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Y al fondo, Damasco

Ojear las páginas de tu cuaderno de campo te devuelve con una mirada, en un instante,  a aquel lugar especial que durante un viaje dibujaste. Olores, sonidos, frases… La imagen arrastra el recuerdo; pero, ¿se puede transmitir con la pintura tantas y tan intensas emociones como con la buena literatura?

28 de abril de 2014

Hacer un cuaderno de campo es hacer un diario de viaje apoyado por imágenes que recuerdan los momentos más emotivos del mismo. Es algo así como prescindir de las descripciones didácticas para centrarse en las emociones vividas. En los cuadernos es fácil que las imágenes venzan a los textos y la pasión se anteponga, inevitablemente, a la información. Ojear las hojas de tu cuaderno de campo te devuelve en un instante a aquel lugar especial, te trae olores, sonidos, frases nostálgicas de quién estuvo en aquel momento contigo, personas que no volverás a ver y estarán siempre a tu lado. No hace falta literatura. La imagen arrastra el recuerdo. El reto, y la necesidad de utilizar la escritura más allá de su valor pictórico intrínseco, es transmitir lo mismo a terceras personas, gente que no ha estado nunca en los lugares que describes y no saben nada de ti. ¿Se puede entonces transmitir con los dibujos y pinturas tantas y tan intensas emociones como lo consigue la buena literatura? ¿Puedes llegar a sentir tanta emoción viendo unos apuntes, un esbozo dibujado, como leyendo un buen relato?

Cuaderno de viaje.

Fernando González Sitges

Hace casi veinte años compramos un cuadro a Bernard Petit, gran artista y mejor persona, que Ana, mi mujer, conocía desde hacía tiempo. Bernard realizaba sus cuadros pintando con arena. Mezclaba colores de diferentes pinturas con arenas de distintos materiales, grosores y texturas y recreaba los paisajes que tanto le gustaba visitar. Porque Petit, además de pintor, era un gran viajero.  A sus ochenta años salía del Viso, donde vivía, a recorrer en una caravana la geografía española y francesa durante los meses de primavera y verano. La edad no podía atar al nómada que llevaba dentro.

Cuando nos recibió en su casa yo andaba un tanto desconcertado. Era la primera vez que iba a casa de un pintor a comprarle un cuadro y la novedad me resultaba incómoda. Pero nuestro anfitrión pareció no notarlo y nos guió hacia la habitación donde pintaba con contagiosa alegría. Bernard iba charlando con Ana alegremente y, para mi sorpresa, hablaba de sus viajes, de paisajes, de luces, de olores… Ni una vez mencionó sus cuadros.  Llegamos a su estudio y comenzó a desplegar su obra. Pero su charla siguió recorriendo lugares, personas, sensaciones. De forma inevitable, me olvidé de cuadros y entré en la conversación animadamente. Una botella de vino apareció como por ensalmo. La conversación traspasaba unas cuantas fronteras geográficas más con cada vaso que despachábamos.

Más allá de las pistas, Shaba.

Fernando González Sitges.

Tres horas después caímos en la cuenta de que nos teníamos que ir y allí nadie había hablado de los cuadros. Pero, curiosamente, al volver a mirarlos, muchos habían cobrado un nuevo sentido. Allí había paisajes de vivencias de las que habíamos hablado; había placidez, tristeza, emoción, solemnidad…, pasión como denominador común de todas aquellas pinturas. Bernard sonreía mientras volvíamos a mirar, ahora con los ojos abiertos a lo que veíamos, su obra. Durante unos minutos ninguno de los tres pronunció una sola palabra. La misma sensación que se puede sentir cuando, en un libro, un buen escritor describe un lugar en el que has estado o deseas estar, la teníamos ahora al releer los paisajes capturados en los lienzos.

Entonces Petit nos sacó suavemente de nuestra contemplación mientras sacaba un lienzo grande de detrás de una mesa. “Todos estos son cuadros muy nuevos. Son bonitos y técnicamente mejores. Pero luego… Luego tengo una de mis primeras obras; un cuadro que nunca quise vender. Es malo técnicamente, pero para mi está lleno de recuerdos. Lo hice al terminar mi milicia en la Legión Francesa. Durante aquel tiempo tuve la suerte de visitar Siria y su desierto me fascinó, así que al regresar decidí pintarlo.”

Petit nos mostró entonces un cuadro lleno de luz, arena y horizonte. Mirándolo con cariño, comentó: “No es muy bueno técnicamente; pero todavía hoy, cuando miro fijamente su horizonte, veo Damasco”.

Damasco, de Bernard Petit.

Bernard Petit.

Por supuesto, compramos el cuadro.

Desde entonces, el cuadro está en el salón de casa, junto a una chimenea, rodeado de libros de viajes. Con frecuencia me siento frente a él. Ambientándome con el fuego, los libros y un poco de música, me abandono al placer de la lectura. Son ratos en los que viajo sentado a través de las páginas escritas por grandes viajeros o grandes escritores –cosa que rara vez coincide– y me transporto a un tiempo de emocionantes exploraciones, peligrosas travesías, razas asombrosas, personajes fascinantes… Y, de tanto en tanto, pensando una frase o descansando la vista, levanto la mirada del libro y me encuentro con el cuadro. Y en repetidas ocasiones, si el libro o el escritor son buenos, veo emocionado Damasco.

cuadernos de viaje, pintores viajeros

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Comentarios sobre  Y al fondo, Damasco

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  • 13 de mayo de 2014 a las 21:55

    He tenido la oportunidad de viajar varias veces por Siria – y este cuadro me produce una sensación muy rara – a mi tambien me parece ver Damasco al fondo – gracias por compartir la experiencia . Me duele en el alma lo que esta pasando hoy en dia en este precioso pais – y el daño que se esta causando a su población y a su herencia cultural . Un saludo desde Palma

    Por Werner
  • 12 de octubre de 2015 a las 17:19

    Me parece un relato precioso y de actualidad por la sangrante realidad de Siria. Con tu permiso le daré publicidad en mi facebook y lo sugeriré a mi alumnado de Arte. Un saludo.

    Por Gabriel de la Riva Pérez