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  • Lujo. De los asirios a Alejandro Magno

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    Los antiguos imperios asirio, babilónico, fenicio y persa tuvieron en común con Alejandro Magno el propósito y la codicia de extender su poder más allá de sus propios límites. Así es como llegaron a ocupar un área comprendida entre las actuales España e India. Estos territorios fueron el escenario de luchas incesantes, conquistas y saqueos de toda índole, pero también de un intenso comercio de materias primas, metales preciosos y objetos de deseo como los que se muestran hasta el 12 ...[Leer más]

  • Jardín deshecho

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    “A mi queridísimo Federico, el único que me entiende. Firmado: su propio corazón”. Esta es la dedicatoria que Lorca se hizo a sí mismo en un ejemplar de su primer libro, Impresiones y paisajes, y uno de los documentos más curiosos que ofrece la exposición Jardín deshecho, abierta al público hasta el 6 de enero de 2020 en Granada. Comisariada por el hispanista estadounidense Christopher Maurer, es la primera muestra sobre el poeta centrada en la temática del amor. “Amó mucho...[Leer más]

  • Magallanes, Elcano y la vuelta al mundo

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    ExposicionesEl mundo no volvió a ser el mismo después de esta expedición. Doscientos treinta y nueve hombres y cinco naos partieron de Sevilla en 1519 en busca de una ruta por el oeste hacia la Especiería. Tres años después, regresaron dieciocho hombres y una nao, después de haber dado la vuelta al mundo. El Museo Naval de Madrid se une a la celebración del quincentario con la exposición Fuimos los primeros. Magallanes, Elcano y la Vuelta al Mundo, abierta al público desde el 20 de septiembre.

  • Nómadas de Altái

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    Las comunidades nómadas kazajas del norte de Sinkiang migran anualmente hasta mil kilómetros de distancia, constituyendo uno de los movimientos estacionales más largos de Asia Central. Realizan dos viajes al año: pasan los meses de frío en un lugar fijo, resguardado del viento o en la orilla de un río, y en primavera parten hacia los pastos de verano, en el macizo Altái, en lugares más elevados y frescos. Al llegar el otoño, vuelven a sus asentamientos de invierno. Desplazamientos ...[Leer más]

  • Cartografiando la Luna

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    The Map House, LondonTrescientos años antes de que los estadounidenses llegaran a la Luna, un sacerdote y erudito alemán, Athanasius Kircher, dibujó un mapa de la cara visible de nuestro satélite. Este y otros tesoros pueden verse en una exposición que explora la historia de la cartografía lunar y celeste: The Mapping of the Moon: 1669-1969, hasta el 21 de agosto en la Map House de Londres.

Histórico noticias



Viaje a la isla de la Utopía

Se cumplen cinco siglos desde la edición de la ‘Utopía’ de Tomás Moro, y Lovaina, la ciudad en la que se imprimió el libro, celebra el aniversario con exposiciones sobre el poder de la imaginación, la vigencia del humanismo y el arte inspirador de nuevas lecturas del mundo.

21 de diciembre de 2016

¿Qué sucedería si….? No siempre, pero a menudo una hipótesis imaginada da pie a una utopía. Nos enfrentamos a ello a diario, puesto que es la construcción ideal de un supuesto que aún no existe. Pensamos en términos utópicos cuando el desagrado de lo que nos acontece nos lleva a imaginar una alternativa que necesita un nuevo lugar, un enfoque distinto o una reordenación de lo existente. Thomas Moro gestó su ya mítico relato hace justo ahora cinco siglos como respuesta a un momento social de podredumbre moral y  corrupción generalizada. Quinientos años después, el dilema sigue más vivo que nunca; por ello el aniversario de la publicación en 1516 en la ciudad de Lovaina de De optimo reipublicae statu, deque nova insula UtopiaeLibro del estado ideal de una república en la nueva isla de Utopía— en la imprenta de Dirk Martens no ha pasado desapercibido gracias al Festival The Future is More. 500 Years of Utopia, que se celebra hasta mitad de enero próximo. El corazón de  esta efemérides es la muestra En busca de Utopía que se celebra en el M-Museum, con un impresionante despliegue de grandes obras y apasionantes piezas que ilustran la disposición quimérica de  recrear, desde el arte, un universo virtual de nuevas imágenes  con que  representar  el mundo, el de la época de Moro y el  humanismo  renacentista centroeuropeo.

Conocimiento, culto al saber, de eso abunda en esta ciudad cuyo diámetro sólo mide dos kilómetros y que se alcanza desde el aeropuerto de Bruselas en lo que dura una canción: quince minutos, u hora y media en tren desde París. Su famosa universidad, que no tiene un recinto acotado, sino que se dispersa por todo su tejido urbano, es una de las más antiguas de Europa (1425), aunque no tanto como Salamanca (1218) o Bolonia (1088); pero fue un foco cultural relevante en el desarrollo y la expansión de las ideas en Europa. Es la ciudad de  Desiderius  Erasmus Rotterodamus, “El Príncipe de los Humanistas”, que en muchos momentos de su vida la prefirió a la de su cuna  y en 1517 estableció en ella el Drietalencollege, el Colegio de las Tres Lenguas, para el estudio del latín, griego y hebreo. El cosmopolita Erasmo, que se tenía a sí mismo por  “ciudadano del universo”,  vivió también en París, Inglaterra, Italia, Basilea, Amberes, Brujas y  Malinas, en las últimas cumpliendo como consejero de Carlos V. Al casco antiguo de Lovaina se entra con su gélido saludo. Su escultura en bronce sirve de apoyo a las irreverentes bicicletas, y a izquierda y derecha se sitúan una farmacia, como recién salida de las páginas de un Harry Potter, y la oficina de turismo. Uno de cada tres paseantes de estas y todas las calles de la ciudad es un estudiante, un “erasmus”. 50.000 de ellos se suman a los 100.000 habitantes que tiene la ciudad, sin contar con que ya muchos de ellos fueron estudiantes que a la larga se instalaron en ella. Cultura y conocimiento es lo que transpira la capital del Brabante Flamenco, y no es nada si consideramos lo que llegó a ser en el siglo XV y XVI: una  Atenas en el corazón de Europa.

Viaje cultural a Lovaina, Bélgica

Pilar Rubio Remiro.

En un momento u otro de la historia que nos importa, la de la primera impresión de la Utopía de Tomás Moro, coincidían en la ciudad: el impresor Dirk Martens de Alost (1446-1543), que había aprendido el oficio  en Italia, el país de la saga Manuzio, y se había establecido en Lovaina,  porque ahí clientes no le habrían de faltar, pues era el centro intelectual  del momento. La imprenta, que llegó a ser la primera de la ciudad, estaba entre las calles Naamsestraat y Standockstraat, ahora un chaflán rodeado de tiendas con encanto y bares. Martens también publicó alguno de los trabajos de nuestro gran humanista, Lluis Vives (1492-1540), quien por huir de la Inquisición se estableció en Brujas en 1512 tras acabar sus estudios en la Sorbona de París, pero mantuvo una estrecha relación con Lovaina en el tiempo en que residía en ella Erasmo. Vives fue profesor en su universidad y preceptor de Guillermo de Croy y durante los cinco años que vivió en la ciudad publicó numerosas obras  de contenido filosófico, político y religioso. Menos conocido que el valenciano fue el matemático y astrónomo  castellano Juan de Rojas y Sarmiento, alumno y después amigo en Lovaina de Gemma Frisius, el gran matemático y astrónomo de vida dickensiana y talento enorme que fue profesor de matemáticas y medicina en la universidad y, sobre todo, el autor de la Cosmographia, una obra  después vital para los asuntos de la navegación por mar. Y en aquella cadena del saber,  que se anuda en la formidable universidad belga, vemos a Frisius enseñar un día a su  alumno destacado, Gerardus Mercator,  cómo construir un globo terráqueo y otro celeste con la colaboración de otro de los grandes cartógrafos del momento, Gaspard van der Heyden.

Erasmus, Vives, Mercator, Frisius, Vesalio… Algunos de ellos y otros más visitaban la casa del que fue durante años secretario judicial de Amberes, Pieter  Gillis. Otro gran protagonista. Primero en la amberina de De Biecorf (la actual plaza Eiermarkt) y después en la calle Heilige-Geeststraat, toda la intelectualidad y los grandes personajes de la época frecuentan sus salones: Durero, Erasmo, Metsys, Martens, Grapheus, Colón, Holbein el joven, y un buen día también  el inglés Tomás Moro (1478-1535). Un encuentro nada casual, el de Gillis, porque jugará un importante papel en la gestación de la obra de Moro, tanto, que a él le dedicará  su famoso relato y le introducirá como personaje en la novela. Puesto que la vida inglesa del ahora santo, sus cuitas con Enrique VIII y su ahorcamiento ya es muy conocida, nos interesa seguir sus pasos desde que llega a Flandes en 1515 como miembro de una legación británica para negociar nuevos acuerdos comerciales en nombre de su monarca.  En Oxford había conocido tanto a  Erasmo de Rotterdam, como a Lluis Vives, al que llamaba “el valenciano”,  y con ellos mantuvo  una amistad que duró toda la vida. Como las negociaciones no prosperaban, Moro se instala en Amberes. Arropado por sus amigos, comienza a concebir su historia como un desahogo a la situación política y social de su país en un momento de profunda crisis de valores. Un tiempo en Europa que, más allá de las aguas revueltas de la Inglaterra de Enrique VIII, también produjo obras de segundas intenciones en otros focos de conflicto como Italia. El Príncipe, 1513, de Maquiavelo y el Tratado acerca del gobierno de Florencia, de Savonarola, son un ejemplo. Una de las preocupaciones de la época, y de cualquier época, era cómo poner el foco en la educación de la ciudadanía para humanizar lo público frente a los abusos de poder de sus gobernantes. Para los umanisti renacentistas, la pedagogía era un método y probablemente fuera la intención de Moro no tanto aspirar a una revolución, sino llamar la atención sobre el despotismo creando una historia útil para repensar algunas cuestiones relativas al poder, la igualdad y la justicia. ¿Sirvió de algo esta fábula de sociedad ideal en la que no existe la propiedad privada, ni las clases sociales; en la que se da prioridad a la educación y donde conviven en paz las confesiones religiosas y las creencias; donde se da la igualdad de derechos entre hombres y mujeres, se practica la eutanasia o se trabaja obligatoriamente solo seis horas al día?

“El libro es corto, mas para atenderle como merece, ninguna vida será larga; escribió poco y dijo mucho más; si los que gobiernan le obedecen, y los que obedecen se gobiernan por él. Ni a aquellos será carga, ni a estos cuidado”, escribió Quevedo tras la primera traducción vertida al castellano. Como Quevedo, como tantos autores, como todos nosotros, el anhelo de una sociedad ideal, el anhelo de un paraíso feliz y despreocupado, el anhelo de la vida simbólica de la isla, el anhelo de construir con la imaginación espacios idílicos y protegidos de la realidad, es una trampa que elude la imposibilidad del diseño de  ese espacio perfeccionista que, como apreciaba Javier Gomá hace poco, “obliga a los ciudadanos a ser felices, pero no felices cada uno a su manera, sino todos de la misma, la establecida por su fundador”, lo que no deja lugar a  una “individualidad diferenciada”.  ¡Y con la individualidad hemos topado!

La necesidad de seguir celebrando hoy la ficción de Moro no se debe tanto a la aceptación del modelo que propuso, sino a la celebración del vuelo imaginativo, del sentido cívico y del uso de la inteligencia crítica para cuestionar el orden dado y perseguir nuevos espacios de cambio. El humanismo que nace en el pliegue de los siglos XV y XVI vincula los grandes principios de la cultura clásica con el sentido de piedad e igualdad social de la herencia cristiana, pues el poder sin bondad es tiranía, y sin sabiduría, oscuridad y tiniebla. En el libro, la primera parte está dedicada a exponer la corrupción social y la degradación impuesta por sus gobernantes;   Moro no opta por la reforma de la realidad, sino por la revolución. Y en la segunda parte se aplica en la invención de esta sociedad perfecta y feliz, utópica. No es un divertimento, pero abunda la ironía, y quizá hoy Utopía deba ser leído simplemente como una fabulación literaria y su poder simbólico. La primera urgencia que trama la obra es la del diseño de un espacio, fundamentalmente mental, un lugar-aislado. Lo expresa la propia palabra que le sugiere su amigo Erasmo como título y que deriva del griego como un neologismo  interesante,  pues podría entenderse como ou  (no) o eu (bueno) topos (lugar), nolugar o buenlugar, según se mire. Y en el primer manuscrito que le envía a Erasmo, su título era  Nusquama (del latín, ningún lugar) o, como dijo Quevedo,  “no hay tal lugar”. A ese lugar imaginario como territorio de la ideación y la creatividad es al que rinde culto las dos magníficas exposiciones que tienen lugar ahora en Lovaina.

En Amberes, en el exterior de la catedral, hay una lápida que celebra el encuentro que alumbró todo y que se puede leer en árabe, chino, inglés, hindi y español: “Aquí conoció Tomás Moro en 1515, según sus propias palabras, al viajero que le habló de Utopía. ¿Un viajero  llegado de una extraña isla? Toda la potencia simbólica de la palabra viaje asoma en este comienzo al que le sigue el nombre de un lejano lugar,  patria de otra cultura social, otra forma de vida y otra forma de concebir las relaciones humanas. Es la  seducción del imaginario del viaje y que se despliega en este primer instante entre el alterego del propio escritor, que es su amigo Pieter Gillis, y el personaje del marinero portugués Raphael Hythlodadeus, con el que conversa,  un veterano de las expediciones de Americo Vespuccio que había pasado cinco años en una isla situada, ambiguamente, cerca de las costas de América del Sur. Que elija la figura del navegante no es casual, pues es un verdadero héroe renacentista que asume sus limitaciones humanas en aras de un proyecto grandioso: el de desvelar el espacio desconocido del  mundo por descubrir, aun a costa de sus propias limitaciones, aun a costa de  su naufragio real o simbólico.  Este nuevo héroe del  Renacimiento es la imagen de un nuevo poder: el del conocimiento, el del valor del deseo, el del destino y el mito y, sobre todo, el de quien, no  conformándose con lo dado y conocido, parte lejos en busca de un nuevo horizonte.

Viaje cultural a Lovaina, Bélgica.

Utopía está inspirada en la gesta transoceánica de los navegantes portugueses y españoles que en apenas unas decenas de años muestran la imagen de un mundo extraordinariamente más variado de lo que la sociedad del mundo medieval había concebido hasta el momento. En 1488 Bartolomeu Dias rodea el cabo de Buena Esperanza, en 1492 Colón desembarca en las costas americanas, en 1497 Vasco de Gama lo hace en las costas indias, en 1522 regresa la nao Victoria que da cuenta de su fabulosa aventura, la circunnavegación del globo en la gesta emprendida por Magallanes y culminada por Elcano. Todo esto sucedió en tiempos de Moro, de todo ello tuvo él noticia. A todo ello se afanaban en servir con sus cálculos Frisius y  Mercator. Y en las imprentas como la de Dirk Martens en Lovaina o la de Plantin Moretus en Amberes se despachaban a toda Europa globos terráqueos junto a los libros que salían de sus prensas y glosaban las aventuras y maravillas que deparaba la sorpresa continua del “Nuevo Mundo”.  El espacio conocido  había difuminado sus contornos, se incorporaban otras topografías  inimaginables; sobre todo irrumpía lo “otro”, una otredad que, más allá de la curiosidad, alentaba una pregunta fundamental: ¿existe un mundo ideal en todo este más allá? ¿Existe el paraíso sobre la tierra? ¿Existe El Dorado? ¿La fuente de la eterna juventud? ¿Existen islas utópicas donde ser felices?

En busca de Utopía es una exposición temática enfocada a mostrar bajo qué formas e imágenes se concebía no sólo el mundo en ese momento, sino los mundos posibles, y la exactitud de las piezas elegidas para mostrarlo ha merecido siete largos años de trabajo. Su comisario, Jan van der Stock, la ha centrado en la expansión del humanismo centroeuropeo en el arte y la ciencia del XV y XVI, y ha elegido con esmero ochenta obras fundamentalmente del entorno flamenco, pero también de otros artistas claves del momento, con obras mayores de Durero, Jan Gossaert, Quentin Massys o Hans Holbein, sorprendentes tapices  y una gran variedad de objetos científicos y cartográficos. La exposición, que se puede ver en el M-Museum de Lovaina, ofrece una lectura narrativa del tema muy atractiva, ordenada en cuatro grandes bloques. El primero de ellos está destinado al propio libro, su contenido en imágenes,  sus protagonistas y el contexto en el que nace, incluida la propia ciudad donde se imprime, Lovaina. Los personajes principales de aquel grupo de amigos son retratados por Quentin Massys y Hans Holbein el joven. La gravedad del conocido retrato de Moro que realiza Holbein es una pieza fundamental, así como los de Lady Alice More, su segunda esposa, y el del grupo  familiar; otros retratos son los de Desiderius Erasmus, Pieter Gillis y su esposa Cornelia Sandrin y, por supuesto, los de científicos como Gemma Frisius, al que su retratista  Maarten van Heemskerck inmortaliza con una esfera del mundo entre sus manos.

Tras poner rostro a sus grandes personajes, la muestra abre capítulo con un bloque dedicado a la fantasía de todo tiempo: la fuerza imaginativa y metafórica del lugar de la eterna felicidad, el Jardín del Edén, el paraíso terrenal y la promesa de un lugar donde celebrarlo, o, todo lo contrario, su reverso el lugar distópico que imaginamos: el infierno.  La épica exploratoria de este periodo dirige sus expectativas a los territorios en blanco y los cartógrafos muestran su nostalgia representándolo en sus mapas.  El Edén es la naturaleza exuberante que  envuelve a las imágenes de Adán y Eva, especialmente en las de Durero y Aert van den Bossche y, junto al extraordinario tapiz con el tema del Jardín de las Delicias de El Bosco, que se conserva en el Monasterio de El Escorial, una de las joyas más singulares de la exposición es el conjunto de Besloten Hofies, los retablos o Jardines cerrados, representaciones del paraíso terrenal confeccionados en el siglo XVI por las monjas agustinas de Malinas y sus beguinatos,  restauradas con minuciosidad para lucir en todo su esplendor en esta exposición. Son obras raras, extraordinarias y únicas. Paraísos utópicos concebidos como lugares de placer, locus amoenus , y comunión con lo divino que incluyen además de la representación pictórica en sus paneles de cierre, objetos  votivos, como pequeñas piedras recogidas en la peregrinación a Jerusalén, exvotos,  pequeñas tallas, relicarios, piedras preciosas y exquisitas formas vegetales bordadas con luminosos colores. Asemejan los Gabinetes de Curiosidades que tiempo después estarán siempre presentes en las casas de la burguesía, y mezclan  los elementos canónicos de la representación  masculina en el arte (pinturas y tallas) con la artesanía textil tan propia de la creación femenina —el bordado en seda—,y  la incorporación de objetos. La tarea repetitiva de la labor acompañada de la oración y las canciones religiosas  favorecían una particular mística en el proceso de creación que unía el alma al jardín simbólico de la creación como obra de Dios.

La tercera parte lleva por título Más allá del horizonte. Buscando ‘Terra incógnita’, y trata específicamente de la importancia del viaje en este periodo en el que, además de la gran empresa transoceánica, Europa ve nutrir sus caminos con viajeros que llevan y traen el intercambio de conocimiento que se produce en el mundo de las ideas y el arte.  Sin embargo, Moro diseña su mundo ideal en el espacio delimitado de una isla, una antigua península a la que sus habitantes escinden para así ser libres respecto al “viejo mundo” del que se muestran autosuficientes. La isla como espacio virginal, como epifanía, es un símbolo recurrente; de igual suerte que la isla representa lo excepcional respeto a la norma que es lo continental, sin que tengamos de ella la imagen de universos paralelos.  También la isla es lugar de tránsito, y en ella recalan navegantes con noticias de otros lugares que siempre suponen un avivar el deseo  de un nuevo horizonte. La errancia, el deambular con diferentes propósitos, se convierte en un fin en sí mismo, y allá por donde transcurre el viajero,  el territorio pasa a ser espacio medible y cognoscible en los mapas.

Viaje cultural a Lovaina, Bélgica.

El Renacimiento experimentó  un desarrollo sin precedentes de la cartografía, que pasó a ser no un documento de probabilidades y de imágenes supuestas de lo desconocido, sino proyecciones cada vez más fiables, especialmente en lo referido a las costas y sus accidentes. Si los mapas de la antigüedad y el medievo contenían una imagen circular y epicéntrica del mundo, en el que el Mediterráneo y los lugares santos de la cristiandad eran su eje rodeados por las masas territoriales de Europa, Asia y África, los nuevos descubrimientos que desvelan los marinos ensanchan el conocimiento geográfico legado de la antigüedad.  Añadamos que a ello se suma el relato de los viajeros medievales, notablemente Marco Polo,  la contribución de los geógrafos islámicos y la precisión cada vez mayor de los portulanos y cartas de navegación. En la exposición encontramos piezas como la edición de la Cosmographia de Ptolomeo, pero es una ocasión única para maravillarse ante el soberbio mapamundi de Pierre Desceliers fabricado en 1550, que mide varios metros. Nunca había salido de la Biblioteca Británica, donde se custodiaba enrollado, y para poder desplegarlo de nuevo fueron necesarios varios meses y construir una base especial para mostrarlo sin forzar sus ondulaciones.  Esta colosal obra, como tantas rarezas, fue un encargo para regalar al rey Enrique II, y la contribución de otros artistas hacen de este mapa una obra de arte. Para admirarlo al detalle hay que circunvalarlo, pues la información del mapa gira de sentido y, como curiosidad, una detallada información sobre Asia. Parece la debilidad de Desceliers, con  personajes históricos como el Gran Kan o raros (para la época) animales asiáticos. Otra de las soberbias piezas  de esta parte de la muestra es el gran tapiz procedente del Museo de Arte Antiguo de Lisboa que narra la llegada de Vasco de Gama a la India con un  dramatismo expresivo que ilustra la fascinación mezclada de ignorancia por el Nuevo Mundo, el encuentro entre culturas, así como la dicotomía  entre naturaleza y cultura. Otras de las obras reunidas ilustran el impacto que supuso la irrupción de la imagen del otro, y toda su inconcebible diversidad.

Viaje cultural a Lovaina, Bélgica.

Pilar Rubio Remiro.

Por toda la ciudad asoma el rostro infantil de la princesa Dorotea de Dinamarca sosteniendo una esfera armilar. Aparece en  los carteles de la exposición reproducido en todas partes y en la cubierta del catálogo. Tras posarse en su rostro, que parece contemplar la imagen en un espejo de la pequeña esfera en metal que sostiene, la mirada desciende hacia la posición de su mano derecha , cuyo dedo anular indica la latitud de 56º norte; es decir, la de Copenhage. Un extraño tema para una pintura, pero no para este momento de la historia. En la segunda mitad del siglo XVI, Lovaina era un centro reputado internacionalmente como fabricante de instrumentos científicos.  Astrolabios, mapas, esferas terrestres, globos y cartas celestes, esferas armilares, relojes… Toda una serie de instrumentos al servicio de una obsesión que atraviesa toda época: puesto que consideramos una utopía reducir el universo a escala humana, lo humano será  intentar comprenderlo. Una pasión que será la tarea comunal, dos siglos después, durante la Ilustración, y que se expresará en la pasión científica por medir el mundo. Desde Toledo se ha traído el magnífico tapiz El movimiento del Universo, c. 1490-1510, cuyo tema central es un astrolabio, pero que en su imaginería artística representa la unión de la religión, la mitología y la ciencia. El tapiz fue confeccionado en Flandes y, respecto a su conexión con Toledo, se especula que pudo llegar a esta ciudad especialmente sensible debido a la rica tradición de las escuelas árabes de astronomía.

El legado imaginativo de la Utopía de Tomás Moro en nuestro tiempo es inconmensurable.  Bajo una torre que imita a la de la Giralda se asienta el edificio de la Biblioteca Universitaria. Si decimos que se debe al diseño de Withney Warren, el mismo arquitecto de la peliculera Central Station de Nueva York, adivinamos no solo su estilo, en el que sólo falta un Woody Allen sentado a sus mesas, sino el porqué, ya que el edificio original sufrió sendos incendios en las dos Guerras Mundiales y se restauró con fondos llegados del otro lado del Atlántico. Aquí recala la segunda exposición que nos trae hasta el presente. Puesto que  Utopía es ante todo una ficción literaria, su  fantasía abrió un marco imaginativo para las posibilidades de fabulación de una sociedad a medida de sus deseos ideales y también  su contraria, la distópica, de cuyas desarmonías ha dado cuenta el género de ciencia ficción que inaugura Tomás Moro. De forma destacada, tres son las novelas que enlazan directamente con su  legado literario: La ciudad del sol, 1623, de Tommaso de Campanella; La nueva Atlántida, 1627, de Francis Bacon, y Pablo y Virginia, 1789, escrita por Bernardin de Saint Pierre. Y a la vez ellas mismas son puente a lo imaginado por otros autores que, de una forma u otra, han creado lugares utópicos en sus fantasías literarias, como Defoe, Swift, Voltaire, Sade, Saint Simon, Thoreau, Verne, H.G. Wells, Hilton o Huxley.  En esta segunda exposición, que complementa la primera, también se hace un repaso utópico al cine o la arquitectura, que no han dejado de fabular respuestas imaginativas a ese ¿qué sucedería si….?

 

In search of Utopía (En busca de la Utopía), M-Museum  y  Utopia and More, Biblioteca de la Universidad forman parte del Festival The Future is More en Lovaina que celebra los 500 años de la publicación de Utopía de Tomás Moro en esta ciudad. Abiertas hasta el 15 de enero de 2017.

Más información sobre el programa de actividades: http://www.utopialeuven.be/en/program/detail/tracing-the-future

Más información sobre la ciudad:  http://www.visitleuven.be/

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