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Eva en los mundos

Escritoras y cronistas

RICARDO MARTINEZ LLORCA

Editorial: LA LINEA DEL HORIZONTE EDICIONES
Lugar: ESPAÑA
Año: 0
Páginas: 188
Idioma: CASTELLANO
Encuadernación: Tapa blanda bolsillo

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Es tiempo de tormentas y sobre ellas han escrito, y lo hacen hoy, mujeres de un talento extraordinario para la crónica. En este mes de marzo queremos dar voz y presencia a algunas de las que más nos gustan: Svetlana Aleksiévich, Sofía Casanova, Carmen de Burgos, Joan Didion, Hayasi Fumiko, Helen Garner, Martha Gellhorn, Leila Guerriero, Janet Malcolm, Edna O'Brien, Annemarie Schwarzenbach, Marina Tsvetaieva y Rebecca West. Eva en los mundos es una colección de perfiles escritos desde la admiración, porque la pasión la ponen ellas. Pertenecen a diferentes épocas, geografías y culturas pero todas ellas comparten una mirada singular sobre la realidad y un robusto sentido de la justicia.
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La Línea del Horizonte Ediciones




Viaje por Mozambique. Desde los manglares…

Tras haber trabajado como reportero para la Agencia EFE en Mozambique, José Luis Toledano ha escrito ‘A la sombra del Cajueiro’, publicado por la Agencia Española de Cooperación Internacional para el Desarrollo. El autor nos ofrece un fragmento del libro a continuación.

25 de abril de 2016

El avión sobrevoló la península de Pemba a baja altura. El mar, de intenso color verde y turquesa, perfilaba la extensa bahía en forma de riñón. El aparato realizó un pronunciado giro para encarar la lengua de tierra donde estaba la pista de aterrizaje. En la sala de llegadas me esperaba Jesús Pérez, cónsul honorario de España en Pemba y responsable de la cooperación española en la provincia de Cabo Delgado. Nos habíamos conocido dos años atrás, pero sólo nos vimos en un par de ocasiones después. Dejamos el aeropuerto en dirección a la ciudad. El sol caía a plomo. El calor era opresivo y pegajoso y la luz cegadora. Después de un breve paseo por la playa, donde los pescadores faenaban en pequeñas embarcaciones con aparejos artesanos, Jesús me llevó a comer al restaurante Kauri, en el puerto. Nos sentamos en la fresca terraza suspendida sobre la bahía mirando el ajetreo de los muelles.

Viaje a Mozambique

José Luis Toledano.

Puerto Amelia, nombre colonial de Pemba, se levantó alrededor del puerto, que data de la última década del siglo XIX. En realidad, antes del puerto no había ciudad. La capital de las provincias de Niasa y Cabo Delgado estaba en la Isla de Ibo, en el archipiélago de las Quirimbas. Ibo era un lugar excelente  para la defensa del comercio marítimo, que era la principal fuente de negocio de la región. Sólo en 1902, cuando el comercio del algodón cobró importancia, las autoridades trasladaron la actividad del puerto de Ibo a Puerto Amelia, que tenía unas condiciones naturales magníficas para las nuevas exigencias. Además del puerto, que mantuvo un cierto dinamismo hasta que declinó tras la independencia de Portugal, en 1974, los regidores de la ciudad también trasladaron la capital al continente.

En 1997, Pemba apenas contaba con veintisiete mil habitantes. Hoy supera los ciento cincuenta mil. Este incremento se ha debido no sólo al efecto llamada de las recientes prospecciones de gas y petróleo en el norte del país, sino al magnetismo que la ciudad ha causado en la población rural. Durante la comida, Jesús Pérez me explicó que, debido al descubrimiento de hidrocarburos (gas y petróleo), Cabo Delgado recibirá en los próximos años inversiones millonarias y se convertirá en el epicentro de la prosperidad de Mozambique. Sin embargo, Jesús teme que estos pujantes negocios causen graves desajustes sociales, y tal vez conflictos entre el gobierno, las multinacionales y los ciudadanos. «Las clases medias y altas se beneficiarán, pero las más bajas pueden quedar excluidas del progreso», se lamentó.

(…)

Cabo Delgado ha experimentado recientemente un proceso de crecimiento gracias a las prospecciones de gas y otros recursos minerales. Hasta 2005 los avances fueron modestos. La pobreza estaba enquistada y las infraestructuras estancadas. La esperanza de progreso esos años eran mínimas. En 2006 se produjo un leve aumento en las perspectivas turísticas gracias a la combinación de fauna, playa y patrimonio. Aumentaron los negocios y se creó un cierto dinamismo en el ámbito hotelero. Pero en 2009 y 2010, el balón del turismo se desinfló. A pesar del pinchazo, el gobierno realizó más inversiones en Cabo Delgado. Mejoró la red de carreteras y el sistema sanitario. El índice de desarrollo subió del último al tercer lugar del país. Con ello se incrementó la esperanza de vida, la alfabetización y, en menor medida, el ordenamiento del territorio, aunque la línea de partida era muy baja. El año 2011 fue clave. Se empezó a hablar de gas y petróleo. Grupos privados llegaron a la región y realizaron estudios de los recursos naturales: grafito, rubíes, carbón, madera y oro.

Tras el almuerzo, Jesús Pérez me llevó a tomar un refresco al restaurante del lujoso hotel Pemba Beach, a las afueras de la ciudad. El local disfruta de un constante movimiento de clientes. Todas las mesas estaban ocupadas, la mayoría por hombres de negocios chinos, italianos, portugueses, sudafricanos y norteamericanos. Los platos de la carta tenían precios sólo para bolsillos adinerados. Disfrutamos de la agradable brisa del mar y de un bello atardecer. Jesús me explicó que se han creado expectativas locales, nacionales y extranjeras. Las inversiones que llevan a cabo las compañías extranjeras extractivas de recursos naturales han generado la aparición de empresas de servicios que les facilitan el trabajo de prospección. El caudal de millones de euros que circula ha inflado el presupuesto del Estado.

(…)

Pemba es una ciudad animada y colorida. Desciende desde la zona más elevada, donde se encuentran los comercios, los bancos y otros servicios, hasta Paquiteque, la antigua aldea de pescadores, y la Baixa, cerca del puerto. Esta es la parte más antigua de la ciudad (Pemba), con viejas casas coloniales. La vida bulle en los barrios populares de Ingonane, Natite y Kariako. En la Rua do Comercio un grupo de mujeres se aglomeraban en torno a los montones de “ropa calamidad”, prendas de segunda mano que se vende en muchos mercados de Mozambique. Llegan al país desde Europa a través de donaciones a organizaciones humanitarias. Los fondos de las ventas se utilizan para proyectos sociales.

(…)

Jesús Pérez me puso en manos de Dias, un chofer de su confianza que trabajaba para la AECID desde hacía diez años, para acompañarme durante el viaje por el norte. Marcos Ghuillerme Dias era un tipo alto y atlético de la etnia de los machuabos, con las extremidades largas y las manos robustas. Llevaba el pelo corto y un bigote fino y recortado. Tenía la nariz ancha y los ojos rasgados y separados. Vino vestido con una camisa de cuadros azules y un pantalón blanco. Hablaba rápido y con la voz fuerte. Era un tipo divertido y bromista. Conocía algunas palabras en español, de las que no aparecen en el diccionario de los buenos usos de la lengua.

Salimos de Pemba en dirección norte hacia Ibo por una carretera asfaltada y estrecha. El sol lucía alto en el cielo africano. La ruta discurría por la tierra de los macuas, una planicie de tierra roja y deforestada, donde sólo quedaban árboles bajos y arbustos. Nos cruzamos con decenas de potentes camiones que transportaban voluminosos troncos. Dias me dijo que la madera era para los chinos, que estaban esquilmando los grandes bosques de Mozambique. Vi centenares de casitas cuadradas y circulares de paredes de barro y caña y tejados de paja, desperdigadas por el paisaje. Después de un par de horas, dejamos la carretera asfaltada y entramos en una pista de arcilla. Durante la época de lluvias estos caminos se hacen intransitables y muchos poblados quedan aislados. Entramos en el Parque Nacional de las Quirimbas. Un cartel advertía que el parque es un espacio protegido para la fauna y la flora. La población de la reserva es principalmente de la etnia maconde. Sus pobladores conviven con gacelas, elefantes, monos y algún león. Hay caza furtiva de elefantes para la venta ilegal de marfil. La población, además, caza gacelas y monos para consumir su carne. «A los maconde les gusta la carne de mono», me comentó Dias. «Es muy sabrosa». Se veían columnas de humo gris que elevarse por encima de los grandes árboles. Quemas controladas para ganarle terreno al bosque y abrir un espacio para las machambas, que son pequeñas parcelas donde plantar y levantar una cabaña. Había cultivos de mijo, mandioca y cacahuete. El terreno era ondulado. Sobre el bosque apareció el mar añil. El sol había comenzado a reclinarse, pero aún nos quedaban unas cuantas horas de luz para hacer la travesía hasta la isla de Ibo.

El Parque Nacional de las Quirimbas tiene una parte continental y otra insular. En la parte insular hay una docena de islas, de las que Ibo es la más importante. Sólo unas pocas están habitadas y tienen una larga historia; otras están despobladas, pero en su conjunto forman uno de los archipiélagos más bellos de este lado de África. La región ya era un enclave importante del comercio árabe cuando los portugueses llegaron en el siglo XV.

El camino finalizaba en Tandanhange. Desde este punto parten las embarcaciones hacia las islas. En el centro de la explanada había un gran baobab donde los viajeros charlaban a la sombra con los porteadores, que cargan las mercancías por unas monedas. Las embarcaciones flotan a unos metros de la orilla en las aguas poco profundas del manglar. Tuvimos que remangarnos los pantalones hasta las rodillas y caminar por un fondo fangoso hasta la embarcación.

Compartimos la travesía con cuatro mujeres vestidas con capulanas de colores vivos. Al capitán, un hombre maduro tocado con un gorro de punto blanco musulmán, le ayudaba un joven que se encargaba de no colisionar con las demás embarcaciones.

La barcaza de madera avanzó lentamente por el laberinto del manglar impulsada por un viejo motor que desprendía un fuerte olor a gasolina. La travesía sólo era posible durante la pleamar. El mar estaba picado y el viento soplaba en contra. La mayor parte de los cuarenta minutos del trayecto hasta la isla de Ibo los realizamos al abrigo de los manglares. Las olas impactaban con fuerza contra el casco y nos mojaban. Las mujeres se cubrían el rostro con el extremo de las capulanas. Nos cruzamos con algunos dhow rebosando pasajeros y mercancías, que avanzaban ágilmente entre el oleaje. La barcaza se internó en un canal formado por bosques impenetrables sumergidos en el agua salada. Al fondo asomó el perfil de Ibo. Pasamos el embarcadero, que se encuentra al extremo oeste de la isla y continuamos hasta una estrecha playa cerrada por edificios viejos al borde del mar.

Viaje a Mozambique

José Luis Toledano.

El día iba muriendo y el sol se atenuó hasta desaparecer. La noche cayó súbitamente. En cuestión de minutos se hizo la obscuridad más absoluta. Me alojé en el hotel Miti Miwiri, un local modesto pero con encanto, de dos plantas, con jardín y piscina, regentado por Jörg, un joven austriaco. Tomé una habitación amplia, con mosquitera y ventilador de techo, y una terraza que daba a la calle principal, jalonada por escombros de casas.

Caminé hasta Ponte Cais, en el otro extremo de la villa, por calles oscuras junto a la silueta en penumbra de las casas en ruinas. Me recomendaron cenar en un lugar que no tenía nombre. Se encontraba cerca del embarcadero. Un par de mesas largas de madera colocadas en el porche de una modesta cabaña de madera y tejado de palma regentado por una pareja pintoresca: Florencia, una argentina delgada y menuda, y James, un escocés que lleva desde la adolescencia en Mozambique. La cena fue un delicioso menú a base de pescado a la brasa, langosta, pollo en salsa de cacahuetes, vegetales y arroz con leche de coco. La brisa del mar era plácida, la luna todavía no había salido y el cielo estaba colmado de estrellas.

La isla de Ibo es la más conocida del archipiélago de las Quirimbas. Tiene una superficie de unos cuarenta kilómetros cuadrados y una población estable de unos cinco mil habitantes, la mayoría dedicados casi exclusivamente a la pesca artesanal y a la agricultura de subsistencia. El 40% de sus habitantes es menor de 14 años, y la esperanza de vida era hace dos décadas de 36 años, ahora ha subido a los 45. Muchos de los habitantes de Ibo nunca habían salido de la isla. En los pequeños barrios, la gente vive igual que hace décadas, en la absoluta pobreza.

(…)

La isla es una gran roca de coral. La mayor parte de las casas antiguas se construyeron con la piedra coralina y calcárea de su subsuelo hace más de cien años. Las tejas venían de Marsella en los mercantes portugueses a su regreso de Europa. La mayoría están hoy derruidas y abandonadas. Sin embargo, en muchos casos se intuye la belleza de su antigua construcción. Entre los muros en escombros se pueden ver restos de paredes con antiguos azulejos de cerámica y columnas ennegrecidas por el paso del tiempo.

Cuando Vasco de Gama llegó en 1498 a Ibo buscando la ruta marítima a las Indias, decidió establecer la isla como base de abastecimiento. Los navegantes lusos no fueron bien recibidos por las poblaciones árabes provenientes de Omán, que ya estaban presentes desde el siglo VII. Portugal no mostró demasiado interés por el archipiélago, y sus marinos no volvieron hasta 1524. En esa ocasión las intenciones fueron diferentes. Atacaron la cercana isla de Quirimba, donde mataron y violaron a la población musulmana, destruyeron sus barcos y cometieron pillaje en sus poblados. A partir de esa fecha comenzó la ocupación efectiva del archipiélago. Ibo era un centro importante del comercio de esclavos durante el dominio árabe. Cuando fue ocupado por los portugueses, se quedaron con sus negocios de oro, marfil y esclavos. En 1761, la ciudad de Ibo fue elevada a la categoría de capital de las provincias de Cabo Delgado y Niassa, disfrutando de un cierto relieve económico y comercial. El fin de la esclavitud fue el comienzo de su declive. El definitivo traslado de la capital del archipiélago a Porto Amelia —Pemba—, que empezó en 1902 y concluyó en 1929, acabó con la importancia estratégica y comercial de la isla. El poco calado del canal de Ibo forzaba a los grandes barcos a fondear mar adentro, lejos de la isla. Pemba, la tercera bahía más grande del mundo, ofrecía, en cambio, unas condiciones idóneas para las actividades portuarias.

Tras la Conferencia de Berlín de 1885, que sirvió para resolver la expansión de las potencias europeas en África y llevar a cabo su repartición, Mozambique se dividió en tres zonas. En cada una de ellas se implantó una compañía comercial. Portugal concedió la explotación de todos los recursos a estas compañías mayestáticas, que se convirtieron en pequeños estados mientras los portugueses se dedicaron al comercio menor. La Compañía de Niassa disfrutaba de una extensión de ciento sesenta mil kilómetros en el norte de Mozambique, en el que también se incluía el archipiélago de las Quirimbas. Ingleses, alemanes y belgas se beneficiaron durante décadas de la riqueza de estos territorios, y sus productos viajaron por medio mundo hacia mercados lejanos.

Viaje a Mozambique

José Luis Toledano.

Recorrí la Rua de la República, que es la avenida principal. Como el resto de las calles de la ciudad, está sin asfaltar y se encuentra flanqueada por una hilera de casas en estado ruinoso. Pasé por delante de la que fuera la vivienda de Ranchordas Odda, un rico comerciante indio que pertenecía a la Compañía de las Indias británicas. Oddas traía navíos de India para cargarlos de castañas de caju (anacardos), cacahuetes y otros productos del continente. Ilabo Chalie, un viejito de 76 años, estaba sentado a la sombra, en una de las piedras de lo que un día debió de ser la base de una columna del porche de la casa del comerciante indio. El anciano recordaba cuando la casa aún estaba en pie. «La castaña del anacardo y los cacahuetes se traían del continente, se tostaban ahí mismo —señaló hacia los escombros del edificio contiguo— y se cargaban en los navíos para enviarlos a Asia». Todas las casas de alrededor pertenecían a Ranchordas Odda, y eran sus oficinas, viviendas y almacenes. La parte posterior de su vivienda daba al puerto. «Tenía chinos que trabajaban para él», añadió el viejito. «Un nieto de uno de aquellos chinos aún vive aquí».

La calle terminaba en la plaza principal de la ciudad, un espacio abierto, circundado por edificios. Uno de ellos era una casa señorial en buen estado de conservación. Tenía una inscripción con la fecha de 1879. Era la vivienda donde se alojaban los gobernadores coloniales que iban destinados a Ibo. Me detuve a la sombra de un almendueiro –almendro– de flor amarilla en el centro de la plaza. Corría una suave brisa del mar que atenuaba el calor. Bajo aquellos árboles había cuatro bancos de hormigón, que antes fueron de madera, donde la gente se sentaba a charlar, y eran conocidos como los bancos da malingua —de los chismorreos—. En otro punto de la plaza estaba ubicado el edificio en ruinas de correos, telégrafos y teléfonos, que disfrutó de gran actividad en tiempos pasados, ya que vendía las estampillas que precisaban todos los documentos oficiales. A su derecha estaba el inmueble de la delegación marítima, y a su izquierda el de las Fazendas —hacienda—. Más allá se hallaba la escuela Eduardo Mondlane, cerrada por las vacaciones de verano —las vacaciones de Navidad coinciden con las de verano—. En una de las esquinas de la plaza estaba situada la escuela de carpintería. Es un edificio sólido y alargado que termina al borde del mar, de muros blancos y azul celeste. En su interior, un par de jóvenes y un maestro pulían parsimoniosamente las aristas de un mueble.

Frente a la escuela de carpintería se encontraba la iglesia de san Juan Bautista, construida entre 1764 y 1767. En el pasado sufrió varios ataques de piratas llegados de Madagascar. El último se produjo en 1815. En sus orígenes, el templo estaba construido con madera del manglar y paja de palma de cocotero. Más tarde se reconstruyó empleando diferentes materiales que la hicieron menos vulnerable al fuego, hasta que en los años sesenta del siglo XX adquirió su estructura actual, más sólida y modificada. Hay varias lápidas en el suelo y en las paredes, que pertenecieron a personajes destacados —portugueses— de la sociedad de Ibo.

El sol cogió altura y el calor era intenso. Salí de la plaza por una calle polvorienta que me condujo al embarcadero. A un lado quedó el fortín militar de San José,  construido en 1760, donde estaban emplazadas siete piezas de artillería de pequeño calibre para la defensa de la entrada del puerto. Antes fue un asentamiento de los kimuani –la gente de la playa–, descendientes de los suajili, musulmanes que en 1522 repelieron el intento de conquista del marino portugués Pedro de Castro. El fortín fue restaurado en 1945 por el gobierno mozambiqueño. La isla de Ibo tiene unas condiciones favorables para su defensa. Por el lado de mar abierto los fondos son profundos, hay muchas rocas y el oleaje es fuerte. Por el lado del canal no hay mucho calado, y los grandes barcos tienen dificultades para llegar.

El Ponte Cais es el atracadero de las barcazas que van y vienen al continente, una sencilla estructura de madera en dos alturas. El embarcadero continúa por un malecón salpicado de acacias, cocoteros, jacarandas, castaños y casuarinas —pinos—. Las aguas son poco profundas y las fuertes mareas dejan al descubierto grandes lenguas de tierra y los árboles de los manglares. En la arena de la pequeña playa junto al malecón, reposa el esqueleto de una vieja embarcación apoyado sobre el costado de babor, cuya madera se pudre al sol.

(…)

Viaje a Mozambique

José Luis Toledano.

A pesar de los quinientos años de colonización portuguesa, la religión musulmana es más practicada que la católica. Esto se explica, en parte, por la presencia anterior de los árabes en la región. En Ibo hay diez mezquitas y una sola iglesia católica. Por las calles se veían hombres con la cabeza cubierta con el gorro de punto blanco musulmán. Las mujeres vestían capulanas y lenzos, y algunas llevaban el rostro pintado de musiro, una pasta blanca que extraen de una planta y que se untan en la cara como signo decorativo o para protegerse del sol. Antes lo solían emplear las doncellas en rituales como señal de virginidad y pureza. Al atardecer encontré en el embarcadero varías muchachas con la cara pintada de musiro acompañadas de jóvenes de torsos atléticos que escuchaban música de rap y saltaban desde la plataforma de madera al mar.

En los tiempos de esplendor de la isla de Ibo, los comerciantes portugueses e indianos vivían en las casas que hoy se encuentran degradadas o en ruinas de la ciudad. La población local ocupaba los barrios de alrededor, en chabolas de paja y barro. A partir de la independencia, Ibo fue cayendo en el olvido hasta quedar dormida en el tiempo.

(…)

Muchas de las casas que quedaron abandonadas después de la guerra están siendo ahora recuperadas por los hijos y nietos de los propietarios, aunque no todas se han rehabilitado con fidelidad al estilo original. Desde 2012 la isla cuenta con electricidad, que llega desde el continente a través de un cable submarino de siete kilómetros. Sigue sin haber prácticamente vehículos: algún tractor, pocas motocicletas y unas cuantas bicicletas. Hay algunos burros y vacas, y la población vive gracias a la agricultura de subsistencia.

Un camino de arena suelta, a la sombra de grandes pinos y acacias de flores naranjas, conducía a la fortaleza de san Juan Bautista, construida 1791. No está claro si ya existía anteriormente una construcción árabe o si era obra de los portugueses. La fortaleza sirvió para dar protección a la isla y como destacamento militar. La edificación es de muros bajos pintados en blanco y forma de estrella de cinco puntas, una construcción táctica castrense que facilitaba la comunicación entre los soldados de guardia. Contaba con quince piezas de artillería para su defensa. En 1963 los portugueses convirtieron la fortaleza en una prisión para confinar a los enemigos del salazarismo sospechosos de pertenecer a la guerrilla de Frelimo. La PIDE (policía política) traía a los reclusos, con o sin pruebas, y los encerraba en la prisión, que podía albergar hasta a 300 presos, donde los torturaban.

Viaje a Mozambique

José Luis Toledano.

En el interior se encuentra una cooperativa que vende artesanía de plata. Sulemane Rabio es un miembro de la cooperativa. No hace mucho tiempo solían comprar monedas de plata y otras joyas, que fundían para hacer sus trabajos. Pero en la actualidad la plata viene de Sudáfrica. El patio de la fortaleza es amplio y tranquilo, al abrigo del mar. Un gran árbol lo cubre parcialmente de sombra. En el otro extremo del patio hay un museo marítimo. Contiene maquetas, fotografías, cartas de navegación, aparejos de pesca y material de las barcazas tradicionales locales. La madera que se utiliza para la construcción de estas embarcaciones proviene de los árboles del manglar, que es más resistente al estar siempre en contacto con el agua salada.

En el perímetro interno de la fortaleza también se halla una capilla y un taller de arte maconde. Sentado en el suelo de una sala alargada y vacía estaba Manuel, un joven artesano que trabajaba el ébano con unas pocas herramientas rudimentarias dando forma a las figuras. En una pequeña sala contigua se encontraban todas las piezas expuestas para la venta. Manuel me dijo que la madera que utiliza viene de fuera porque no hay árboles de pao preto —ébano— en la isla.

Manuel llegó a Ibo en 2009 para vender sus tallas. El gobierno de Mozambique le facilitó aquel taller. Aprendió de su padre a tallar siendo muy joven. Más tarde, se marchó a Tanzania para enseñar a los niños lo que había aprendido. Manuel es de Mueda, un municipio de Cabo Delgado, corazón del pueblo maconde. Durante la guerra de independencia contra Portugal muchos macondes se refugiaron en Tanzania y Kenia y trabajaron allí su artesanía. Las figuras y tallas de madera oscura se hicieron muy populares en los mercadillos del continente y en la venta callejera de los vendedores africanos, «pero este arte salió de aquí, de Mozambique», me aseguró.

Un ambicioso proyecto español pretende rehabilitar y dar uso a la fortaleza a partir del año 2016. Se trata de una de las actuaciones del programa de patrimonio y tiene como fin hacer en ese espacio un centro de interpretación, un restaurante y mejorar los talleres y las tiendas, con el fin de dinamizar la vida de la isla.

En 1835 se construyó en otro extremo de la isla el Fuerte de san Antonio, el último de los fuertes con los que el ejército portugués pretendió defender Ibo de las incursiones holandesas y francesas. Tiene un baluarte de tres metros y medio desde donde se avistaban las embarcaciones desde gran distancia. Las informaciones se transmitían a través de un sistema de señales a la residencia del gobernador, en el centro de Ibo. El puesto estaba muy bien artillado, con diecinueve piezas, once en las cañoneras y ocho en el baluarte.

Viaje a Mozambique

José Luis Toledano.

Dejé atrás el fuerte y tomé un camino hacia el interior de la isla. En el número 33 de la Rua da Fortaleza, bajo el porche de una modesta vivienda de una planta, se encontraba João Batista descansando en una butaca de madera con las piernas en alto. Batista es toda una referencia en la isla. En aquella misma casa había nacido hacía 87 años. Fue consejero del gobierno local e historiador. Trabajó cuarenta y dos años para la administración portuguesa, y fue tercer oficial de la administración del gobierno reformado. Me dijo que la butaca en la que estaba sentado tenía más de cien años. João Batista es un anciano amable, risueño y divertido. Vestía una camiseta roja de fútbol y unos pantalones deportivos cortos de color negro. Tenía los brazos delgados y venosos, las piernas finas y las rodillas huesudas. Llevaba una gorra roja con la foto del presidente Emilio Guebuza, que fue su profesor de política en la universidad.

Fue miembro y ferviente seguidor de Frelimo desde los años de la independencia. Estuvo detenido en un par de ocasiones por la PIDE y encerrado en la fortaleza de San Juan Baptista. Sin embargo, ha sido una voz objetiva y crítica contra algunos de los gobernadores que enviaron de Maputo para administrar la isla, a los que acusó de desinterés por Ibo, e incluso de corrupción.

Tampoco parecía mirar con buenos ojos al actual gobernador, del que afirmaba que «se hizo una buena casa y engordó tanto que ya no cabe en la camisa».

Me contó que el empeño de su vida había sido luchar contra el olvido de la isla de Ibo, preservar su existencia y conservar su legado. Ha conocido a numerosas personalidades mozambiqueñas y extranjeras que la han visitado, y participó en recepciones y reuniones con delegaciones oficiales que por diferentes razones vinieron a lbo. João me mostró un pin con las banderas de Mozambique y Estados Unidos, regalo, me aseguró, del presidente Barak Obama, que le entregó el embajador norteamericano en Mozambique cuando le visitó para transmitirle el agradecimiento de Obama por el trabajo que había desarrollado en Ibo. «Es la única medalla que he recibido en mi vida», me dijo.

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