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Y de repente, llega Francis Younghusband al Himalaya

A un tipo de poco más de veinte años se le ocurre echarse a andar desde Pekín hasta Cachemira, abriéndose camino por pasos de montaña de más de cinco mil metros en el Himalaya, en una experiencia que desdibuja la frontera entre el horror y la belleza.

26 de junio de 2014

De repente llega un tipo como Francis Younghusband y demuestra que no hay que tenerle miedo a la vida. Hasta entonces, nosotros habíamos confundido disfrutar con ir encontrando, a salto de mata, charcos de placer. Pero viene un tipo como Younghusband, que es el arrojo modificado, el atrevimiento en forma humana, y demuestra que no, que no son las dosis de placer lo que nos hará sentirnos vivos, sino la pasión. Aunque sea la pasión vehemente. Aunque sea la vehemencia de la memoria la que trate de reproducir la pasión.

Hasta ahora, era esa frustración por no encontrar placer lo que nos empujaba en brazos del miedo a la vida. “¿Para qué vivir, si la vida es una mierda?”, nos preguntábamos. Y todas nuestras acciones, las pocas y timoratas que nos permitíamos, convencidos de que esos ligeros movimientos eran libertad, no buscaban otra cosa que no fuera una dosis de placer, una intensidad más o menos solvente de euforia, una gratificación o un reconocimiento, propio o ajeno, de nuestras virtudes intelectuales o de nuestras capacidades sentimentales.

Pero llega Younghusband y nos convence de que la vida sin pasión es menos vida, y que la pasión juega a la vez en dimensiones siderales y en dimensiones atómicas. Porque dentro de cada átomo está contenido todo el universo. Uno mismo es la humanidad entera, la vida entera, con sus desdichas y agonías, con su desesperación y con la tópica idea de una existencia sin sentido, en la que se imponen el miedo a la muerte y el miedo a no ser nadie. Ese miedo que nos fragmenta, y que siempre está relacionado con lo que no conocemos de nosotros mismos (o de nuestro lado oscuro).

Pero llega Younghusband, con toda su pasión, que es su arma para ejercer sin miedo las epopeyas, el mecenazgo de la aventura (impulsando proyectos como el de Mallory desde la Royal Geographical Society) y hasta las matanzas (como la que lideró en el Tíbet), y ya no hay charcos, ya no hay fragmentos. Porque tal vez eso sea lo que diferencia el placer de la pasión.

Por el Himalaya, Francis Younghusband

Ahmed Sajjad Zaidi, Flickr.

Guiada por el placer, nuestra mirada atiende a los retazos, a las migas de satisfacción que van quedando desperdigadas por las cunetas y que, en lo que consideramos un alarde de atrevimiento, recogemos estirando el brazo, pero sin sacar los pies del camino.

Pero Younghusband saca los pies del camino y se dedica a pisar, consciente de que jamás tendrá un remordimiento, los bosques que rodean el camino. E intenta ir más allá del horizonte. Intenta alcanzar el mito.

Hasta entonces, creíamos que alejarnos del placer, algo que suponía adentrarnos en lo desconocido, implicaría dolor. O agonía. O ese gran miedo que representa mejor que ningún otro el miedo a la vida: el miedo al daño de la soledad. Hasta que a un tipo de poco más de veinte años se le ocurre echarse a andar abandonando su cuartel en Pekín. Y se abre camino, a base de romper suelas, hasta Cachemira, sin mirar atrás, en una época en que los vehículos más rápidos que existían para atravesar los páramos asiáticos, eran los camellos y los caballos mongoles.

En su ruta atraviesa pasos de montaña de una altura superior a los cinco mil metros, o patea en canal, y casi descalzo, el glaciar de Baltoro, que puede ser el fenómeno geográfico más estremecedor del planeta. Cruza el Himalaya en una experiencia que desdibuja la frontera entre la belleza y el horror.

En esos días no hay palabras, no hay ideas. En esa juventud, sólo caben los hechos. Las palabras serán el consuelo del anciano que busca refugio en la memoria. Que sabe que la utilidad de la memoria no es echar de menos, porque echando de menos algo uno está confiando en que ese algo se reproduzca. La utilidad de la memoria es resucitar, hacer presente (y presente quiere decir ahora, pero también quiere decir regalo).

Al hacerse literatura, al ser compartida, la memoria, que exigía revivir el placer, que exigía escapar de los registros del dolor, deja de estar centrada en el pasado. Pasa a ser nuestra experiencia.  Al hacerse literatura, la memoria ya no es esa aberración del pensamiento que crea el tiempo, que crea esos monstruos que no existen y que llamamos pasado y futuro. Ya no hay miedo a no volver a sentir placer, porque, como bien saben los psicoanalistas, al ser imposible reconciliarse con lo que fuimos, debemos sanar reconciliándonos con el relato de lo que fuimos.

En buena medida, escribiendo los recuerdos de su aventura por el Himalaya, Younghusband consigue situarse fuera del tiempo. Y conviene estar fuera del tiempo para poder construir algo nuevo, algo que bien puede ser nuestra vida o, al menos, nuestra biografía.

Por el Himalaya, Francis Younghusband.

Maria Ly, Flickr.

Younghusband no se conforma con hacer lo mismo que la mayoría de los humanos, que es modificar un poco su existencia, confiándose a momentos de placer. Leyéndole, uno pasa a considerar que es imposible que Younghusband se confíe al placer. Porque sabe que el frío, el hambre, el cansancio, la suciedad, la incomunicación, las enfermedades y el terror del vacío que está implícito en los paisajes que va a recorrer, se comunican directamente con el dolor… con el dolor extremo.

Pero, para comprender que el placer y la pasión son valores diferentes, es imprescindible conocer la vida, cara a cara, y sin los filtros de la cobardía. Porque la cobardía viene a ser algo así como el condicionamiento que nos impone la razón.

Es fácil vestir nuestras decisiones cobardes como la opción más sensata. Basta con utilizar lugares comunes. Basta con nuestro condicionamiento, con el condicionamiento del placer. Basta con el condicionamiento que nos aleja de la verdad, imponiéndonos la necesidad de huir del dolor, de la agonía, del daño de la soledad.

Por ese motivo, deberíamos cuestionarnos la validez de eso que llamamos sentido común. Quizás este sea el tema presente en la vida entera de Younghusband: el cuestionarse la validez del sentido común. Por eso Younghusband se convierte en el paradigma de los seres contradictorios: conquista el mundo exterior, pero interiormente sigue conservando su gran parte animal. Esa parte animal es, al fin y al cabo, naturaleza. Y es en esa naturaleza donde reconoce la pasión. Esa naturaleza es esa región del aire que entra en nuestros pulmones, reconociendo que estamos enfrascados en pasión cuando dejamos de ser alguien que intenta cambiar esto en esto otro.

Y también reconoce que hay pasión, y no placer, cuando existe un ser amado, un ser que, como en el caso de Younghusband, bien puede ser Gaia. Mientras que en el placer lo que hay es onanismo. Mientras que el placer nos saturaría de moléculas de esa versión del deseo que tanto han maldecido los hombres de las túnicas rojas que habitan en los monasterios del Himalaya.

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