Azímut

17 de noviembre de 2018
“Nunca se encontrará invento más bello, más sencillo o más económico que los de la ...
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Imagen de la India

JULIAN MARIAS

Editorial: LA LINEA DEL HORIZONTE EDICIONES
Lugar: ESPAÑA
Año: 0
Páginas: 112
Idioma: CASTELLANO
Encuadernación: Tapa blanda

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Finales de los cincuenta. ¿Quién sabía algo de India? Los hippies españoles, que veinte años después aparecieron por ahí, aún no habían nacido, pero era el país con el que había soñado Julián Marías desde niño y la ocasión le llevó hasta ese fascinante país gracias a un congreso de Filosofía. Marías abre los ojos de par en par. Todo le interesa, todo le conmueve y en ese primer acercamiento ya da cuenta de manera sencilla, como un viajero más, de los grandes temas que conforman una sociedad tan compleja y distinta. Un texto que no ha perdido la frescura con la que fue escrito y que podría pertenecer a un viajero sensible de hoy día.
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Victoria con primeros espadas

Multitud de hoteles elevados en los dominios del imperio anglosajón durante la época victoriana se llaman Victoria. Poco más tarde nacieron los distintos hoteles Victoria de la geografía española, como tributo a la reina consorte de España durante los días de Alfonso XIII.

8 de noviembre de 2018

“¿Dónde vas tan aprisa?” “¿Dónde voy a ir? ¡A contarlo!”, respondió Luis Miguel Dominguín al “animal más bello de Hollywood”, mientras se incorporaba de la cama y vestía a la carrera. Tan lacónica conversación tuvo lugar en una suite del Hotel Victoria, la noche que el matador lograba acostarse, por fin, con Ava Gadner. Y no es que fuera el primer diestro en hacerlo. El lance, eso sí, tenía lugar allí donde la fiesta continuaba tras una faena y el término “corrida” resultaba más polisémico. Nada pasaba inadvertido en el hotel de los toreros. Pero, por si acaso, al padre del cantante Miguel Bosé le urgía y mucho pavonearse, llenar de testosterona y chascarrillos el concepto de secreto a voces. Hablamos del gran semental del ruedo franquista, al asalto del palacio borbónico que más a mano tenía en el Madrid castizo. Los aledaños de la Plaza Santa Ana abundaban en tabernas taurinas. En el Victoria, empero, se vestían de luces los toreros con más tronío, entrando en capilla con dirección a la plaza de las Ventas. Manolete, sin ir más lejos, lo hacía siempre en la habitación 220, donde despachaba además sus asuntos en Madrid, incluida su relación furtiva con la Lupe. Antes o después de la lidia, en definitiva, tenía que triunfar el torero en el hotel Victoria, incluido Luis Miguel Dominguín, que se autoproclamó número uno en cualquier plaza.

Presumía el diestro Dominguín de haberse casado por la iglesia con Lucía Bosé, para poder asistir a las cacerías del Generalísimo. Y eso con independencia de sus amoríos, que incluyeron, además, a Lauren Bacall, Deborah Kerr, Rita Hayworth, María Felix, Miroslava Stern y Romy Schneider. Con Dominguín se rompían los tópicos. El torero ya no escogía pareja entre las tonadilleras y cupletistas, pudiendo conquistar Hollywood…

También Dominguín se ufanaba de no haber abierto jamás un libro, lo que sin embargo le granjeó la admiración de intelectuales como Jean Cocteau, Orson Welles, Jorge Semprún y Ernest Hemingway. Y es que había nacido carne de romance y novela, tal como quedó patente en las páginas que le dedicó el Nobel norteamericano, por lo demás otro asiduo del hotel Victoria, una vez acabó con la bodega del hotel Gran Vía durante la Guerra Civil. El Palace, el hotel Biarritz, el Gran Vía, el Suecia y el Victoria. En Madrid Hemingway siempre durmió en hoteles. Y si en algún patronímico de hotel “reincidió” fue precisamente el Victoria, alojándose en los que también se bautizaron como tal en Valencia y Murcia.

Hoteles con historia en MadridLo mismo que Victoria se llaman multitud de hoteles elevados en los dominios del imperio anglosajón, durante la época victoriana, los distintos hoteles Victoria de nuestra geografía nacieron poco más tarde, como tributo a la reina consorte de España durante los días de Alfonso XIII. Por tanto, el cuartel general de los toreros se dio a conocer como Gran Hotel Reina Victoria, cuando en 1923 concluyeron los cuatro años de obras en el Edificio Simeón que lo alberga. Un edificio proyectado por el arquitecto Jesús Carrasco-Muñoz y Encina, pensado para combinar la explotación hostelera y la de los grandes almacenes que la Sociedad Castañer auspiciaba. Siete décadas convivieron los Almacenes Simeón y el Hotel Victoria, compartiendo un alzado de elegante gusto ecléctico, blanquísima fachada y miradores acristalados, hasta que en 1989 los almacenes cerraron y sus escaparates se convirtieron en nuevos ventanales regios para el hotel. No podía ser menos, teniendo en cuenta que en su solar habían tenido palacio los condes de Montijo y Teba, desde 1811 y hasta que el inmueble pasó a ser casino militar. Con la república el hotel perdió el apelativo “reina”, para quedarse simplemente en hotel Victoria, lo que lejos de destierros, incorporó con más llaneza el establecimiento a la geografía cañí que lo abraza.

Antonio Palacios fue el arquitecto de los grandes almacenes madrileños, bajo hechura ciertamente palaciega. Silvestre Pérez había concebido los planos para la residencia de los Montijo, cien años antes. Así que Jesús Carrasco trató de no bajar el listón en su tarea, lo que le movió a firmar un pináculo coronando el inmueble, dispuesto en torno a un patio octogonal cubierto. Y, en cuanto a los materiales, se sirvió del hierro y el hormigón armado, para un edificio achaflanado, que debía cortar los vientos y la respiración. No en vano, tiene ventanales  a dos importantes plazas madrileñas, la del Ángel y la de Santa Ana. Dos sin contar la Plaza Monumental de las Ventas que los toreros no perdían de vista cuando se hospedaban allí. Un treinta por ciento de la clientela que el Victoria atesoró el pasado siglo tuvo directa o indirectamente que ver con los toros: apoderados, ganaderos y cuadrillas, aparte de los primeros espadas y figuras de la muleta.

Antes de contraer nupcias eclesiástica, por deseo expreso de doña Carmen Polo de Franco, Luis Miguel Dominguín y Lucía Bosé se habían casado por lo civil en Las Vegas. Pero cada vez que venía de allí al hotel don Gatopardo, todo un tahúr con señorío, pedía no la alcoba frecuentada por Luis Miguel, sino aquella donde Manolete se cambiaba para ir a torear. Llámalo auspicio en el hacer de todo un burlador. Lo cuenta Raúl del Pozo en su libro Noche de tahúres. El Gatopardo regresaba a cada tanto por la capital para montar timbas clandestinas, buscando después el anonimato en un hotel que, en 1989, con la gestión de la cadena Tryp, había recuperado su primer nombre monárquico y el olor a carterista del barrio. No podía ser de otro modo, considerando el vecino callejón del Gato, frente a cuyos espejos Valle Inclán patentó el esperpento como género literario. Y la cervecería Alemana de enfrente, donde paraba a beber Pablo Carbonell, cantante de los Toreros Muertos, mucho después de enterrado Manolete y otros clientes del gremio como el Viti y Joselito. De aquella clientela ya solo queda en pie el incombustible Antoñete, al que por cierto también se le achaca parte de su romance con Charo López entre las paredes donde siempre se vence. No pueden sino prometérselas siempre felices quienes eligen levantarse en el hotel Victoria, para empezar bien el día, incluido el depresivo Pablo Milanés, compositor de la trova cubana que allí se quedó, dando cierto cante, hasta comprar casa en Madrid.

El antiguo gestor de la cadena Tryp, Rufino Calero, recuerda que el hotel Victoria cerró hace años por trabajos de reacondicionamiento, a lo que hizo oídos sordos el diestro andaluz Ruiz Miguel. El matador toreaba en el cartel de San Isidro y quería, a cualquier precio, una habitación para vestirse. Es más, cuando se le dijo que no había ninguna disponible, pidió además que fuera aquella en la que siempre se había vestido y desvestido. Ruiz Miguel era un torero cuyo nombre de guerra evocaba inevitablemente a Dominguín, pero de costumbres fijas como Manolete. Hoy la gestión del Victoria ha pasado a Meliá, se hace llamar ME Madrid y Keith Hobbs, encargado de su rediseño, solo ha dejado testas de toro en el cafetería, en memoria de lo que fue. A Rafael de Paula, otro de sus ilustres huéspedes, el mejor capote de la historia, no se le ha perdido ya nada allí.

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