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Volando a la Bienal de Arquitectura 2014 de Venecia

Venecia es la ciudad más hermosa del mundo. La obra más bella y absurda que se haya construido. Sorprende que no haya ninguna religión que entre sus mandatos incluya viajar a esta extravagante locura que es la Serenísima República.

7 de julio de 2014

Así era Venecia, la bella insinuante y sospechosa; ciudad encantada de un lado, y trampa para los extranjeros de otro, en cuyo aire pestilente brilló un día, como pompa y molicie, el arte, y que a los músicos prestaba sones que adormecían y enervaban.”

Thomas Mann.

Las malas noticias se acumulaban. La niña de la fila de atrás se llamaba Dafne, y el comandante anunciaba que en Venecia a las diez de la mañana ya estaban a treinta grados… Era una línea de bajo coste, aunque digna y sobria. No como otras low cost o de bandera. Entre los pasajeros había varios miembros de un club deportivo. Sí, en chándal. También dos tipos con aspecto de ser arquitectos: lo sé porque miraban a su alrededor con una mezcla de disgusto, desprecio y temor. Y porque vestían de negro riguroso. ¿Tendré que mencionar a esa familia al completo que había decidido viajar –todos juntos y unidos, sí– a la Bienal de  Arquitectura 2014? ¡Qué tiempos aquellos en los que las familias iban a Mallorca a un hotel con piscina y a su regreso llenaban los portaequipajes de ensaimadas!

Claro, claro, es la ciudad más hermosa del mundo. La obra más bella, imposible y, tal vez, absurda que se haya construido. La única imprescindible de ver. Me sorprende que no haya ninguna religión que entre sus mandatos incluya su visita al menos una vez en la vida, justo para poderse considerar un buen ser humano. El islam lo hace con la Meca…, pero no es lo mismo. Me pregunto si entonces vendrían aún más visitantes de los que ahora invaden este lugar. En caso afirmativo, tal vez los ateos se lo pensarían dos veces antes de iniciar la peregrinación…, aunque lo dudo.

Bien, a lo que iba, que me he descentrado mirando por la ventanilla. Sobrevolamos Venecia. Se ve la laguna adriática en la que se asienta. Absurdo lugar para levantar una ciudad. No hay motivos que lo justifiquen. Las explicaciones habituales de su origen hablan de la huida de un pueblo en peligro, de la facilidad de defensa que ofrecía la laguna… Resultan pobres y poco creíbles. Fue una locura, una extravagancia compartida. No tiene explicación lógica. Tal vez por eso salió como salió.

Mientras el paisaje se va definiendo de forma dulce y agradable a través de la ventanilla, el pasaje continúa siendo amenazador. No lo digo por Dafne, que ha estado tranquila y no ha dicho ni pío. Me refiero a la pareja de la fila de atrás. Él lleva pantalón pirata y una camiseta sin mangas con todo el aspecto de haber sido recortada por él mismo (y ahora que hablo de “recortadas” se me ocurre cada cosa…). Ella lleva una camisa con manchas que parecen de jirafa y un short corto vaquero. Entre lo ajustado de la jirafa y lo que aprieta el pantalón puede ocurrir un accidente en cualquier momento. Y chancletas, ambos llevan chancletas. Sin duda estaban prevenidos de la catástrofe climática que se avecinaba y de la que nos había informado el capitán. Yo, con zapatos y calcetines negros, moriré pronto. No llegaré a ver cómo mis compañeros de vuelo entrarán mañana a la basílica de San Marcos con esas ropas pecaminosas que ofenderán a Dios, al sentido estético y al común. Y eso que tienen grandes competidores. En los frescos y pinturas de la basílica hay numerosos y grandes pecadores. Unos querían matar a su hijo por obediencia debida, otros mandaban a la guerra a sus generales para quedarse con sus mujeres, otros huían de la ciudad para salvar a su hijo sin ocuparse de los de los amigos y vecinos, otras emborrachaban a su padre para violarle… En fin, el del pantalón pirata casi resulta bondadoso a su lado. Eso sí, ninguno de esos desalmados vestía un short de esos.

Durante cientos de años lo más granado de los artistas se empeñó en hacer las cosas –la ciudad– con delicadeza, mimo, inteligencia, armonía, belleza y originalidad. Diseñaron una ciudad imposible, la más bella y extraña que se pueda imaginar. Un lugar por el que la especie humana, si hubiera un juicio universal, se salvaría de la destrucción. Hasta los políticos, entre  crimen y crimen, encontraron la manera de hacer de Venecia una Serenissima Repubblica.

Bienal de Arquitectura 2010, Venecia.

Bruno Cordioli, Flickr.

Suelo ser partidario de poner requisitos para permitirnos viajar al extranjero, especialmente a Venecia. Sí, mal está decirlo, pero pienso en una especie de policía cultural (de paisano o con uniforme de diseño) que obligara a los turistas a hacer un test y exigiera unos resultados muy concretos. Uno que preguntara: “A ver, usted, ¿por qué quiere venir a Venecia?” Y según cómo fuera de convincente la respuesta, le extendiera un permiso o no. A los rechazados se les podría devolver su dinero o bien cambiarlo por otro destino más acorde con la estética del short y la chancleta, pongamos Marina d’Or, diseñada ya en su origen para la presencia masiva de visitantes. Carlos Fuentes decía que toda Venecia era un fantasma “y no expide visas de entrada a favor de otros fantasmas. Nadie los reconocería por tales aquí  y dejarían de serlo”. ¡Qué fantasma se expondría a tanto!

Pero tengo muchas dudas acerca de la pregunta del test. Se me ocurre, a bote pronto, algo como: “¿Por qué necesita usted ver la obra de Palladio?” Pero, claro, ustedes dirán: ¡Vaya pregunta, qué tipo arrogante, sobrado, pijo y elitista! Y no, no es eso. O al menos no del todo. Sólo responderían adecuadamente cuatro listillos y dos críticos. Bien, concedido. Descartamos esa pregunta; pero entonces, ¿cuál? ¿Tal vez una declaración de amor a esta ciudad? No es mala idea para hacerla al oído de algún amante, pero al de un policía cultural…, hummm… Da grima.

Me lleno de dudas. ¿Y si alguno de los de las chancletas, por un azar, por un casual, recibe una especie de rayo divino y al ver Venecia se trastorna a lo Stendhal y de repente valora y respeta y contempla la ciudad comme il faut? No se puede descartar. A veces ha ocurrido. Luego, el método que pensaba no es apropiado. Al final me quedo con el más democrático. Que entremos todos por sorteo. A quien le toque. Eso sí, pocas plazas. Y nada de cruceros.

A algunas personas que se definirían a sí mismas como intelectuales se les puede oír decir, entre otras cosas del mismo calibre, que dejarán de visitar o no visitarán Venecia porque ya no es una experiencia auténtica. Como si eso fuera fácil de definir, como si uno pudiera tener la capacidad de decidir qué es lo auténtico. Pero concedamos que, por difícil que sea, ha de haber alguna manera de diferenciar una buena visita de una que no lo sea. Tal vez lo auténtico sea aquello que no se puede hacer en serie y puede obtenerse simplemente pagando dinero, mucho o poco. Obviamente, comprar una góndola con luces de colores para poner encima de la televisión no es nada auténtico. Además, ya ni siquiera es posible físicamente. Ahora las teles son planas. ¿Y un paseo en una de ellas? Las góndolas se utilizaban para transportar personas o mercancías; se usaban para ritos, fiestas, para seducir o hacerse envidiar; se enmarcaban en la lógica de la vida de la ciudad. Ahora se paga por hacer un recorrido estereotipado con unos gondoleros que cantan canciones napolitanas en el mejor de los casos, o a Sinatra, o, en la opción más penosa, del Top 40. En la actualidad no se usan más que por o para sí mismas. Se va en góndola para poder decir que se ha ido en ella, para lucir o mostrar: es una marca. Eso  convierte el paseo en fingido y kitsch. Y lo mismo sucede con la visita que se hará a la Basílica de San Marcos o a la Galería de la Academia.

¿Y los que van a la Bienal de Arquitectura tienen una experiencia auténtica? Muchos, no. Es puro esnobismo elitista. Dedicarán segundos a observar maquetas, ideas y planos que lleva mucho tiempo comprender. No desarrollarán ningún compromiso. Otros, sin embargo, lo tomarán como material de estudio, reflexión y conocimiento que podrán trasladar a sus lugares de origen… si sobreviven vestidos de negro a más de treinta grados.

Se trata de  visitar una ciudad creada para otra época, con otros fines, con otra población, con otros problemas… No para llenarse masivamente de turismo, de gente que a veces tan sólo necesita unas pocas horas para visitarla. Hemos de aceptar una presión ya inevitable sin que se pierda la posibilidad de tener una experiencia intelectual, estética y espiritual. Difícil.

Aterrizando ya… Asusta estar a la altura de esta ciudad.

¿Cómo es el paraíso? Como Venecia, espero… Un sitio que se usa y se desgasta y que sabe que nada perdura, ni el paraíso, y que eso, al fin y al cabo, no importa.”
Roberto Bolaño.

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