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Viajar sobre las olas

‘Años salvajes’, el maravilloso relato de William Finnegan que ha obtenido este año el premio Pulitzer de biografía, es más que un libro sobre el mundo del surf: es la guerra del Vietnam, el Apartheid, Australia, la vida en Hawái, Nicaragua, la aparición del sida, viajes por los Mares del Sur y África…

21 de noviembre de 2016

Durante un tiempo fueron muy populares unas tarjetas con imágenes que al girarlas ligeramente cambiaban de un modo sorprendente. Una oruga se convertía de manera instantánea en mariposa o un árbol lleno de hojas se quedaba en un segundo desnudo, lo mismo que, en el colmo del atrevimiento, una chica vestida aparecía ante nuestros maravillados ojos en biquini en menos de lo que se tarda en pensarlo. Digo todo esto porque es la sensación que me ha producido la lectura de Años salvajes, el maravilloso libro de William Finnegan que ha obtenido este año el premio Pulitzer de biografía y llega ahora, traducido por Eduardo Jordá, a las mesas de novedades de las librerías españolas. Es cierto que es un libro sobre el mundo del surf, eso nadie lo discute. Si el libro fuera una de esas imágenes dinámicas es evidente que debería aparecer el autor en una tabla sobre una ola; pero, a poco que giráramos la imagen, nos encontraríamos con una visión caleidoscópica, y allí aparecerían infinidad de lugares y de acontecimientos: la guerra del Vietnam, los jemeres rojos, el Apartheid, Australia, la vida en Hawái, Nicaragua, la aparición del sida, sus propios delirios cuando enferma de malaria, o los distintos viajes y aventuras por África o por los mares del sur.

Años salvajes. William Finnegan.

Con todo, lo más llamativo en un libro publicado hace apenas unos meses y que está contando los años de formación de un joven norteamericano en los años sesenta y setenta, no es que contenga tantas cosas, sino que resuenen en él con tanta fuerza el eco de autores como Conrad, Stevenson, London o Melville. Seguramente esto tiene que ver con la presencia constante del mar, pero no sólo. En realidad, Años salvajes es un digno epígono de esos grandes clásicos de aventuras. Y es tan creíble porque aún está inmerso en un mundo que no tardaría en cambiar. Lo dice William Finnegan en distintos momentos, cuando se encuentra perdido con su amigo Bryan en mitad de un desierto australiano o poco después en una isla prácticamente desierta de la Polinesia sin apenas agua potable y rodeado de serpientes venenosas: esto sucedía en una época en la que no existía Google Maps, aunque no iba a tardar mucho en existir. De hecho, él mismo, que terminará viviendo muy cerca de Silicon Valley, observará de cerca los cambios.

Y con tener todo el sabor de las novelas de aventuras, Años salvajes está también emparentado —a pesar de ser una autobiografía— con las novelas de formación. La mayor parte del libro transcurre entre los dieciséis y los treinta años del autor, y su vida en ese periodo traza una trayectoria errática, es cierto, pero al mismo tiempo parece impulsada por una tremenda determinación, con sólo algunos momentos en los que su voluntad parece flaquear. Lo que nos cuenta a grandes rasgos es la vida de un estudiante brillante, muy precoz en su independencia respecto a su familia, que en un momento dado decide abandonar sus estudios universitarios con dos objetivos: escribir una novela y sobre todo surfear en las costas donde se encuentran algunas olas legendarias. En un pasaje del libro (pág. 382) un ufano William Finnegan que recuerda a los alpinistas obsesionados por los ocho miles, escribe: “En 1981 una revista de surf publicó una lista con los diez mejores picos del mundo [para surfear] según sus responsables. Me sorprendió descubrir que yo había surfeado en nueve de esos diez picos”. En el libro, con un ritmo que mantiene el interés durante todo el tiempo, se van alternando la descripción de sus experiencias surferas con la de las aventuras para ganarse la vida, sus trabajos precarios, la gente que conoce, su relación a veces complicada con los amigos con los que viaja, sus amoríos y su difícil noviazgo con Sharon, que le espera durante años en California. Se trata de una vida nómada. En los trece años transcurridos desde que dejó el instituto, escribe hacia el final, el periodo más largo que había mantenido una misma dirección fueron los quince meses que vivió en Ciudad del Cabo, dando clases en un colegio para niños negros y convirtiéndose en un activista en contra del Apartheid.

Hay que tener en cuenta, para entender el libro, dos cosas. Por una parte, que cuando él decide abandonar los estudios muchos lo ven —y posiblemente él también— como un signo de rebeldía. Son los años del LSD, y el autor nos recuerda que cuando iba a hacer surf llevaba la mochila llena de libros de R.D. Laing, de Timothy Leary y de Norman O. Brown, entonces todo un gurú —todavía se pueden encontrar varios de sus libros traducidos al castellano—, de quien era además alumno en Santa Cruz. “Cuando yo me largué de la universidad y me fui a surfear a Hawái, él [Norman O. Brown] lo interpretó como un triunfo mío sobre la represión, como un voto a favor de Dioniso y la erótica y en contra de la civilización”. Y más en California, donde el surf tenía mala prensa. Una de las cosas que casi les molesta cuando llegan a Australia es comprobar que el surf está socialmente aceptado, con clubes, competiciones organizadas y hasta equipos escolares para surfear y playas bien señalizadas, algo que en términos culturales le parece un desastre. “Bryan y yo habíamos crecido al sur de California, donde casi todas las ciudades costeras y todos los policías de esas ciudades odiaban a los surfistas y procuraban hacerles la vida imposible. Mi instituto me hubiera expulsado antes que prestarme su apoyo: los surfistas eran gamberros, forajidos, rebeldes. Y por eso mismo éramos gente enrollada” (pág. 287).

El segundo aspecto que no podemos perder de vista es que quien cuenta las aventuras no es quien las está viviendo, sino alguien casi treinta años mayor. Sólo así se entiende la sabiduría que hay en muchas de sus páginas. Quien habla no es un joven practicante del surf y que vive a salto de mata, sino un periodista de más de cincuenta años con una sólida carrera a sus espaldas y que domina perfectamente el arte de narrar.

Las páginas más inspiradas de Años salvajes son las dedicadas lógicamente a describir una actividad —el surf— que por su propia naturaleza es difícil de describir e incluso de fotografiar. En varios momentos lo relaciona más  con una dimensión religiosa que con una práctica deportiva. Cuando en las primeras páginas del libro nos habla de los orígenes del surf en Hawái lo dice expresamente: “En el viejo Hawái antes de la llegada de los europeos, el surf tenía una importancia religiosa”. Y mucho más adelante (pág. 381) lo dice de otra manera: “El surf no es un “deporte”, es una vía, y cuanto más te sumerges en ella, más te alejas”. Eso explica que esta atracción por el riesgo, esta búsqueda de la ola perfecta y de intentar mantenerte en equilibrio sobre una ola que cambia continuamente, se termine convirtiendo en una forma de vida para muchas personas. Años salvajes contiene muchas páginas dedicadas a analizar las técnicas de surfear —también aquí en los años sesenta se produjo una tremenda revolución ante los ojos del autor, al cambiar las tablas largas por otras mucho más cortas y aerodinámicas—, a hablarnos de modelos de tablas con descripciones minuciosas, a contarnos las hazañas de algunas figuras épicas del mundo del surf, los problemas físicos que terminan teniendo muchos de sus practicantes (pág. 299), los códigos de conducta que les impiden, por ejemplo, celebrar sus logros con grandes muestras de entusiasmo y, sobre todo, a contarnos con mucho detalle sesiones de surf en diferentes lugares del mundo. Lo mejor que se puede decir de todo esto es que personas a quienes no les interesa este mundo —o no les interesaba hasta ahora— lo leen con interés.

Años salvajes. William Finnegan

William Finnegan se encuentra a menudo con el mismo problema de quien quiere describir una sinfonía: es algo tan cambiante y tan efímero que sólo puede recurrir a metáforas, por eso su libro está lleno de ellas. De metáforas y de imágenes poéticas. Hay, por ejemplo, un momento en el que su novia de entonces, Caroline, que nunca había mostrado interés por el surf, tiene una revelación. Hasta ese día, las olas para ella eran objetos en dos dimensiones que se recortaban contra el cielo cuando irrumpían en vertical, pero de pronto, ese día se había dado cuenta de que las olas eran pirámides dinámicas con caras muy escarpadas; eran compactas, anchas y tenían un lomo que también se curvaba, y su compleja estructura de tres dimensiones también cambiaba, se disgregaba y volvía a elevarse muy deprisa. Sí, toda una epifanía. La misma que el niño William Finnegan había experimentado mucho antes, cuando una tarde, en un restaurante de Ventura, había ido a cenar con su familia. Desde la mesa donde estaba podía verse a través de la cristalera a los surfistas en un pico llamado California Street. “Sus siluetas iluminadas al trasluz por el sol poniente bailaban muy despacio, bajo el resplandor de la luz, mientras las tablas giraban y se deslizaban a toda velocidad bajo sus pies como grandes y oscuras palas, y a mis diez años, las olas que rompían sobre su lecho, me parecían llegar desde un taller celestial, como si sus rutilantes labios y sus lomos afilados hubieran sido esculpidos por los mismísimos ángeles del océano. Yo quería estar allí, en el agua, aprendiendo a bailar sobre las olas. Tuve la impresión de que ya no oía los altercados de la cena familiar”

En una reseña como esta es una pena no disponer de más tiempo para analizar las relaciones del autor con su familia, ciertamente peculiar —su padre era productor de televisión y su madre terminó por dedicarse también al mundo de cine—, no poder contar con más detalle la sensación de aislamiento e incluso de bullyng que sufrió en sus años de instituto en Hawái y del que pudo escapar gracias precisamente al surf —es emocionante la manera como cuenta las primeras miradas de reconocimiento por parte de algunos jóvenes pero muy experimentados surfistas locales—; no disponer de más tiempo para analizar toda la parte literaria del libro, sus escritores de referencia y su pelea diaria para sacar adelante su primera novela de tema ferroviario y que era lo que en última instancia justificaba su modo de vida (“escribir la novela justificaba —aunque solo fuera un poco— toda mi existencia”, pág. 334); no poder contar lo orgullosos que se sintieron sus padres cuando vieron la tarea que, a pesar de todo, estaba haciendo su hijo díscolo por ayudar a los niños surafricanos a continuar con sus estudios. No poder explicar, en fin, cómo fue precisamente el Apartheid lo que le hizo perder su interés por la ficción y terminó por conducirlo al periodismo.

Hay un momento en el libro en que el autor y su amigo Bryan están atravesando el desierto australiano en un coche destartalado. Miles de kilómetros en los que no pasaba nada, larguísimas sesiones de coche que aprovechaban para leer números atrasados de la revista New Yorker: relatos, poemas, crónicas, ensayos. Los leían en voz alta. Cada vez que leían una nueva pieza se preguntaban si, expuestos a la luz cruda del desierto, a una luz que no admitía tonterías ni fraudes, aguantarían unos textos que muchas veces ya conocían. Algunos de estos trabajos literarios, nos dice, aguantaban muy bien, la prosa seguía siendo contundente, el humor seguía siendo divertido, pero todo lo que era vacuo y pretencioso se teñía de un violento tono fosforescente cuando pasaban por ese detector infalible. Algunos autores —cita por ejemplo a Norman Mailer— no lo superaban. Allí, parecían unos simples impostores criados en un invernadero, y de repente se volvían involuntariamente cómicos. Es seguro que William Finnegan tuvo muy presente el test del desierto al redactar estas páginas, y es muy probable que si alguien se lo pasa un día lo supere sin ningún problema, porque son páginas llenas de autenticidad.

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