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Histórico noticias



Mozambique… Hasta las tierras altas del té

Tras haber trabajado como reportero para la Agencia EFE en Mozambique, José Luis Toledano ha escrito ‘A la sombra del Cajueiro’, publicado por la Agencia Española de Cooperación Internacional para el Desarrollo. El autor nos ofrece un fragmento del libro a continuación.

2 de mayo de 2016

A las cinco de la mañana ya había salido el sol. Dias, el chofer, aguardaba en la puerta del hotel con su bolso al hombro para dirigirnos al embarcadero donde nos esperaba un joven con el motor en marcha. Éramos los dos únicos pasajeros. La marea era favorable para hacer el camino de vuelta al continente. Dejamos la isla de Ibo internándonos nuevamente en los bosques de manglares. La brisa era fresca y el sol se reflectaba con intensidad contra el mar en calma. Nos cruzamos con algunas frágiles barcazas de velas triangulares, desde las que los pescadores lanzaban con destreza las pequeñas redes. La travesía de regreso fue más breve. Tomamos de nuevo el coche en Tandanhange, que había estado custodiado por el dueño del quiosco.

A la sombra del Cajueiro

José Luis Toledano.

Cruzamos el río Lurio, que hace frontera entre las provincias de Cabo Delgado y Nampula, por el puente de piedra, construido en 1945. Antes de entrar en la ciudad de Nampula, paré en la congregación de las Carmelitas del Sagrado Corazón de Jesús para visitar a las religiosas Mercedes Tejerina y Encarnación Flórez. La sede se encuentra a la salida de la ciudad, en la carretera que une Nancala y Nampula. La finca está rodeada de bananeros y tiene un gran portón color óxido con el nombre de la congregación en la parte superior. En el interior del recinto hay varios edificios de una planta, de muros rosa pastel y malva, que acogen las habitaciones de las internas, las oficinas, comedores y otras dependencias. En el centro hay un jardín bien cuidado de plantas bajas y flores, entre pasillos acerados y árboles frondosos que ofrecen una extensa sombra. En el fondo del jardín se halla la capilla, que tiene forma circular.

La hermana Mercedes tiene ochenta años y lleva cuarenta y cinco en Mozambique. Llegó unos meses después de la independencia de Portugal. «Encontré un país muy alegre, y la gente estaba muy contenta». Mercedes me contó que la ciudad de Nampula era preciosa, en las tiendas había de todo, y en el campo tenían los productos básicos. Dos meses después se llevó a cabo el proceso de nacionalización. «A la Iglesia le quitaron todo», aunque años más tarde le devolvieron las misiones. «Los portugueses se marcharon, al igual que los indianos, que eran los comerciantes. Con su marcha, todo quedó desabastecido, faltaba de todo, y el pueblo fue perdiendo la alegría». En 1979 Mercedes enfermó de malaria y salió de Mozambique. Cuando regresó en 1984, en plena guerra civil, «el país estaba desconocido y la gente muy triste». Las iglesias, hospitales y las escuelas, que estaban dentro de las misiones, estaban destruidas. Renamo quemaba las cosechas y destruía los poblados rurales para evitar los planes marxistas de Frelimo de crear aldeas comunales. La gente acudía por el día a la escuela o al hospital de la misión, pero por la noche huía a refugiarse al bosque. La hermana Mercedes dijo que Renamo atacó su misión en cinco ocasiones, siempre entre las tres y las cuatro de la noche. Pedían medicamentos, comida, incluso libros religiosos, «pero nunca nos hicieron nada malo». «Mucha gente desapareció y no supimos más de ellos. Nadie sabe cuánta gente murió. A las niñas se las llevaban como esclavas sexuales y a los chicos los reclutaban como soldados. Fueron dieciséis años de guerra y destrucción. La gente nos decía: Hermana, ya estamos cansados, no queremos más guerra».

La hermana Mercedes llevaba una falda estrecha hasta los tobillos, confeccionada con tela de capulana naranja y amarilla, camisa blanca y sandalias abiertas. Sobre el pecho reposaba un crucifijo de metal. Tenía el pelo corto y gris y la cara redonda. Con la llegada de la paz hubo que reconstruir el país. «Ya no nos volvimos a acostar nunca más con miedo a un ataque», comentó. Mercedes dejó de dar clases en la escuela y se dedicó a alfabetizar a mujeres, que estaban muy marginadas en la sociedad mozambiqueña. «Construimos un internado para inculcar en las jóvenes la idea de que un pueblo sólo se desarrolla con cultura». En muchas aldeas solo acudían a la escuela hasta los 12 años. «En el internado les dábamos formación humana y religiosa para desarrollar su conciencia de mujeres, y las mandábamos a la escuela del gobierno». La hermana Mercedes reconoció que fue una tarea muy costosa porque las propias mujeres no creían que pudieran tener un papel diferente. Sin embargo, algunas, me dijo Mercedes, llegaron a ser abogadas. Todo esto ocurría en zonas muy aisladas y sin educación donde aún se practicaban los ritos de iniciación. En las ciudades todo cambió mucho y rápidamente. Mercedes insistió en que debían de ser las jóvenes que ellas habían formado las que tenían que romper con la tradición de los ritos de iniciación. «Incluso siendo católicos creyentes recurren a sus propios ritos, que tienen mucho de magia, fetichismo y espíritus. No es fácil cambiarlo. Es parte de sus vidas, y nosotras no podemos hacer nada».

Durante la conversación, la hermana Encarnación trajo de la cocina una bandeja con zumo de maracuyá natural y rosquillas hechas en la congregación por las misioneras. Encarnación tenía 77 años, vestía una camisa blanca, falda larga gris y las mismas sandalias y crucifijo que su compañera. Tenía el pelo blanco y usaba unas gafas de montura dorada. La casa de la congregación es también un internado donde se alojan muchachas jóvenes que estudian en la escuela y en la universidad. Algunas de ellas optan por la vida religiosa. La hermana Encarnación dijo que en los últimos años el cambio más profundo que se ha vivido en el país ha sido en el campo de la educación. Se crearon escuelas hasta en las zonas más remotas y un buen número de mujeres llegaron a terminar el bachiller.

Para Encarnación esto ha ayudado a cambiar la concepción de los ciudadanos ante los problemas que les rodean y a que sean más críticos. Hay un porcentaje de la población que ya mira más allá de la subsistencia a un horizonte de progreso. «Incluso dentro de Frelimo se oye a gente con otra mentalidad y con otra forma de pensar». Lamentó que, a pesar de las mejoras en educación, muchos jóvenes que terminan la escuela superior no consiguen entrar en la universidad, porque ésta no puede absorber a tantos con deseos de seguir formándose, ni en escuelas técnicas que asuman la gran demanda y faciliten el desarrollo. «Así que entran en la universidad los mejor situados económicamente y (eso) provoca mucha frustración».

Al salir ya había oscurecido. En el centro del jardín había un gran árbol rebosante de mangos. La hermana Mercedes estiró el brazo para alcanzar unos cuantos y me los entregó: «Están maduros y muy dulces».

Nampula es la tercera urbe del país. Está situada en el interior de la provincia, y es un importante nudo ferroviario. Una ciudad comercial e industrial, colorida, bulliciosa y polvorienta, que ha crecido aceleradamente en los últimos años. La entrada por la carretera de Nacala es tortuosa durante el horario laborable. Hay decenas de naves de fábricas que comercian con todo tipo de productos. Multitud de personas entran y salen con vehículos y camiones de los almacenes. Recordé que la hermana Mercedes me dijo que casi ningún negocio estaba en manos de los mozambiqueños. Son principalmente comerciantes indianos, nigerianos o chinos quienes manejan la economía de la ciudad. En Mozambique hay una pequeña clase acomodada que ha prosperado y se ha enriquecido a partir de una gran variedad de negocios que dan servicio a las empresas extractoras de recursos minerales. En las grandes ciudades la pobreza tiene otra cara, pero en el campo tiene la misma de siempre.

Me encontraba cansado del viaje, pero decidí cenar fuera del hotel donde me alojaba y caminar hasta la catedral por avenidas colmadas de palmeras, mangos y árboles en flor. La noche se echó rápidamente sobre la ciudad.

A la mañana siguiente, Dias tomó la Nacional 1, que conecta el norte al sur del país, para dirigirnos a Gurué. Desde la salida del sol, las orillas de la carretera estaban transitadas por una hilera interminable de gente que se desplazaba a pie a través de un paisaje de campos de cultivo y cabañas de barro y paja. Sus sombras proyectadas sobre el asfalto eran alargadas. Los hombres tiraban de carros repletos de productos de la tierra, los jóvenes empujaban bicicletas con cargas desproporcionadas, y las mujeres, vestidas con capulanas coloridas y chancletas de plástico chinas, acarreaban cestos en la cabeza y el bebé en la espalda. El paisaje es un decorado boscoso, salpicado de montañas gigantes como islas de granito. Pequeñas nubes blancas moteaban la cúpula del cielo, que en África parece estar más bajo.

A la sombra del Cajueiro

José Luis Toledano.

La frontera entre las provincias de Nampula y Zambezia se cruza por un estrecho puente metálico sobre el río Ligonha. Zambezia es la capital natal de Dias. Es una provincia fértil de tierra roja con más de cinco millones de habitantes.

A la sombra del Cajueiro

José Luis Toledano.

La carretera es sinuosa y con buen firme. Dias se paró en un cruce de carreteras donde había barracas de comida. Docenas de niños rodearon el vehículo para vendernos sus artículos. Compramos bolsitas con pedazos de piña y mango, cucuruchos de cacahuetes tostados, huevos cocidos y varias latas de Red Bull. Dias se bebió una tras otra. Decía que le permitía estar alerta mientras conducía. El intenso olor a jarabe dulzón me mantuvo a mí también despierto. Dias tenía cuarenta años, tres mujeres y cinco hijos. Me explicó que le quedaban diez años para llegar a tener trece hijos. «Un equipo de fútbol con reservas». Pero antes, me confesó, debía encontrar una cuarta mujer.

El paisaje cambió según nos fuimos acercando a Gurué por la N-103. Las llanuras onduladas dieron paso a elevadas montañas y a paisajes frondosos. La región está situada en un vértice de un triángulo de gran producción agrícola. El clima es fresco y lluvioso. Hay pocos centros urbanos, y la población vive dispersa en los valles. El noventa por ciento trabaja en la agricultura familiar de subsistencia. Los campesinos desbrozan el bosque para levantar una casita de paja y barro y un terreno donde cultivar patatas, alubias, maíz, cebollas y tomates. La falta de vehículos y carreteras que conecten las zonas altas y aisladas con los núcleos urbanos dificulta la salida de sus productos a los mercados locales. Muchos campesinos descienden desde la machamba con la carga a sus espaldas. En la región tampoco hay industrias. Últimamente se han introducido multinacionales para el cultivo extensivo de soja.

La zona que rodea Gurué es un vasto campo de té. Anteriormente todo eran bosques. Las compañías madereras los talaron, y la población acabó esquilmándolos durante años para aprovechar la madera como combustible casero. Gurué, que en tiempos coloniales se llamó Vila Junqueiro, nació con el té en los años treinta del siglo XX. La producción estaba en manos de un puñado de empresas que destinaban toda la cosecha a la exportación. Gurué es una ciudad tranquila y ordenada, de sesenta y cinco mil habitantes. El ambiente por el día es caluroso, pero por la noche la temperatura disminuye gracias a la brisa que baja de la impresionante muralla montañosa que la protege por el este. La ciudad está a setecientos metros sobre el nivel del mar, y algunas cumbres de la cordillera superan los dos mil. El aire es limpio y fresco. Los valles están tapizados por grandes extensiones de arbustos de té que cubren el paisaje como una alfombra esmeralda.

A la sombra del Cajueiro

José Luis Toledano.

Todas las plantas tienen el mismo tamaño. La recolecta resulta ser una especie de poda en la que sólo se cortan unas pocas hojas de los tallos superiores. Alrededor de la ciudad hay densos bosques de eucaliptos, y en menor cantidad, de coníferas, acacias, jacarandas en flor, árboles de mangos y lichis. En la orilla de los ríos que bajan a saltos desde las cumbres hay esbeltos troncos de bambú, anchos como brazos, que alcanzan quince metros de altura. El resto es simplemente té.

El tráfico dentro del municipio es escaso. Hay únicamente tres semáforos, que funcionan correctamente. La Avenida de la República es amplia y tiene una mediana central coronada por un arbusto que la recorre de principio a fin. Las casas que la flanquean son de estilo colonial y se encuentran en buen estado de conservación. La mayoría tiene una baranda y una valla baja delantera que las separa del pavimento. En una de las vaguadas se halla el mercado tradicional, donde se venden productos frescos y baratijas chinas. Los edificios de la administración y del gobierno local son de corte estalinista y circundan la Plaza de la Independencia. En el centro hay un jardín en forma de estrella y una bandera de Mozambique de hormigón en el suelo.

En una pequeña colina en el extremo opuesto de la ciudad se encuentra la sede de la diócesis católica, que es la más grande y numerosa de la provincia de Zambezia. Su obispo es el religioso español Francisco Lerma. Llegamos en uno de los días más agitados del año. Todos los representantes de la diócesis —28 sacerdotes y varios misioneros— se reunían durante los siguientes ocho días para reorganizar las parroquias, elegir los nuevos destinos de los sacerdotes y llevar a cabo ejercicios espirituales.

Don Francisco me saludó afectuosamente y se disculpó por no poderme atender en ese momento, pero me invitó a compartir mesa con él durante la cena. La sede de la diócesis es una antigua propiedad de un colono portugués. El edificio principal es de arquitectura colonial, alargado y de una sola planta con el tejado de cinc. El interior tiene paredes blancas y techos altos. Las estancias son sencillas, con muebles de los años setenta y sillones deslucidos. Frente a la vivienda principal se encuentra una capilla modesta y la oficina del obispo, donde hay una antigua imprenta y un equipo de sonido. Por la parte trasera, una larga galería en forma de ele acoge las habitaciones para huéspedes. El resto de la propiedad son almacenes y jardines descuidados.

Cené con el padre Lerma en el comedor de la casa principal. Francisco Lerma es el obispo de Gurué desde hace cuatro años. «No soy un obispo misionero, sino un misionero obispo», me aclaró. Nació en 1944, en El Palmar, una pedanía de la provincia de Murcia. «Yo tenía claro desde pequeño que quería ser cura». Estudió en el seminario de Murcia, y más tarde teología en Roma, donde se licenció. Años después regresó a la capital italiana para hacer el doctorado en antropología social.

Francisco Lerma quería ser misionero en África. Cuando terminó sus estudios, sus superiores en Roma le preguntaron adónde quería ir: «Les dije: entre Ceuta y Ciudad del Cabo, allí donde quieran». En 1971 llegó a Mozambique. Primero trabajó en la misión de Maua, en la provincia de Niassa, durante la dominación portuguesa. «Viví cuatro años de guerra antes de la independencia. Fue una situación un tanto ambigua. Nos encontrábamos entre dos fuegos, los guerrilleros y el ejército portugués. No podía tender mucho ni para un lado ni para el otro». Un comandante militar portugués que pasó por la misión se lo explicó: «Ustedes no pueden ser ni muy amigos nuestros ni muy enemigos». La PIDE controlaba sus movimientos, las homilías y sus reuniones. Por la noche llegaba un coche de policía hasta las proximidades de la misión, donde interrogaba a los informadores secretos que tenían dentro y fuera. «No te podías pronunciar porque si lo hacías, en veinticuatro horas te expulsaban. Tenías que mantener una línea correcta, respetando y diciendo la verdad dentro de lo posible. Tenías que andar entre cristales», me dijo.

Francisco Lerma era un hombre menudo y delgado. Tenía el pelo corto y blanco. Vestía una camisa amplia de cuadros azules y manga corta, pantalones grises y zapatos negros. En el dedo anular de la mano izquierda llevaba un anillo de plata con una inscripción. En la muñeca derecha tenía un reloj con cadena de aluminio. Del cuello le colgaba una cruz plateada labrada. El obispo Lerma es un hombre sobrio, educado y de expresión seria. Es un intelectual bien formado, que conoce en profundidad la Iglesia africana. Es autor de varios libros y estudios sobre antropología cultural que se utilizan como manuales en las universidades de Mozambique. Habla pausadamente acompañándose del moviendo de sus manos nervudas.

Me dijo que la Iglesia le pidió ser obispo, y lo aceptó. «A mi edad, no duraré mucho. Será breve». Sin embargo, disfruta de buena salud. Me contó que utiliza remedios naturales para controlar la tensión arterial y los brotes de malaria. «Todo lo que comemos aquí es muy sano. Productos de la tierra». El menú de la cena fue sencillo: matapa, judías rojas, xima, verduras, ensalada, arroz, mangos y maracuyás.

Don Francisco vivió la guerra civil entre Frelimo y Renamo, al igual que la de independencia, entre dos fuegos, con miedo y rodeado de violencia. «Nosotros en medio del pueblo no podíamos tener simpatía por uno u otro bando. Teníamos que tener una línea de verdad y denunciar cuando había un abuso. Una línea de conducta sí, pero no una tendencia política». Y explicó: «Aquí en África no es como en Europa, que quien calla consiente. En África, quien se calla no consiente, está diciendo no. Tu silencio vale más que una crítica abierta. El concepto cultural es diferente, y muy difícil de entender fuera del contexto africano».

A la sombra del Cajueiro

José Luis Toledano.

Lerma dice que la Iglesia tomó parte desde el principio de la guerra hasta los Acuerdos de Paz de Roma. «No creo que haya otra conferencia episcopal que escribiese tantos documentos sobre la paz, la justicia, la verdad y el respeto, incluso ya en tiempos de Samora Machel, contra los campos de reeducación».

Lerma dijo que la denuncia sirve de poco en África. Esa es la diferencia, según él, entre la manera europea y africana de enfrentarse a estas situaciones. «Estamos acostumbrados en Europa a las manifestaciones, a las huelgas, pero aquí no da resultado. Aquí funcionó a través del diálogo y el contacto con las personas. Es un trabajo muy lento». Y añadió: «El Acuerdo de Paz, por tanto, no es un acuerdo político de lo que se hizo en Roma. Aquello sólo fue la parte final. Hubo un trabajo de base en el que participamos todos, católicos y no católicos. La Iglesia pilotó los acuerdos».

«A pesar de que el proceso de paz trajo a Mozambique un periodo de desarrollo, estabilidad y seguridad, falta mucho por hacer. Se ha desarrollado la macroeconomía, pero no el desarrollo social». «En las cartas de los obispos también pedimos que los megaproyectos sirvan para desarrollar el país. Los megaproyectos no son negativos, sí lo es cómo se use el dinero de esos proyectos. Hay riqueza, pero hay que invertir». Lerma lo explicó a través del ejemplo de la explotación de la madera: «Nos sentamos en la escuela o en casa en el suelo porque no hay pupitres o sillas; sin embargo, estamos viendo pasar camiones con maderas de primera calidad».

Tras la cenar, hablamos del papel de la religión, la católica, en las sociedades africanas. Lerma utiliza sus conocimientos de antropología social para establecer la relación entre ambas. Me contó que la inculturación del evangelio —según dijo, un término nuevo en el lenguaje de la Iglesia—, que es la armonización del cristianismo con la cultura de los pueblos, ha existido siempre. «Hemos tenido que hacer una síntesis entre las tradiciones y la religión católica. Es un trabajo de fe y de cultura. Donde la iglesia ha hecho síntesis, ha avanzado; donde no, ha fracasado, como en China». Lerma resumió el problema en dos palabras: desarrollo e inculturación. Le comenté lo arraigadas que están las creencias animistas y la magia en la mayoría de los pueblos africanos. «El campo de la espiritualidad tradicional es muy complicado, y sin ser iniciado es imposible entenderlo», afirmó. «La forma de hacerlo es acompañar durante el proceso a través de la cultura, de la escuela y de la formación. Hay dos cosmovisiones. Una parte del etnocentrismo, de que lo nuestro es lo mejor, y al querer imponer una cosmovisión a otra, se fracasa. Es un proceso muy largo en el tiempo y que debe hacerse desde ellos mismos».

Le pregunté si, cuando se jubilase, regresaría a España. «Para un misionero siempre hay trabajo», me respondió con una tenue sonrisa. «Dentro de cinco años me llegará la jubilación. Me quedaré en Mozambique a escribir». Hubo un silencio prolongado, el obispo Lerma suspiró y dijo: «La vida pasa rápida. Parece que fue ayer cuando estaba en el colegio en Murcia». A la mañana siguiente, al despedirnos, me entregó un tratado de antropología cultural escrito por él. «Creo que te irá bien para entender».

Dejamos Gurué antes de la salida del sol. El cielo era violáceo. Las montañas tenían un aspecto lóbrego y frío. En las afueras de la ciudad centenares de trabajadores subían en camiones y furgones con destino a los campos de cultivo. Me urgía llegar al aeropuerto de Nampula antes de las once de la mañana para tomar un vuelo a Maputo. Teníamos suficiente tiempo si no surgía un contratiempo. Sobre la ruta, el tráfico era ligero y la previsión del tiempo, óptima. Dejamos las tierras altas de verde esmeralda y penetramos en llanuras agrícolas de tierra roja. En las orillas de la carretera encontramos numerosos chamizos de techo de paja donde se vendían piñas. En esta región existen grandes extensiones de monocultivo de piña. Muchas son compradas o robadas por la población local a las grandes corporaciones para venderlas en mercados locales y en la carretera. Dias me propuso comprar alguna. Nos paramos en uno de los puestos situado en una larga recta de la carretera. Dias me pidió que permaneciera en el coche mientras él negociaba el precio. Me dijo que si veían a un mulungu —un blanco— nos costarían más caras. Descendió del coche rodeado por tres jóvenes que le mostraban el género. Mientras, un niño delgado, vestido con un pantalón añil desgarrado por la pernera, una camiseta roída sin color determinado y descalzo, me ofreció a través de la ventanilla, alzando con esfuerzo su brazo, tres piñas de gran tamaño. «Tres ananás por 50 meticais». Le dije que sólo deseaba una y le pregunté el precio. «Dez meticais, senhor», me respondió de inmediato muy serio. Le dije que no podía ser. «Si, señor. Tome su piña». «¿Cómo te llamas?», le pregunté. «Gerito», contestó. «¿Cuántos años tienes?» «Nueve». «¿Vas a la escuela?» «Sí». «¿Te gusta estudiar?» «Sí». «Tienes que mejorar en matemáticas —le dije paternalmente— porque si no, te van a engañar en los negocios. Si tres piñas cuestan 50 meticales, no puedes vender una por diez». «Sí, señor. Es un precio especial. Su amigo ya compró cien», me contestó.

A la sombra del Cajueiro

José Luis Toledano.

Descendí del vehículo y vi cómo Dias cargaba apresuradamente en el maletero de todoterreno todas las piñas del puesto. Volví a mirar a Gerito fascinado y le compré las tres piñas por los 50 meticales, pero insistió en regalarme una cuarta, que me troceó con habilidad y la metió en una bolsita para comerla en el camino. Dias había visto una oportunidad de negocio. Montó en el coche y telefoneó a su mujer. Le preguntó el precio de una piña en Pemba y echó cuentas de las ganancias.

Pensé que podía devolver el gesto a las hermanas Mercedes y Encarnación y llevarles un par de piñas de camino al aeropuerto. Avisé por teléfono antes de llegar a Nampula. Nos esperaban a la puerta de la congregación, donde nos detuvimos con el tiempo suficiente de tomar unas fotografías y desearnos feliz Navidad.

Dias se mostraba tranquilo a pesar del caos de tráfico que encontramos a la entrada de la ciudad. Bien sabía que los aviones en Mozambique no siempre salen a su hora. Todavía no podía sospechar yo que vería atardecer en Nampula.

El aeropuerto de Nampula es pequeño, vetusto y oscuro. Se encontraba atestado de pasajeros y sus familiares con maletas y bultos, taxistas ociosos y vendedores de cacahuetes. En el mostrador de la compañía, el empleado me informó de que el vuelo tendría un par de horas de retraso. Pensé que, dentro de lo malo, aún llegaría a tiempo a Maputo para la cena de despedida de unos amigos, cooperantes extranjeros que dejaban Mozambique después de varios años trabajando en una organización humanitaria. Fueron pasando las horas. El avión, que debería haber hecho la ruta Maputo-Nampula, se había desplazado a Chimoio, porque, según fui sabiendo, el líder de Renamo, Afonso Dhlakama, se había desplazado allí. Subí al segundo piso del aeródromo, donde se encontraba el bar. Hacía un calor sofocante que los ventiladores del techo no paliaban. Un televisor de plasma emitía una telenovela brasileña a la que nadie prestaba atención. Pasé dos horas tediosas dormitando sobre una mesa, sin noticias de la hora de llegada del avión. Cuando el sol descendió y el calor bajó de intensidad, me asomé al balcón que da sobre la pista. Vi a unos operarios extendiendo una alfombra roja frente a la entrada de la terminal. Aunque me resultó extraño, pensé que el recibimiento sería para Dhlakama. Pasó alguna hora más. Los operarios habían colocado junto a la alfombra unas macetas con plantas. Todo estaba montado en la pista. Se escuchó el lejano ruido del motor de un avión. A los pocos minutos aterrizó un aparato de la LAM, se dirigió a la terminal, pasó de largo dejando atrás la alfombra roja y se detuvo en la esquina opuesta. El primero en descender del avión fue, efectivamente, Afonso Dhlakama seguido de un breve séquito. Con un pequeño intervalo de tiempo, lo hizo el resto del pasaje. Cruzó la pista a pie, pasó delante de la zona engalanada hasta que lo perdí de vista al entrar en el edificio. Si aquella alfombra no era para el líder del partido de la oposición, ¿a quién esperaban? En ese instante se escuchó el ruido de otro avión acercarse al aeropuerto. Un grupo numeroso de hombres, mujeres y niños, vestidos con camisetas rojas, y con flores y globos, entraron en la pista y se fueron alineando a lo largo de la alfombra roja. Cantaban y bailaban alegremente. Un pequeño aparato privado de color blanco aterrizó. Se dirigió hacia el gentío y se detuvo con precisión a la orilla de la alfombra. Me disponía a grabar con el teléfono móvil la escena, que no dejaba de provocarme curiosidad, cuando un hombre grueso, vestido de traje y con el rostro sudoroso, me impidió grabar y me apartó al interior de la sala. Inmediatamente después dio instrucciones de que bajáramos todos al piso bajo. «¿Cómo es posible que no se pueda filmar, ni siquiera permanecer en la terraza?», observé molesto; y le pregunté quién era la persona que iba en el avión. Me contestó con indiferencia que no le estaba permitido darme esa información. «Ni cuando viaja Obama las medidas de seguridad son tan estrictas», espeté. Antes de obligarnos a abandonar la terraza pude observar cómo una decena de todoterrenos militares y civiles con los cristales tintados se instalaban en la pista mientras por las escaleras del pequeño avión descendía Armando Guebuza, el todavía presidente de la Republica de Mozambique, que acudía a Nampula para encontrarse con Afonso Dhlakama, su eterno enemigo, para una nueva ronda de negociaciones.

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