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Viajes y ventaneras

Las ventaneras son esas mujeres de nuestras vidas que nos enseñaron y que nos siguen enseñando a viajar más lejos. De ellas se aprende el arte de mirar por la ventana, la sutil destreza de superar largas distancias hasta latitudes ilocalizables, a orientar las brújulas hacia lo infinito.

19 de noviembre de 2019

“¿Cómo no iba a llegar mi madre a Nueva York

en alguna de aquellas excursiones de joven ventanera,

alimentada de novelas exóticas?”

Esto se pregunta Carmen Martín Gaite en su relato De su ventana a la mía, incluido en el libro Madres e hijas de Laura Freixas, y añade: “Estaba mucho más allá, en ese más allá ilocalizable adonde precisamente ponen proa los ojos de todas las mujeres del mundo cuando miran por una ventana y la convierten en punto de embarque, en andén, en alfombra mágica desde donde se hacen invisibles para fugarse.”

No puedo pensar en un viaje sin algún tipo de ventana, y en muchas de ellas, hay una mujer que mira, que presta atención a lo que pasa detrás del vidrio o del aire. Las mujeres no son las únicas, pero sí, las más constantes y más entregadas viajeras de la historia. En el momento en que existió una apertura, un orificio, un canal de salida a la vida, al precipicio de la existencia, a la pendiente del cuerpo, al laberinto de la mente, allí hubo una mujer para estirar alas, sacudir aletas, recorrer caminos. En las ventanas hubo siempre una mujer para soñarse libre, burlando a las caballerías y a las sombras que querían silenciarlas.

Por muchas puertas que la historia les haya cerrado, por muchas paredes levantadas en su contra, las mujeres encontraron la forma de abrir ventanas por las que mirar y salir. Ellas, las ventaneras de nuestras vidas, y otras con las que nos fuimos cruzando, nos enseñaron a mirar y a viajar más lejos, a burlar los límites, a orientar las brújulas hacia lo ínfimo y lo infinito.

El viaje y sus culturas

El viaje y sus culturas

Las ventanas tienen brazos que enmarcan la travesía, son un espacio que proyecta imágenes, también claridades, que han consolado al ser humano en condiciones muy adversas. De forma instintiva, giramos, como plantas y planetas, hacia los cuadros de luz. Amélie Nothemb apunta en Estupor y temblores que mientras “existieran ventanas, el más débil de los humanos tendría su parte de libertad”.

Al escribir esta frase pienso en un relato de Juan Antonio Vallejo-Nájera en las páginas de Concierto para instrumentos desafinados. En el capítulo de El beso de Judas, cuenta la historia de Manuel, un joven paralítico postrado en una cama de un hospital para enfermos mentales. En su caso, era un cuerpo vencido por una enfermedad que no había tocado su mente. Vallejo-Nájera dice que Manuel nunca se quejó de nada, ni siquiera de aquel centro médico en pésimas condiciones por falta de recursos, hasta el punto de que en su primera visita:

“acompañaba a un enfermero nuevo, recién destinado al departamento, más inteligente y humano que sus predecesores. Inmediatamente se percató de que Manuel, en su forzada postura, sólo podía contemplar la desnuda pared de enfrente con la ventana, y encuadrado por ella, un rectángulo de cielo. Propuso acercar la cama al ventanal y colocando un espejo inclinado permitir a Manuel que pudiese ver lo que ocurría en el patio, y tener así una distracción. Interrumpió Manuel: Por favor, no se moleste, no hace falta. ”.

El viaje y sus culturas

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Aquella esquina de la ventana y aquel pájaro puntual le bastaban a un hombre para afrontar, día tras día, su duro viaje. Viktor Frankl, neurólogo, psiquiatra y filósofo austríaco, que sobrevivió a varios campos de concentración nazis, afirma que: “Las ruinas son a menudo las que abren las ventanas para ver el cielo”. Por las ventanas, uno siempre puede emprender viajes que logren salvarnos la vida.

Por eso, a las ventaneras del mundo les debemos tanto, nos siguen enseñando una forma de renovar la existencia, de soplar las heridas para que no escuezan, de recorrer el planeta. Asomada a una ventana, nada impide que el alma haga las maletas y regrese de su travesía cuando quiera. Uno no debe olvidar que las telarañas que tejen la rutina, lo malo conocido, e incluso, las propias manos, son siempre muy resistentes y casi perfectas. En algún sitio leí que “a veces, hasta que no abres la ventana no te das cuenta de hasta qué punto te estabas asfixiando”.

Existe el privilegio de entrar en una habitación, de levantar la mirada en una calle, y observar a una mujer absorta en un mundo completamente real que solo existe para ella, entregada a los movimientos del tráfico y los transeúntes, o al ruido de los cargueros que atracan junto a trasatlánticos en un día de tormenta. Una mujer absorbida, quien sabe si por las dunas de un desierto o por los árboles de un bosque que ella cruza para encontrarse con alguien. No importa la ventana, importa la persona que mira, la luz que recibe, porque como decía Frederik Van Eeden, “el sol acepta pasar por pequeñas ventanas”.

El viaje y sus culturas

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El viaje y sus culturas

El viaje y sus culturas

En todos mis viajes he visto muchas mujeres en muchas ventanas, y todas ellas, en algún momento del día, las abandonan, y todas ellas, en algún momento del día o de la noche, regresan. A menudo, en medio de la oscuridad que sigue a la caída del sol, llegué a sentir lo que Pablo Neruda: “¿Sabes que en las calles no hay nadie y adentro de las casas tampoco? Sólo hay ojos en las ventanas”.

Ellas, incansables viajeras en rincones remotos, lejanísimos, van trazando líneas en sus mapas etéreos, anchos como sábanas, coordenadas con las que encontrar secretos extraviados, nidos perdidos. Parajes a los que se aventuran para reconstruir sus derrumbes o para levantar decorados en espacios exteriores después de tantos interiores vacíos. Tal vez, como escribe Gabriel García Márquez, alguna de aquellas, de estas mujeres: “Levantó la vista para ver quien pasaba por la ventana, y esa mirada casual fue el origen de un cataclismo de amor que medio siglo después no había terminado”.

De ellas se aprende el arte de mirar por la ventana, la sutil destreza de superar largas distancias hasta latitudes ilocalizables. Con ellas se aprende a orientar la brújula hacia lo ínfimo y lo infinito. Carmen Martín Gaite no lo duda, yo tampoco: “Nadie puede enjaular los ojos de una mujer que se acerca a una ventana, ni prohibirles que surquen el mundo hasta confines ignotos”. Y así, si entendemos esto, cuando un ser atento vea a una mujer ventanera y pregunte qué hace esa persona allí, quieta, en la ventana, alguien le dé la respuesta correcta: Viajar.

El viaje y sus culturas

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mujeres viajeras, ventana

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