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Viaje a los escenarios míticos de José Ignacio Agorreta

Uno se imagina al artista navarro tratando de perturbar lo menos posible el espacio, dejando que el tiempo —ese gran escultor, que decía Marguerite Yourcenar— continúe su callada labor cuando el pintor se va. Su obra nos enfrenta a un mundo que se desvanece.

14 de septiembre de 2017

Contemplar la obra de José Ignacio Agorreta instala al espectador en un estado de ánimo melancólico al mismo tiempo que le transmite una cierta serenidad. Y no es solo porque capte en cada cuadro las huellas del paso del tiempo, que es la principal obsesión del artista, como él mismo ha declarado en diferentes ocasiones, sino porque nos enfrenta a un mundo que se desvanece ante nuestros ojos y que él sabe representar de manera austera, casi con humildad. Llama la atención en muchas de sus obras su capacidad para envolver las escenas en una capa de polvo y de abandono. Hay muchas sombras y pocos brillos en las telas, y todo esto contribuye a crear una atmósfera fantasmal. Es como si el artista contemplara estos interiores a través de un tenue filtro color sepia. Las telarañas, los escombros, los desconchados en la pared que nos hacen aproximarnos para comprobar si no será un desgarro en el lienzo, adquieren así fuerza de metáforas. En ese sentido, incluso de manera involuntaria, hay en su obra una crítica al consumismo y a una sociedad que nos conmina continuamente a no dejar que las cosas envejezcan (y tampoco las personas, si vamos a eso). Todo hay que cambiarlo cuando aún es nuevo: los muebles, la ropa, la decoración de las casas.

Nada más alejado de la cultura de usar y tirar que lo que podemos ver en estos cuadros donde no hay nada de pose ni de artificio. Agorreta parece reivindicar la dignidad de estos objetos vulgares –un grifo, un cable antiguo, un enchufe, un horno de leña– traídos de manera incongruente a primer plano. El pintor sorprende el proceso de descomposición en un momento cualquiera, podía haber llegado antes o después a esos espacios abandonados donde se advierte la ausencia de quienes fueron sus propietarios y salieron de allí hace mucho tiempo. El azar en el que están dispuestos los objetos nos llena de preguntas sobre las circunstancias en que esos espacios quedaron vacíos. En cada cuadro hay, por tanto una, historia. Luego el tiempo, ese gran escultor, que decía Marguerite Yourcenar, se encarga de crear esas composiciones que Agorreta se limita a llevar con veracidad a sus cuadros. Cada una de sus obras habla del gusto del pintor por el detalle, de su capacidad de observación, de su delicadeza y su cuidado, de la lentitud.

Viaje a los escenarios míticos de José Ignacio Agorreta

Uno se imagina al pintor llegando a estos sitios y tratando de perturbar lo menos posible el espacio, dejando que el tiempo continúe su callada labor cuando él se va. Esta es una de las lecciones de todas estas obras: la gran actividad (a otro ritmo, es cierto, pero incesante) que podemos advertir en estas estancias donde todo en apariencia es quietud. Otra lección es que estos espacios, donde un día habitaron personas con sus sueños y que ahora son naturalezas muertas, nos siguen hablando de la vida y contienen una advertencia: esto es lo que dejamos tras nosotros, tampoco hay para tanto. Vivimos ahí durante un tiempo, cuidamos las cosas, nos construimos un hogar y cuando nos vamos empieza poco a poco el proceso que devuelve los elementos de los que nos hemos servido al bosque y a la tierra.

De la maestría de Agorreta con el pincel nos da idea la manera cómo singulariza los objetos cotidianos, cómo juega con las perspectivas o cómo confiere volumen a una simple tubería hasta el punto de que el espectador se convence de que podría meter la mano por detrás. En esto es un verdadero mago. En los cuadros las cosas flotan, el lienzo se transforma en madera, en terrazo, en mármol… Todo contribuye a meterte dentro de cada una de esos escenarios, en cierto modo míticos, en los que no hay gente, es cierto, pero que no nos resultan hostiles ni ajenos. Es como visitar tu pasado, como volver a la vieja casa de tus abuelos; es de alguna manera como regresar a tu infancia.

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