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    La fotógrafa y vídeo-artista Leila Alaoui (1982-2016) falleció trágicamente víctima de las heridas sufridas tras el atentado de Uagadugú, en Burkina Faso, el 15 de enero de 2016, cuando trabajaba en un reportaje sobre la condición de la mujer, por encargo de Amnistía Internacional. Una exposición en la Casa Árabe de Madrid homenajea su trayectoria y compromiso vital mostrando treinta retratos realizados por la autora en entornos rurales de Marruecos. Abierta al público hasta el 22 ...[Leer más]

  • Hannah Collins y Hassan Fathy

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    El arquitecto Hassan Fathy (1900-1989) pensó sus ciudades como proyectos casi utópicos, utilizando diseños y materiales tradicionales para las clases más humildes, con trabajos tan ambiciosos como el de Nueva Gourna, una villa en Luxor hecha de belleza y barro, concebida para una sociedad sostenible; la población, sin embargo, nunca acabó de aceptar la propuesta y las casas de adobe se fundieron con autoconstrucciones modernas.  La artista británica Hannah Collins rescata la ...[Leer más]

  • Libros raros chinos online

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    La Biblioteca del Congreso de Estados Unidos ha digitalizado su colección de libros raros chinos. Más de mil obras anteriores a 1796, algunas de las cuales se remontan al siglo XI, son ya accesibles desde su página web: sutras budistas, mapas antiguos, textos sobre remedios médicos... y acuarelas que representan la vida en Taiwan antes de la llegada de los colonos Han. Debido a las dificultades de conservación, parte de esta colección no puede exponerse al público, por lo que la ...[Leer más]

  • China: Cinco miradas de mujer

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    Cine chinoLi Yu, Ann Hui, Zhao Wei , Guo Xiaolu y Sylvia Chang han dirigido algunas de las películas más relevantes realizadas en China desde el año 2007 hasta el 2017. Casa Asia y la Fundació Institut Confuci de Barcelona les dedican un ciclo de cine, donde a lo largo del mes de junio se proyectarán las últimas obras de las directoras. La entrada es libre hasta completar aforo con inscripción previa.

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    Exposición de Francisco Hernández en el Museo Nacional de Ciencias NaturalesEl ilustrador y pintor naturalista Francisco Hernández viajó al parque nacional de Etosha, en Namibia, con un objetivo claro: adentrarse en la naturaleza africana y dibujar su fauna y su flora, siguiendo el lento pero imparable peregrinaje de miles de mamíferos en busca del más preciado elemento: el agua. Sus dibujos, bocetos y pinturas pueden verse en el Museo Nacional de Ciencias Naturales hasta el 1 de septiembre.

Histórico noticias



Viaje por los paisajes mágicos de Tuva

Un país casi de cuento, rodeado de altas montañas de más de 2.500 metros de altura; y en su centro, un gran valle estepario donde aún deambulaban familias seminómadas con sus rebaños y sus yurtas, y donde los chamanes cantan y recitan versos para proteger al viajero.

17 de agosto de 2015

Era finales de noviembre  del año 2000 y el pequeño avión que nos llevaba a Tuva sobrevolaba los bosques bajo una intensa nevada. Alexander V. Poospev, mi compañero de asiento y doctor geofísico por la Universidad de Irkustk, parecía totalmente relajado. Por la ventanilla apenas podía distinguir unos árboles en medio de la tormenta de nieve. Instantes después, el avión golpeó con sus ruedas el piso de una pequeñísima pista de aterrizaje cubierta de hielo. Alexander se ofreció a llevarme en su Lada hacia el centro de Kyzil. La ciudad era pequeña y los edificios de viviendas de tiempos de la URSS contrastaban con las yurtas tradicionales plantadas en los patios traseros. Junto al teatro, en la Plaza Central, el Parlamento de Tuva (Khural) y una estatua de Salchak Toka. “Mira ese tipo”, me dijo Alexander señalando la estatua, “fue el dictador que manejó este pueblo a su antojo durante cuarenta años”. Toka era un antiguo luchador de Khuresh, la lucha libre tuvana que, apoyado por Stalin, derrocó en un golpe de estado a Donduuk Kuular, el primer presidente de la flamante República Popular Tuviniana.

Kuular había potenciado el acercamiento de Tuva a Mongolia y la expansión del Budismo y Chamanismo como religiones oficiales del estado. También se opuso a los procesos de colectivización y sedentarización de las poblaciones de tuvanos seminómadas que vivían en las estepas y los bosques. Claro, esto no le granjeó la simpatía del poco simpático Stalin, que decidió que era mejor quitarle de en medio cuanto antes. En 1932 y después de que Tuva fuese por primera y única vez en su historia un país independiente, fue ejecutado por el ya entonces todopoderoso Toka. Ahora su figura se erguía parcialmente cubierta por la nieve con todo el horror y fascinación que provocaban los hombres capaces de subyugar un pueblo y desarrollar un terrible culto a su personalidad.

Viaje a Tuva

Zachary Collier, Flickr.

Alexander V. Poospv me dejó en la puerta del destartalado hotel soviético de dos plantas. Quedamos en vernos al día siguiente; él tenía que salir hacia el oeste en uno de sus muchos viajes de prospección y me propuso acompañarle unos días.  Mientras llegaba el momento de partir, me dediqué a vagabundear por los alrededores del río Yenisei, que bajaba hacia la profunda Siberia cargado de hielo y espuma. Un poco más allá encontré un curioso monumento que señalaba el Centro de Asia. Sentado en su base, un tipo pelirrojo gargareaba. Era el primer extranjero que veía en Kyzil, un inglés amable y fortachón de barba y coleta rojizas.

Greg había decidido dejar su profesión de fontanero para dedicarse a estudiar el canto Koomey, un tipo de canto difónico de las tribus animistas de origen remoto que se ha mantenido en unos pocos lugares de Asia y que es muy popular en Tuva. “Esta es la tercera vez que vengo. Paso unos meses con un chamán que me enseña el método de canto y técnicas de meditación para poder llegar a la comunión con la naturaleza”. Enseguida se ofreció a presentarme a su maestro, que trabajaba en una clínica de chamanes. Estaba cerca de allí, era una casa sencilla con un recibidor desde el que se accedía a las diferentes habitaciones, donde cada uno de los chamanes hacía su tratamiento. El término chamán proviene del idioma tungu, de Siberia, xaman o schaman, y éste del verbo scha, “saber”, y es un individuo al que se le atribuye la capacidad de modificar la realidad o la percepción colectiva de ésta. De una de aquellas puertas salió un hombre no muy alto, con camisola y pantalones de ante donde estaban cosidas decenas de piezas de pieles de animales con campanillas colgando. Cuando se movía sonaba una preciosa música que te trasladaba a otra región. Saludó a Greg, abrió la puerta y nos invitó a sentarnos en una habitación desnuda en la que sólo había unas sillas puestas en círculo. Hizo unas preguntas en ruso y Alexander le contestó. “He pedido que nos haga un ritual de limpieza y bendición.” En la habitación estábamos los tres extranjeros, Greg, Alexander y yo, el chamán y una mujer también vestida con pieles que ayudaba al chamán en la preparación de lo necesario para nuestra sesión. El chamán comenzó a susurrar, primero en voz baja y luego cada vez más alto, palabras incomprensibles para nosotros. Después se convirtió en una canción y las panderetas de la mujer sonaron y unos tragos de licor blanco y fuerte pasaron por las gargantas de todos los presentes. El chamán giraba a nuestro alrededor, tocando con dos cuernos y tiras de fieltro; los tambores sonaban rítmica y obsesivamente, haciendo que poco a poco fuera olvidando la pequeña casa donde me encontraba. Después de pasar por nuestros cuerpos varias veces unos látigos de pieles y cintas de colores, el chamán dejó de cantar y recitó unos versos mientras nos entregaba unos muñecos de trapo, oscuros y traspasados por varios imperdibles. Eran figuras votivas que nos protegerían en nuestro viaje por Tuva. Afuera se oían más cánticos y tambores, un grupo de unas veinte personas formaban un círculo en la calle y el fuego estaba encendido delante de un tipi de pieles. Nos unimos a ellos en su rito, entrando así en el mundo del maestro, del hombre brujo que era la pieza entre el mundo de abajo, de los muertos, de los espíritus, y el mundo de arriba, donde vivimos nosotros. El puente entre nuestros sueños y los deseos, la boca por la que los diferentes dioses, las nubes, el sol, el reno, los osos, la luna, el viento, el fuego, nos recitarán sus visiones, nos curarán de nuestros males y nuestras dudas. Su voz era una y eran dos al tiempo, por el poder del canto köomei, una reverberación sonora generada entre la faringe y la boca que produce dos o más sonidos simultáneos. Y aquel hombre seguía cantando y danzaba, y dos mujeres vestidas también con las pieles y los cánticos extraños y dobles que salían de sus gargantas iban caminando a mi alrededor y agitaban huesos de animales, pequeñas panderetas de piel que sonaban y sonaban, y fuera estaba la yurta y un enorme fuego donde otros hombres y mujeres oraban y bailaban junto al río Yenisei. No recuerdo cuánto tiempo estuve en aquel estado. Greg se hallaba junto a mí entonando cánticos con su garganta rota cuando desperté a la conciencia de nuevo. Le dejé allí, en la caída de la tarde, mientras nevaba sobre las gruesas capas de piel de los chamanes y el fuego proyectaba sus sombras sobre la tienda cónica.

Vladimir tocaba la bocina en la puerta del hotel. Me había quedado completamente dormido. Salí corriendo con la mochila aún abierta y salté al Lada Niva que nos llevaría de ruta por la estepa y los bosques de Tuva. “Este es el camino hacia el Oeste, en unos kilómetros se acaba el asfalto y la pista sigue unos cientos de kilómetros hacia las montañas de Altai”. Alexander hablaba mientras conducía fumando un cigarrillo tras otro. “Pero la única vía terrestre que comunica este país con el exterior, la única, es una pequeña carretera de asfalto y curvas que atraviesa las montañas del norte y llega a Abakan, la capital de la vecina República de Khakasia. Y en invierno muchas veces está cortada”. Aquel país casi de cuento se encontraba rodeado de altas montañas de más de 2.500 metros de altura y su centro era un gran valle estepario donde aún deambulaban familias seminómadas con sus rebaños y sus yurtas.

Viaje a Tuva

El final del camino era también el final de la tarde bajo un cielo abierto y helado. Comenzaban a despertar las primeras estrellas cuando llegamos. Los perros gruñían sordamente al otro lado de la ventanilla, oíamos los sonidos de las ovejas y los caballos. La silueta de una yurta de estepa se perfilaba contra el cielo sobre el suelo de permafrost, tierra helada. La temperatura había descendido hasta los -25ºC cuando un hombre asomó su cabeza por la puerta y nos invitó a entrar. Era Ondar Valera, nuestro anfitrión. La yurta era caliente y confortable; en los laterales, unos colchones cubiertos de telas con dibujos geométricos. Alfombras que cubrían casi toda la superficie excepto el centro, donde una mujer aún joven hervía agua en una antigua cocina de hierro alimentada por leña. A la derecha, la zona para las mujeres, y a la izquierda, la de los hombres. Al otro lado de la yurta, al fondo, un baúl que hace las veces de pequeño altar familiar con motivos animistas, cintas de colores y la figura de un buda en la posición del loto. Alrededor, unos marcos con fotos de hombres y mujeres en traje de domingo mirando muy serios a la cámara. Después de intercambiar saludos nos sentamos alrededor del fuego. Era una familia rica dentro de los parámetros seminómadas, tenían cuarenta caballos, cincuenta vacas, ochenta ovejas, dos yurtas y tres hijos. Delante de nosotros, una mesa de madera baja, y sobre ella, diversos cuencos con leche agria, yogur y queso fresco y ácido. Nos ofrecieron la bebida habitual de los nómadas: té con leche y sal. Poco después sacaron tajadas de la carne de oveja. Fue una cena divertida, hablamos de nuestros países y nuestras familias y, al final, con unos tragos de licor local hecho con el suero de la leche, nos lanzamos a cantar. María tenía una voz aguda y cantaba bien. Sentada sobre uno de los colchones se mecía sobre un codo e hilaba cortas y deliciosas canciones de la estepa tuvana. El fuego chisporroteaba dentro de la estufa y las estrellas comenzaban a helarse en la noche poblada de bufidos de caballos.

Por la mañana el frío se había apoderado de los campos, escarcha y vaho en el morro de los caballos. Nos despedimos y continuamos ruta. Traqueteamos por una pista rumbo a las montañas. Manadas de caballos y algunas yurtas dispersas en la estepa. Apareció una aldea de casas rusas de colores al borde de la taiga. Alexander hizo sonar la bocina y salió una mujerona, una matrioska rusa con su delantal de colores llamativos y su pañuelo verde en la cabeza. “Pasen Alexander, pasen, hay café recién hecho en la cocina”. Olía a pan recién horneado y había una mesa con mantel blanco junto a la ventana de la cocina donde nos sentamos. Al poco comenzaron a llegar los hombres y mujeres del pequeño caserío a presentar sus respetos a los forasteros.

El cristal de la ventana recortaba la taiga y las sombras de la tarde iban cayendo sobre los árboles. “Mira Antonio, esto es una comunidad rusa que lleva aquí clavada más de un siglo, es un símbolo de lo que es y ha sido Tuva. Esta gente y sus antepasados se sienten rusos y hablan ruso, llegaron aquí cuando el Zar Nicolás II, allá por el año 1914, declara el territorio de Uryankhai (actual Tuva) como protectorado ruso”. Y según me cuenta Alexander ahí comienza la fiesta. Hasta ese momento Tuva era parte del Imperio Mongol desde el siglo XIII, y después del Imperio Chino Manchú hasta el siglo XX; pero el Zar decide que ya es hora de que aquello cambie y comienza la construcción de la capital Belotsark (que significa Rey Blanco en ruso), al tiempo que envía varios miles de colonos rusos a poblar las tierras y los bosques de la región. Poco después, estos mismos colonos piden la intervención del ejército del zar contra los nómadas mongoles que veneran la naturaleza y luchan contra las excavaciones en busca de oro. Pero llega la Revolución Rusa y, en medio del caos, todo vuelve a cambiar. Ahora Uryankhai acoge a tres ejércitos: Ejército Rojo, Ejército Blanco o zarista y el Mongol. Poco después el ejército chino invade el sur del territorio. Ahora son cuatro. En 1919 el ejército zarista es derrotado por los partisanos y el ejército Rojo y los Mongoles aprovechan para invadir Tuva y expulsar a los colonos rusos. ¡Aja! Ahora (febrero de 1920) los chinos deciden que reincorporan Uryankhai (Tuva) a su territorio, ya que lo fue de hecho durante la dinastía Qing (1757- 1911), y los mongoles se retiran en menos de seis meses. En septiembre de 1920 la URSS reconoce la independencia de Tannu Tuva, y un año después los partisanos y el Ejército Rojo derrotan al ejército chino, que es expulsado. Vaya lío, pero ahora ya parece que tiene su propio país, y su propio presidente (Donduuk Colar) hasta que su política irrita a Stalin y ¡plash! De nuevo dentro de la madre Rusia y hasta ahora.

Pensaba en todo esto mientras mi amigo charlaba alrededor de unas tazas de café, cuando Alexander se volvió hacia mí: “Coge lo necesario para una noche en la nieve, nos vamos con ellos. Salen a la montaña. Volveremos mañana.” Y así fue como nos sumergimos en aquel mundo fascinante, rodeados de bosques vírgenes por una senda estrecha entre la nieve por la que apenas podía pasar el destartalado 4×4 en el que viajábamos como sardinas en lata, rodeados de fieros y borrachos cazadores rusos con escopetas entre sus muslos. Aquellos tipos mal afeitados y con olor a sudor rastreaban cada recodo en busca de algo, con los faros del coche primero y después caminando por la nieve con la luz de las potentes linternas de mano. “Creo que ya sé qué hacemos aquí”, me susurró Alexander al oído en medio de la oscuridad de la taiga. “Van a por osos que duermen, los matan mientras están hibernando”. Oíamos sus pisadas alejarse mientras esperábamos su regreso en medio del bosque. Unos disparos y mucho frío en los pies, tanto frío que comenzábamos a no notar los dedos, tampoco de las manos. Más disparos. Por fin vemos los rescoldos de sus cigarrillos entre los árboles cuando aparecen. Seguimos hacia los páramos de altura de la montaña, donde acaba el bosque de taiga y comienza la alta montaña. Allí una cabaña de troncos cubierta por la nieve y con suelo de barro helado. Aquella noche la pasamos metidos en nuestros sacos en un duermevela continuo entre las risotadas de los cazadores borrachos, sus canciones y peleas y la luz rojiza del fuego y los cuchillos. En algún momento me volví hacia Alexander y le vi despierto. “No sé si nos comerán esta noche, jejeje. Buena suerte chico.” Me susurró.

Salimos de allí paleando la nieve de la entrada, y más allá de aquella extraña noche en busca de osos, la luz del sol iluminaba un paisaje quieto y perfecto. Huellas de animales, cielo azul y el blanco de la nieve mientras bajábamos la montaña. Alexander sonreía aún cuando me dejó en la perdida frontera con Mongolia. “Regreso a casa”, se despide por la ventanilla del auto. “Suerte con esa frontera. Nos vemos cualquier día de estos en cualquier lugar”, Y no la tuve, pero eso es ya parte de otro viaje.

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