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Saint Louis du Sénégal y tres de sus paisanos

Pasear por las calles de Saint-Louis del Senegal, cerca de la frontera con Mauritania y a cuatro horas de Dakar, es recorrer el pasado colonial de esta ciudad. Una isla más para viajeros que para turistas, declarada Patrimonio de la Humanidad por la Unesco.

31 de diciembre de 2012

“Signare, je chanterai ta grâce, ta beauté “

Léopold Sedar Senghor

Como todas las ciudades con mucho pasado y poco presente, Saint Louis du Senegal es melancólica. Saint Louis, a tres kilómetros de la frontera con Mauritania y a trescientos kilómetros de Dakar, cuatro o cinco horas de viaje, nos aparece desierta en la tarde del domingo. Flota en la ciudad un cierto tedio, lento y ocre, como el inmenso río Senegal que la rodea y discurre hacia su cercana desembocadura, hacia la Langue de Barbarie. Una luz tenue, algo triste, baña la tarde.

baobab-calle-Saint-Louis-Senegal

Jaime-Axel Ruiz Baudrihaye

Calles vacías, una luz difusa, cielo nuboso. La que fue primera capital colonial del país y factoría portuguesa, después francesa, conserva el estilo del siglo XIX, trazada a cordel, edificios con terrazas y balaustradas que nos traen un remoto recuerdo de otra vieja conocida francesa, Nueva Orleans. Y, en efecto, también hay jazz en St. Louis, de vez en cuando, aunque no sea más que para recordarnos las lejanas raíces africanas de estos ritmos. Durante la semana, la agitación vuelve, los mercados de los barrios se llenan de gente y miles de personas cruzan el puente metálico Faidherbe –construido en 1897– en los dos sentidos. En camionetas, a pie, en herrumbrosas bicicletas.

En medio del paisaje semiárido del norte del país, de sabana con acacias espinosas y pastos secos, Saint Louis ofrece pocas distracciones al turista ávido de eventos. Pero sólo pasear y observar, despacio, justifica la estancia. Es ciudad para viajeros, más que para turistas. Es un lugar que no se parece a ningún otro. Dos pequeños museos, uno sobre la mítica compañía Aéropostale de Mermoz y St. Exupéry, y otro en la punta sur de la isla, sobre historia, arqueología y costumbres, polvoriento e interesante, nos ilustrarán brevemente de su pasado.

Edificios desvencijados, casi en ruina, protegidos al menos de la demolición y especulación gracias a la declaración de la isla como Patrimonio de la Humanidad por la Unesco. Pero nada que ver con el barrio de Sor, al Este, o los de Guet-N’Dar o N’Dar Tout, en la lengua de tierra que se extiende entre el río y el Océano; degradados, caóticos y superpoblados. La Unesco ha elegido, efectivamente, una isla para protegerla, en todos los sentidos de la palabra. Esa tristeza que flota en la ciudad, a pesar de la luz, la debemos no sólo a ese pasado esfumado, sino a la extrema pobreza, a la suciedad y abandono de los barrios decrépitos que la rodean. Una visita que recomiendo es la vieja estación, en Sor, abandonada en medio de un mercado de pescado, de frutas, de carbón, siempre atestado de gente, donde se vende, en el fondo, la miseria. El ferrocarril que construyeron los franceses ha desaparecido prácticamente como medio de transporte y las vías están abandonadas, cuando hubiera sido un excelente, seguro y barato medio de transporte. Sólo se usa parte del trazado, más al sur, por Thies y Dakar, para las mercancías.

antigua-estación-tren-Saint-Louis-Senegal

Jaime-Axel Ruiz Baudrihaye

Deambular por la isla de punta a punta, desde el norte, donde está un pequeño restaurante saigonés, excelente, por cierto, hasta la punta sur, Sindone, por esas calles largas, de edificios que parecen abandonados, será nuestra principal distracción. Viejos almacenes franceses, algún hotel, el Institut Français rodeado de un ameno jardín donde prosperan las plantas más emblemáticas de Senegal: la palmera, que llaman rônier (borassum aethiopum), el fromager (ceiba pentandra) y el baobab (adansonia digitata), además de hibiscus, buganvilias de varios colores, flamboyants (delonix regia) y variadas flores. Luego pasaremos junto a la vieja mezquita, veremos los antiguos cuarteles franceses decrépitos ocupados por los impecables y gallardos soldados senegaleses. No olvidemos que estamos en una de los viveros del antiguo ejército colonial francés, con el imponente y legendario cuerpo de los Tirailleurs Sénégalais, que hizo sus armas en las dos guerras mundiales.

Embarcadero-Saint-Louis-Senegal

Jaime-Axel Ruiz Baudrihaye

El puerto está ocupado por las piraguas típicas, coloridas, las almadías, que usan para pescar y para el transporte de mercancías. En los días que allí estuve, se hundió una hacia el este, cerca de Mauritania, y vi recoger a uno de los jóvenes ahogados cuyo cuerpo bajaba flotando hacia la desembocadura. Otros tres desaparecieron. El gobierno hace poco ha dispuesto que todos los pescadores lleven chalecos salvavidas y GPSs (que la Administración facilita), pero éstos no los llevaban y, como la gran mayoría, no sabían nadar. Tragedias cotidianas de la pobreza.

Hay muchas guías prácticas sobre el país, que incluyen un par de páginas sobre Saint Louis y que me han decepcionado (como Le guide du Routard y Lonely Planet, con mucha información sobre alojamientos y comida, y poca historia). Para sentir de verdad el país, otras lecturas son necesarias, porque Saint Louis es un lugar para evocar su pasado colonial. Una puede ser Saint Exupéry, con las aventuras de la Aeropostal de Latécoére. Otra, más actual y pertinente, la novela Nini, de Abdoulaye Sadji, sobre una mulata de St. Louis en la época colonial. Pero la lectura más universal e inspiradora es la del gran poeta senegalés, Léopold Sédar Senghor, que suele ser encasillado como el de la negritud, y es mucho más. Él ha cantado a su país, la belleza de las mujeres negras (busque el lector Femme noire, femme nue), a las signares de Saint Louis (palabra de origen portugués que designa las nobles senhoras mestizas, hijas de portugués y africana). Senghor, que es un auténtico clásico, en un francés excelente que conserva algunas palabras en wolof, habla de pueblos, de árboles, del espíritu de la libertad, del amor, y nos recuerda que la poesía, antes de ser escrita, era cántico y danza. Es una poesía comprometida con la vida y la sociedad, pero alegre y optimista.

Pero también hay que intentar conocer un poco la vida de los senegaleses. Como estos tres que a continuación se describen en cuatro pinceladas.

Un funcionario. Papa Mar Diop es funcionario de Aduanas en Saint Louis. Trabaja junto a Capitanía (aquí llamada Capitainerie). Tiene casi cuarenta años (los senegaleses no dicen su edad sino el año de su nacimiento: “je suis soixante-treize”, de mil novecientos setenta y tres), está soltero (“falta de medios”) y gana 3000 francos CFA al mes, unos 5 euros. Es un poco tartamudo. Va vestido con sencillez, con mucha pulcritud. Mientras se toma un Sprite –bebida muy apreciada en el país– me cuenta de su ilusión de ir a Milán, donde vive un amigo suyo que le conseguiría trabajo; pero necesita el mágico visado para Europa, esa fortaleza cuyo difícil acceso tantos ahogados deja en el mar. Papa sueña, durante su trabajo en información al público, en renseignements, en cómo podría conseguir el anhelado visado. Vive, no en Saint Louis, sino en los barrios degradados del otro lado del río, en la Corniche.

autobús-escolar-Saint-Louis-Senegal

Jaime-Axel Ruiz Baudrihaye

Un ama de casa y empleada de limpieza. Awa siempre está sonriendo, riendo o hablando mientras trabaja. Tiene casi cincuenta años aunque aparenta, como todos los senegaleses, bellos, dignos siempre, muchos menos. Cuando ríe, sus arrugas se confunden con las dos minúsculas cicatrices de tatuaje que tiene donde aparecen las patas de gallo. Awa lleva un bello bubu estampado naranja y verde y un pequeño turbante de la misma tela. Es feliz, tiene tres hijos ya grandes que van a la escuela y un marido que vive de pequeños trabajos en la construcción. Ella cruza todas las mañanas el río por el puente Faidherbe en una de esas camionetas destartaladas, un “car rapide” del Transport en commun con la inscripción Alhamdoulilah, “sea lo que Dios quiera”.

Un pescador. Amadou viste un bubu de wax azul indigo (el traje tradicional para hombres), es alto y esbelto, como casi todos. Viene a buscar a sus dos hijos, chico y chica, al Lycée público Oumar Tall. Está en paro porque los inmensos navíos factoría y frigoríficos asiáticos –coreanos y japoneses, sobre todo– devastan, arrasan y devoran toda la riqueza piscícola del país, reduciendo al paro a miles de pescadores, que se ven reducidos a sus endebles e inseguras almadías, y a la magra pesca sólo para el consumo local. Mientras otros –y quien esto escribe– prefieren el café touba, vendido en termos por la calle y con un sabor amargo a malta, agradable y muy azucarado, Amadou escoge el Nescafé con mucho azúcar y con leche en polvo. Vive de poca cosa, de la pesca eventual, de hacer recados para los tenderos mauritanos que controlan gran parte de las abacerías de la ciudad. Vive entre Saint Louis y el Océano, en el barrio pobre, semidemolido y lleno de basura y de abandono que es Guet N’Dar,  junto a lo que podríamos llamar puerto o, más bien, fangoso embarcadero, cruzando el puente Mustapha Malick Gaye. Pero sonríe y es feliz.

Como diría Mariano José de Larra, son “modos de vivir que no dan de vivir”.

rio senegal, saint louis du Senegal

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  • 02 de enero de 2013 a las 17:13

    Muy acertada la descripción de la ciudad. Me gustó mucho visitarla en 2011, una ciudad, sin duda, melancólica, decadente… Preciosa crónica, y gracias por las recomendaciones literarias.

    Por pablo strubell
  • 07 de diciembre de 2015 a las 13:48

    Si señor, genial descripción … pero cuando has atravesado el Sahara en tu moto, después de la seriedad y soledad de Mauritania y Sahara Occidental. Llegar a Senegal por Diama, hasta Saint Louis. Es introducirte en un mundo de bullicio, donde el desparpajo y la música se respira por las esquinas. Amen de la belleza de sus habitantes.
    Sin olvidar el encanto del Hotel La Poste ….

    Por Juan Benítez Fdez.
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