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Viaje y velocidad

Mientras que los viajes de los grandes viajeros se han asociado siempre a lentas y largas estancias, los viajes actuales se asocian a la velocidad y a las prisas. Ojalá pudiéramos salir de las dinámicas consumistas y bajar el ritmo de nuestros viajes y vidas.

13 de mayo de 2013

Vivimos en una sociedad en la que el valor de las cosas suele estar en función de su adaptación a los últimos cambios, en la que nada tiene valor si permanece estático, en la que sólo quien sabe renovarse constantemente tiene posibilidades de triunfar. El éxito se acompaña siempre de la última actualización, de la técnica más reciente, más novedosa, más sofisticada y aparente. Vivimos en un mundo donde cada vez importa más la apariencia y la forma, en lugar del fondo y el contenido de las cosas, los procesos o las vivencias; donde la velocidad constituye una de las principales dimensiones del yo, pues la existencia se mide cada vez más en términos de cambio y aceleración.

Es difícil escapar a la velocidad, apearse del ritmo frenético, la exigencia constante de estar hoy en un lugar distinto de aquel en el que estábamos ayer. Sólo los trabajos que no requieren una especialización del conocimiento (como los que tienen que ver con la limpieza, por ejemplo) escapan a esa exigencia, pero el trabajo y el conocimiento especializado necesitan de una revisión y actualización constante, lo que incrementa la dificultad para que las personas que los desarrollan encuentren el eje de lo que les constituye, de lo que son. Paul Virilio (2005), Zigmut Baumann (2007), Richard Sennett (2009) o Luc Bolstanki y Eve Chiapello (2005), entre otros muchos, han  analizado las consecuencias que esta dinámica social acelerada, expresión de un capitalismo feroz, tiene en la constitución identitaria de las personas.

Viaje y velocidad.

Elbeewa, Flickr.

Nos es necesario mostrar a los demás que cambiamos, y el ritmo de esos cambios, la velocidad que les imprimamos, el número de proyectos distintos que integren nuestra vida (en términos de trabajo, ocio, personales o profesionales), constituyen una medida de nuestro éxito y capacidad. Pero el problema fundamental no es tanto que necesitemos mostrarlos a los demás, sino que cada uno de nosotros siente que necesita cambiar para no sentirse desorientado o perdido, para saber quién es.

Esto tiene que ver con la individualidad que nos caracteriza, que se asocia a una idea de la persona centrada en el Yo; es decir, en el conocimiento de los deseos propios y en la conciencia de que los hemos sabido/podido satisfacer. En el momento en que un deseo ha sido satisfecho, la individualidad obliga a generar inmediatamente otro deseo distinto, y a buscar la manera de darle satisfacción. Así que nos es muy difícil luchar contra esa exigencia consumista interna, que pasa a caracterizar a la sociedad que entre todos construimos.

La cuestión es que este rasgo de la subjetividad y de la dinámica social modernas afectan obviamente al sentido del viaje y a su propia realización.

 

Viajar sin prisa

Hasta hace poco tiempo, los viajes a lugares distantes eran privilegio de un sector muy reducido de la población, que se distinguía claramente del resto por esta particularidad. La mayor parte de la gente no viajaba a lugares distantes, por un lado porque no disponía de los medios económicos suficientes y, por otro, porque no necesitaba cambiar al ritmo que ahora nos caracteriza. La mayor parte de la gente del mundo occidental entendía sus vacaciones precisamente por un descenso de la velocidad (mucho menor que la actual, por otro lado) de su vida laboral. Consistían simplemente en ralentizar el ritmo y en disminuir la exigencia respecto a normas o disciplinas de trabajo mientras se mantenía en su vivienda cotidiana, o bien en trasladarse a la zona rural de origen familiar (al pueblo), donde los ritmos de actividad también disminuían respecto a los de la ciudad en la que se trabajaba.

Pero a medida que el capitalismo y su correspondiente individualidad fueron avanzando, viajar a sitios diferentes puede haberse convertido en una nueva exigencia (tan difícil de distinguir de los propios deseos como casi todo lo demás), para dar satisfacción a la percepción de un@ mism@ como alguien que sabe y puede cambiar (que puede y sabe tener deseos diferentes y que puede y sabe satisfacerlos). Con ello, nos ajustamos a la demanda de consumo de nuestra sociedad y a las dinámicas de la globalización; pero también nos definimos internamente ante nosotros mismos y ante los demás. De esta manera, cada vez hay más gente que viaja y además, con más frecuencia. Y esto tiene consecuencias tanto para el viajero como para las poblaciones que visita.

Viajar despacio.

Marissa Strniste, Flickr.

Los grandes viajeros (tanto de épocas pasadas como de la actualidad) han sido personas sin prisa. Sin fechas de regreso, sin guías especializadas, y, en general, sin compañía. Han sido personas (mayoritariamente hombres, por las razones que ya se analizaron en una entrada del blog de la LDH), que al viajar buscaban/buscan una inmersión en la cultura de destino, participar de sus dinámicas, entender sus lógicas, escapar de la cultura de origen para permitir el encuentro con una sociedad distinta, manteniendo la mente abierta a la sorpresa y al reconocimiento del Otro.

En general, sin embargo, es muy distinta la idea del viaje para la mayor parte de las personas del mundo occidental actual. La misma velocidad que caracteriza la vida laboral y cotidiana suele trasladarse al viaje, para empezar porque no se dispone más que de fechas muy limitadas para realizarlo. Así que no basta con el mero deseo de viajar, sino que es necesario planearlo, definirlo en todos sus detalles desde antes de la partida. Debemos saber qué queremos ver o visitar (verbo que no deja de tener que ver con la vista); es decir, necesitamos definir nuestros deseos y satisfacerlos de la manera mejor organizada para poder cumplirlos todos.

Sin embargo, esto implica que estamos definiendo los deseos desde nuestra propia cultura; es decir, que la trayectoria, dinámica y resultados del viaje no están sujetos al resultado de la interacción con los Otros a los que visitamos, sino con dinámicas y exigencias definidas desde la cultura de la que arrancamos. Y esto hace que la experiencia del viaje sea completamente distinta.

Viaje y velocidad desde el tren.

SantiMB, Flickr.

Walter Ong (1996: 74), experto en las diferencias entre oralidad y escritura, apuntaba que, en la oralidad, el conocimiento se transmite a través del oído, que une a la gente entre sí; mientras que, en la escritura, el conocimiento se adquiere a través de la vista, que la separa. Porque la vista se dirige personalmente, con ella se selecciona aquello que vemos, se dirige desde uno mismo, mientras que el oído conecta con lo que hay alrededor, sin posibilidad de seleccionar lo que se recibe.

La escritura y, por tanto, el conocimiento recibido a través de la vista, se asocia a la individualidad; mientras que la oralidad se asocia a las sociedades de menor complejidad socio-económica, o a la gente menos individualizada dentro de una sociedad especializada. Pues bien, en general, los viajes actuales se asocian a la velocidad y a la vista, como veíamos antes, mientras que los viajes de los grandes viajeros se asocian a la lentitud (o incluso a largas temporadas de permanencia) y al oído, a la charla, a la comunicación. Esto hace que los viajes veloces, que la mayor parte de nosotros hacemos, nos impidan interrelacionarnos con el Otro, al que no buscamos, de hecho. Buscamos visitar los monumentos que sus antepasados construyeron o ver los paisajes en los que viven, situándonos internamente fuera de aquello que contemplamos, como espectadores de una realidad ajena, incapaces de salir de nuestra propia dinámica interior, que establece límites entre Yo y los Otros, que no tiene tiempo que perder ni se permite parar, dejar que el tiempo pase sin darle productividad.

Esta dinámica actual de los viajes convierte esta experiencia en algo muy distinto de aquello que significaban en el pasado. Si el viaje está centrado en nuestra propia cultura (para visitar ciudades europeas, por ejemplo), entonces la velocidad que le imprimamos no tiene mayor trascendencia, porque las dinámicas del lugar de destino son semejantes a las propias. Pero si en el destino habita una cultura distinta, la velocidad que se asocia a nuestro viaje sí puede tener trascendencia. Por un lado, porque nos impedirá conectarnos con los Otros, con su cultura, con su manera de entender su propia vida, con sus ritmos y costumbres, y, por otro, porque podemos provocar en ellos una sensación disruptiva, invasiva, acelerada y no deseada, que suele resultar en relaciones donde cada parte intenta extraer la máxima productividad a la otra parte, provocando una sensación de desconfianza y prevención mutuas. Y esto es exactamente lo contrario de lo que significan los viajes de los grandes viajeros, lo que significa el viaje en un sentido profundo, íntimo, pura experiencia de transformación interior.

Vistas desde un avión. Viaje y velocidad.

Meibeloide, Flickr.

Todo ha cambiado con la velocidad. Antes, el propio desplazamiento al lugar de destino exigía tiempo, con lo que la mente y la disposición interior se iban adaptando poco a poco al cambio, a la salida del propio orden social e interior. El trayecto era parte del viaje, de hecho, una parte tan esencial que en muchas ocasiones constituía el viaje en sí. Ahora, con la velocidad, el espacio ya no significa tiempo. El avión nos deja en el destino en unas cuantas horas, así que aterrizamos con nuestro orden interior intacto, con nuestra exigencia consumista intocada, con nuestra relación visual e individualizada con el mundo incólume. Vamos, vemos y volvemos, en la mayor parte de los casos, en lugar de viajar, vivir con el otro y regresar transformado, como sucedía antes y sigue sucediendo en el caso de los grandes viajeros.

La velocidad transforma la experiencia del viaje. Aunque la mayor parte de la gente que viaja hoy en día suele hacerlo con sensibilidad y respeto hacia aquellas poblaciones a las que visita, la velocidad nos convierte irremediablemente en meros espectadores de los Otros, prisioneros de nuestro orden cultural de origen (consumistas, individualizados, racionalizadores). Viajar sin velocidad, sin embargo, significa entrar en el orden cultural del Otro, dejarse afectar por sus ritmos, sus dinámicas, participarlas, experimentarlas, establecer un diálogo personal y cultural que, obviamente, transforma al viajero.

Ojalá pudiéramos ralentizar un poco más nuestros viajes, porque esto significaría una correlativa ralentización de nuestras vidas y una apertura hacia la sorpresa y la diferencia, que tantos beneficios traerían al orden mundial actual.

 

Bibliografía

  • Baumann, Zigmut (2007), Vida de consumo. Buenos Aires, Fondo de Cultura Económica.
  • Bolstanki, Luc y Eve Chiapello (2005), The new spirit of capitalism, New York, Verso.
  • Ong, Walter (1996)[1982], Oralidad y escritura. Tecnologías de la palabra, México, Fondo de Cultura Económica.
  • Sennett, Richard (2009 [1998]), La corrosión del carácter. Las consecuencias personales del trabajo en el nuevo capitalismo, Madrid, Anagrama, 10ª ed.
  • Virilio, Paul (2005), The Paul Virilio Reader, editado por Steve Redhead, New York, Columbia University Press.

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