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Visto en París: Hiroshige, Van Gogh y el arte del viaje

Dos exposiciones en la Pinacoteca de Paris confrontan, hasta el 17 de marzo, la obra de Hiroshigue y de Van Gogh. Más de cuarenta obras, principalmente paisajísticas, que demuestran la  influencia del japonismo en los artistas impresionistas.

7 de noviembre de 2012

Cuando algunos ya tañían fúnebres –y apresuradas– campanadas declarando que París estaba de retirada en el mundo de las artes, este otoño Lutecia nos demuestra todo lo contrario, que sigue bien viva y con muy buena salud. El viajero, por definición escaso de tiempo, tendrá que escoger y se enfrentará al embarras du choix para decidir qué exposiciones ver. Las grandes no cumple que las alabemos, pues ya tienen suficiente publicidad (Pompidou, Grand Palais, Orsay), pero hay muchas, más pequeñas y abarcables, que nos harán soñar.

Escogemos la Pinacoteca de París (detrás de la Madeleine) que, felizmente distribuida ya en dos edificios, lo que le da amplitud, acoge dos exposiciones complementarias: Hiroshige, el arte del viaje, y Van Gogh, sueños de Japón.

Pont basculant à Nieuw-Amsterdam, Van Gogh.

Pinacothèque de Paris.

El japonismo tiene una antigua tradición en París. Monet coleccionaba estampas en su casa de Giverny que inspiraron muchas de sus pinturas (el puente japonés sobre su estanque es quizá la más evidente); Claudel compuso haikus –Cien frases para abanicos–; los museos Cernuschi y Guimet albergan importantes colecciones que datan de finales del siglo XIX y principios del XX. El Extremo Oriente, y Japón en particular, forman parte del imaginario artístico y cultural francés desde hace siglo y medio; por no hablar de Loti, Pierre Benoit, Leiris y tantos escritores y poetas que se inspiraron en su arte.

De la mano de la colonización de Indochina, de Annam, la inspiración vendrá como una influencia positiva, el imperialismo, como cincuenta años antes había llegado el orientalismo. Las primeras estampas japonesas llegaron a Francia gracias al marchante alemán Siegfried (Samuel) Bing, importador de arte japonés desde 1880. Éste abrirá con su comercio una ventana de aire fresco en las artes y la poesía francesas, y europeas a la postre.

Un prêtre demandant son chemin à des autochtones, Hiroshige.

Pinacothèque de Paris.

Probablemente, el arte japonés fue una especie de sacudida, aunque efímera y pronto superada por otras influencias como el arte africano, en el abigarrado y burgués mundo artístico cultural francés de fin de siglo, como bien lo expresa Verlaine en un Epigrama:

…Exquis et hideux, l’art japonais effraie

Mes yeux de Français dès l’enfance acquis au

Beau jeu de la Ligne en l’air clair qui l’égaie…

(Exquisito y horrible, el arte japonés espanta

Mis ojos de francés desde la infancia acostumbrado al

Bello juego de la Línea clara que le alegra…)

La Pinacoteca nos presenta a Utagawa Hiroshige, nacido en Edo –la antigua Tokyo– en 1797 y fallecido de cólera en 1858, es menos conocido que Hokusai. Podría ser calificado, a la ligera, como un ilustrador.

Route de campagne en Provence, la nuit, Van Gogh.

Pinacothèque de Paris.

En efecto, las editoriales de libros infantiles, de poesía y de guías de viajes, le encargaban estampas de las que él presentaba un esbozo que, aprobado, pasaba a ser ejecutado en detalle por otros dibujantes, siempre bajo la supervisión de Hiroshige. Así se explica que sólo en estampas, además de las incluidas en libros, nos haya dejado más de diez mil; muchas de ellas eran producidas casi en serie, con pequeñas modificaciones. Pero su capacidad de artista, de saber mirar, se manifiesta en la profundidad y significado de sus dibujos.

La ilustración de las dos rutas de viaje de Kyoto a Edo, Tokaido, por la costa, con 53 etapas, y Kisokaido, la del interior, con 69, constituyen el grueso de la exposición. Hiroshige dibuja escenas del viaje, de la vida cotidiana de artesanos y campesinos, la hospitalidad, y hasta, en un juego de humor, las mismas tiendas de souvenirs donde se vendían baratijas, entre ellas, sus estampas, precursoras de las tarjetas postales.

El título de la exposición, El arte del viaje, está, pues, plenamente justificado. El viaje en sus dos dimensiones, como trayecto físico, con vistas deslumbrantes; entre ellas, a menudo, el mítico monte Fuji, y el viaje interior. Las estaciones, la luz y el paso de los días –el tiempo, la cuarta dimensión– quedan reflejados en las series de estampas de Hiroshige. La cumbre magnífica del Fuji, el Fujiyama, blanca, inaccesible sobre los perfiles azules del horizonte, serán recurrentes en Hiroshige que, con línea clara, con tintas y acuarelas sutiles, dibuja auténticos haikus. El minimalismo, pura elegancia, del arte japonés se muestra en ese gusto por el vacío, por los cielos inmensos cuya etérea infinitud queda destacada por una rama en primer plano, unos pájaros o la lejana silueta de un caballero.

Mont Fuji au matin à Hara, Hiroshige.

Pinacothèque de Paris.

La otra parte de la exposición, Rêves de Japon, es una inteligente demostración de la influencia de Hiroshige y el arte japonés –más allá de lo anecdótico de un cerezo en flor o una pieza de cerámica– en la mirada final de los últimos años de Vincent Van Gogh. El holandés se deja penetrar por esa atmósfera, por la disposición de las escenas en la tela, de la perspectiva, hasta el punto de presentarnos una Provenza idealizada donde la transparencia del aire, los tonos sutiles de los montes lejanos, que ofrecen un ambiente muy diferente al de Bretaña o Normandía. El interés que suscita en Van Gogh el arte japonés, relativamente poco conocido comparado con el orientalismo más conspicuo, revela su gran capacidad visionaria. El gran Vincent será, en Francia, uno de los primeros pintores que beberán en esta fuente, tan pronto ocultada por el africanismo y las máscaras que en breve fascinarán a la siguiente generación de pintores.

 

exposiciones, hiroshige, van gogh

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