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Volver al Alentejo

Una tierra definida por dos árboles, el alcornoque y el olivo; y dos minerales, el mármol y el granito. País cercano, sosegado, de bellas poblaciones y hermosas carreteras, Portugal invita a un viaje apacible de horizontes abiertos, luminosos y algo mágicos.

1 de octubre de 2012

El otoño, con las vendimias, es buena época para volver al Alentejo. Esta región, más de la tercera parte de Portugal, era considerada, junto con el Alto Duero, por el poeta Eugénio de Andrade, la región portuguesa con más personalidad. Y, como es natural y frecuente en los países con historia, un río la define, la marca y le da su nombre, alem Tejo, más allá del Tajo. Río de remoto nacimiento en la confluencia de Cuenca, Guadalajara y Teruel, tras ser serrano, alcarreño, manchego, se convierte en la referencia de la mitad de las regiones portuguesas, de las dos Beiras, Alta y Baixa (riberas), del Ribatejo y del Alentejo. Y es el que da lustre a la capital cuando llega a las puertas del Océano y se detiene a crear el ancho Mar da Palha. Ahí, antes de confundirse suavemente en el océano, culmina el mito fluvial con la leyenda de las Tágides, las ninfas de túrgidos senos que en las mañanas de niebla perturban el sueño y soliviantan los deseos de los poetas. Más lírico que productivo, el Tajo ha tenido en Portugal poca importancia hidráulica hasta la reciente construcción del embalse de Alqueva, en el Alentejo, de impacto enorme y rentabilidad dudosa.

Costa Alentejo.

Playa de Zambujeira

El Alentejo es tierra antigua, de dólmenes y menhires, muy romanizada, con pequeños restos árabes y un barroco singular. Ha sido secularmente tierra de vinos y caballos, de fortalezas con vistas impares y con una costa salvada de la especulación gracias al bravo y salvaje hermano Océano que protege la llamada Costa Vicentina.

Está definido por dos minerales y por dos árboles: granito y mármol, alcornoques y olivos (el alcornoque, quercus, árbol celta, atlántico, y el olivo, mediterráneo; los pinos y eucaliptus son introducciones meramente  productivas, artificiales) que resumen las dos influencias profundas del ser portugués, celta y latina.

Fuente en el Alentejo.

Fuente en Monsaraz

Sólo para el observador superficial o para el apresurado turista, puede dar el Alentejo –la planicie, como le llaman a veces– una falsa apariencia unidimensional.  Pueblo sufrido, austero y silencioso, el alentejano es como el paisaje, esa planicie que resiste las sequías y la escasez con nobleza. En esas extensiones de suaves montes, sus ciudades y pueblos blancos –caiar, blanquear o enjalbegar es rito anual– han sido primorosamente conservados Ha sabido conservar la belleza paisajística y mantener una ordenación ejemplar de sus poblaciones. Alcaldes sensatos, a pesar de la escasez de medios, han impedido el “envilecimiento estético” (palabras de don Julio Caro Baroja) que asola el otro lado de la frontera.

Siempre fue tierra de pobre suelo, seca, de emigración. Bernardim Ribeiro, en el siglo XVI, ya cantaba:

…Que Alentejo era enxuto/ D’Agua e mui seco de prado./ Toda a terra foi perdida;/ No campo do Tejo só/ Achava o gado guarida:/ Ver Alentejo era um dó!

(…Que el Alentejo estaba enjuto/ De agua y con el prado seco/ Toda la tierra perdida/ En los campos del Tajo sólo/ El ganado encontraba refugio/ Ver el Alentejo era un dolor).

El Alentejo no era una provincia, “era una heredad, un latifundio” –decía Vitorino Némesio (escritor azoniano)– “que mandaba a Lisboa la nata de su población aristócrata y que en las ciudades alentejanas sólo conservaba sus solares latifundistas”. Ha padecido latifundios extensísimos, poco productivos, que fueron ocupados por los campesinos tras la Revolución de los Claveles del 25 de abril de 1974 (y permanecieron casi improductivos durante quince años), y el desmantelamiento de la agricultura portuguesa –y de otras muchas industrias- orquestado por la Unión Europea para favorecer el agrobusiness y las multinacionales del norte.

Monsaraz. Alentejo.

Monsaraz

La UE ha tratado las regiones europeas como recursos y no como entidades. “La distribución a escala europea de los recursos económicos”, esa entelequia de origen colectivista, ha sido el peaje obligado para entrar en ese selecto club y aceptado pasivamente por los sucesivos gobiernos lusos. Los fondos comunitarios han servido para costear una autopista de lujo que casi nadie utiliza (entre Lisboa y Elvas) y para poco más.

Quizá por ello el Alentejo se ha quedado parado en el tiempo, lo que el visitante sin embargo aprecia. Pero uno se pregunta si merecerá la pena convertir lo que fue una región agrícola, y también parcialmente industrial, en un mero destino turístico, en un parque temático. Su forma de ser, de vivir, su esencia, desaparecerá.

Pero, alejado por unos días de las meditaciones antropológicas, observe el viajero la abundancia casi incógnita de sus jardines ocultos tras altos muros blancos, que se denuncian por sus altos cipreses negros o sus cascadas de buganvilia, y esas tapadas (tapiadas) que son cotos privados. Los rossíos o plazas para las ferias de ganado son también característicos de muchos de estos pueblos y ciudades. La amplitud y generosidad del espacio contrasta con la retirada vida de sus pobladores.

Pastelería Violeta, en Evora.

Evora

Además de Elvas y Évora, Vila Viçosa, Beja (Pax Julia) y Serpa, destinos obvios, el viajero deberá detenerse en Estremoz, en Evoramonte (con su castillo de mármol), Monsaraz, Reguengos, Borba, Alcácer do Sal, Santiago de Cacèm, Moura y un largo etcétera. Y en el litoral, Vila Nova de Mil Fontes y Odemira. Pero más que hacer una lista o trazar una ruta, el azar será nuestro mejor guía. Le diría que recorra esa planicie que se desborda y prolonga en un océano noble y eterno. Que se detenga en todos los pueblos y disfrute de su blancura, del silencio, mientras prueba algunos de sus vinos, con tanta personalidad, acompañado de enchidos (embutidos), de queso y del delicioso pan de cada pueblo, amasado y cocido por manos maestras. Para terminar, pruebe cualquiera de sus dulces conventuales, que encontrará en todas las poblaciones como, por ejemplo, la Pastelaria Violeta, en Évora.

La historia del Alentejo –hoy tan calmo– es densa y variada: guerras con españoles (de una de las cuales, la de las Naranjas, quedaría la reliquia de Olivenza, todavía bajo –discutida– soberanía española), el origen de la Restauración de independencia en 1640 con el solar de los Bragança en Vila Viçosa, las guerras del siglo XIX entre miguelistas y liberales (paralelas y similares a nuestras guerras carlistas) que concluyen con el pacto de Evoramonte, y hasta la canción de Zeca Afonso que dió la señal para la Revolución del 25 de abril , “Grândola, vila morena, terra de fraternidade”.

Tapada real de Vila Viçosa. Alentejo.

El Alentejo es un símbolo de ese Portugal sin alardes, que no precisa de altavoces ni guirnaldas. Miguel Torga definió muy bien a este pueblo: “inteiro, estóico e despretensioso”. Una tierra singular y discreta que ha dejado huella en la literatura, entre cuyos mayores hitos están el citado Bernardim Ribeiro, el clásico Garcia de Resende, la poetisa Florbela Espanca y el temperamental cronista y cuentista decimonónico Fialho de Almeida. La melancolía de Florbela nos hablará de ese lado saudoso, tan portugués, mientras la acritud de Fialho, su crudo naturalismo, nos contará las miserias de su región. Ninguno nos dejará indiferentes. Más reciente, Antunes da Silva, un neorrealista que describió de manera magistral –prosa rica, sin caer en el barroquismo ni en la exageración heroica de sus personajes– el paisaje y también el dolor y afanes (en el puro sentido de esfuerzo esperanzado) del campesino alentejano (por ejemplo, en su novela Suão, 1956 -el suão es el viento del sur). Por ello, sufrió cárcel en el penal de Caxias. Hoy está injustamente olvidado.

Por último, no se contente el viajero con una visita. Vuelva con las lluvias,  en los luminosos días del invierno cuando el cielo es azul satén (azul cetim), según Da Silva y en la primavera. Cada vez este eterno paisaje irá cambiando ligeramente sus tonos, como los casi imperceptibles cambios del alma alentejana.

Algunas pistas:

Las Pousadas, equivalentes a los Paradores, sobre todo las de Vila Viçosa y Elvas (esta, obra del gran arquitecto Miguel Jacobety, 1942). La de Serpa, construida en 1960, es muy bella, aunque ya no pertenece a la red de Pousadas.

El Hotel Convento do Espinheiro, en Evora.

El Hotel Casa do Colégio Velho, en Vila Viçosa.

alentejo, Paisaje

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