la casa, donde le gustaba mostrar a su familia cómo preparar el té perfecto que, por supuesto, solo él sabía hacer. Su diván es amarillo, allí solía acostarse cuando no podía más en sus eternas noches de escritura. Sin imaginar demasiado, visualicé la luz que debía entrar en el estudio al amanecer que anunciaría su descanso y le libraría de sus demonios literarios.

Retrato de Anna Ajmátova.

Retrato de Anna Ajmátova.

La casa de Ajmatova es otra cosa. Desde el principio, su búsqueda se llenó de pequeños signos que parecían presagiar una travesía diferente. El primer día me perdí. Tuve que pedir ayuda y atravesar un patio interior, de ocres y naranjas, con capas superpuestas de obras y rehabilitaciones absolutamente diferente al S. Petersburgo imperial. Cuando llegué estaba cerrada. Me senté en el patio interior de Fontanka 34, al lado del perro encadenado más triste y dócil que había visto jamás. Al día siguiente, la mujer que se encargaba de la venta de entradas le dio de comer en un barreño azul mientras le susurraba una canción a la única oreja que le quedaba. Subí al segundo piso donde vivió la Ajmatova más de diez años. Una sucesión lineal de habitaciones parecía recordar la imposibilidad de vuelta atrás en su vida y obra tras el asesinato de su marido y las condenas de arresto de su hijo. La etapa estalinista del país rezumaba en las paredes de la casa. No había nada en ella que mostrara algún momento de felicidad y sí del dolor: el puñetero dolor de la historia.

Ventana de la casa de Anna Ajmatova

Foto: Patricia Almarcegui

La casa había terminado adquiriendo la luz de sus poemas. Casi a la salida y en la habitación en la que estaba la maleta de sus manuscritos, siempre preparada por si había posibilidad de huir, reparé en la ventana. La luz era diferente. Intenté abrirla pero no me dejaron. Me acerqué para intentar oír lo que había oído la poeta. Volvió el sonido humano, sosegado y tranquilo, típico y único del ocio de la ciudad.

¿Cuáles fueron los pensamientos y las experiencias de Ajmatova en esa casa? No lo sé. Ni lo he sabido tras visitarla. Aunque es verdad que los lugares devuelven algo, algo emotivo, afectivo que más allá de las huellas de los escritores que los habitaron. Algo así como una experiencia que tal y como se va sucediendo se intuye en sí misma su recuerdo. Como la ventana de Ajmatova.

anna ajmatova, Experiencia de Viaje

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Comentarios sobre  Viajar siguiendo a los escritores

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  • 30 de junio de 2012 a las 18:15

    “Pero en el cuarto del poeta en desgracia
    el terror y la Musa le acechan por turnos
    viene una noche
    que no sabe nada de la aurora” (Ajmátova, en la Fontanka).
    Buena crónica petersburguesa, Patricia Almárcegui

  • 03 de julio de 2012 a las 19:24

    “El puñetero dolor de la historia”… Emily Dickinson escribió en 1862 que, tras un gran dolor, aparece una percepción formal; la percepción de que nuestros sentimientos quedan por siempre ahí, en actitud ceremoniosa, firmes como tumbas. Viajar es vivir, y también morir un poco.

    Por Jordi Montaner Maragall