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Yazd o el dominio del aire

Yazd es una tierra de paso en Irán, severa y dulce, de agua y sequía, que formaba parte de la transitada Ruta de la Seda. Marco Polo pasó por aquí en su viaje hacia China en 1272 y describió de manera muy elogiosa a esta ciudad, una de las más antiguas de la humanidad.

20 de febrero de 2015

No es una ciudad imaginaria, es real y además está en el borde de dos terribles desiertos: Dasht-Kevir y Dasht-Lut. Pero lo importante de esta ciudad, al estilo de lo que era esencial para ese personaje candoroso y sabio de El Principito de Antoine Saint Exupéry, es invisible a los ojos. Y ambas, esta ciudad y esa novela, se ambientan en el desierto. Flota en el aire el espíritu de esta pequeña urbe que fue un importante oasis y zona segura para las caravanas en su regreso de China e India a través de la conocida ruta de la seda. Llegar aquí desde el este significaba la salvación. Partir de aquí hacia el este suponía un gran peligro.

Se trata de la ciudad de Yazd, en Irán. Según la UNESCO,  es una de las más antiguas de la humanidad. Y es, además, una de las más hermosas en un país que no carece de ellas, siempre en medio de una naturaleza apabullante. No sólo hay desiertos tremendos: también golfos peligrosos, lagos salados y montañas alrededor de los cinco mil metros de altitud… y el mar Caspio.

Yazd, Irán.

Rafael Manrique.

Esta zona que hoy llamamos Irán fue antes la tierra de los persas, y previamente la de grupos de seminómadas que fueron poniendo las bases del desarrollo sociocultural que hoy conocemos y vivimos como “civilización”. Es el territorio que vio nacer las ciudades, la agricultura, los ejércitos, el Estado… e, inevitablemente, la administración, la burocracia, con todos y cada uno de sus funcionarios. No lejos de aquí, expediciones alemanas desenterraron, hace unos años, uno de los más antiguos restos de fundición de metales en el mundo. Estas tierras no sólo fueron crisol de metales; también aquí se fundó una de las más antiguas religiones que han existido y existen: el zoroastrismo. De hecho, aquí se asienta una de las mayores comunidades zoroástricas iraníes y aquí se encuentra su templo más importante. Fue construido en el siglo XX y es más bien kitsch. En él se custodia el fuego sagrado de su fe. Su más eminente profeta es Zoroastro, que inspiró a Friedrich Nietzsche uno de sus libros más poderosos y a Strauss una pieza cuyos compases iniciales son inolvidables: Así habló Zaratustra. Posee esta creencia una bella, poética y dramática  visión del cosmos y de los seres humanos. Muchas de las ideas contenidas en el libro Avesta (Zend Avesta), escrito por este personaje semilegendario a lo largo de sus treinta años de soledad en las montañas, se incorporaron a la Biblia y posteriormente al Corán. El cementerio antiguo de los zoroastrianos en las afueras de Yazd impresiona. Hay dos altas colinas con unas plataformas en las que se depositaba a los cadáveres para ser devorados por los buitres. Los huesos restantes, ya limpios de elementos impuros, se enterraban en unas tumbas hoy derruidas y en un estado de ruina tal que derrochan belleza y expresan como pocas construcciones el paso del tiempo, la inevitable levedad del ser.

Yazd no es tan conocida ni visitada como las ciudades de Esfahan o Shiraz, pero es tan interesante o más. Su grado de conservación es magnífico y eso nos permite respirar, casi palpar el origen de la cultura, el origen de lo humano como tal. En estos territorios se produjo el gran salto de la humanidad. El que llevó  a una especie a transformarse de un simio muy listo a un ser ya humano que se despegaba de la naturaleza. Unos colectivos de cazadores y recolectores, más o menos nómadas, se organizó en lo que Lewis Mumford, en su libro El mito de la máquina. Técnica y evolución humana, describe como una sistema total de organización y producción, los inicios de lo que hoy llamamos Estado. La civilización, para bien y para mal, nace en estas ciudades de Persia y Mesopotamia. En ellas, y Yazd es un buen ejemplo, la relación ciudad-tecnología-paisaje alcanzaron desarrollos de los que aún hoy aprendemos. No sólo eso. Tal vez sea este uno de los lugares  en los que esa relación se entremezcla de manera especialmente fuerte, natural, eficaz y bella.

Yazd, Irán.

Rafael Manrique.

Una nota nada anecdótica. En esta ciudad se conservan, como también en la cercana Kashan, jardines que tienen cientos de años. Agua, fruta, plantas, sombra y diseño en medio de un desierto árido como pocos. La palabra persa para jardín suena parecido a “pardís”. Si uno la repite muchas veces seguidas, como ocurre en muchos juegos infantiles, acabará por decir “paradís” y luego “paraíso”. Eso es el paraíso, el jardín del Edén, el cielo, aquí desde luego protector, Yazd, Persia, Irán (¡tan lejos de lo que la prensa occidental dibuja!).

Volviendo a Mumford. Es necesario recordar su distinción entre una tecnología urbana democrática y una autoritaria. Sus ideas sobre las ciudades-jardín, a su vez nacidas en Persia, han llegado, a través de arquitectos como Lloyd Wright o Le Corbusier, hasta el mismo siglo XXI.

Paseando por la ciudad uno va siendo absorbido por las condiciones que llevaron al nacimiento de los seres humanos urbanizados. El casco antiguo conserva las calles estrechas con las casas de adobe magníficamente conservadas (con la excepción de los desastres de la compañía de gas, que ha instalado unos enormes y feos contadores dignos de mejor causa).
En medio de ese casco medieval hay hoteles con jardines, patios y terrazas. Muchos de ellos son bonitos, otros necesitarían urgentemente algún retoque. Y digo terrazas porque desde allí se ve lo que constituye uno de los logros más sorprendentes de esta tecnología humana de la que vengo hablando y que ha merecido ser incorporado por la UNESCO como patrimonio de la humanidad. Se trata de las torres de acondicionamiento de aire (badgirs, torres del viento) que desde hace cientos de años consiguen casas habitables en medio de un desierto cuyas temperaturas suelen sobrepasar en verano los cincuenta grados. Desde los tejados se ven en todas las direcciones multitud de torres de adobe. Algunas de poco más de un metro y otras de más de veinte. Están destinadas a captar el aire que pueda soplar y hacerlo descender a través de unos conductos. En su camino se encontrará con agua o incluso hielo, y así se refrigerará, haciendo descender la temperatura en el interior de las casas unos quince grados. Agua…, esa es otra. No la hay en este desierto. Han de obtenerla de acuíferos subterráneos que se forman por el deshielo en las zonas más bajas de las altas montañas nevadas que rodean la ciudad. Un sistema de túneles y pozos basados en el principio de los vasos comunicantes consiguen llevar agua fresca, incluso en pleno verano, a la ciudad. Aún pueden verse canales (qnat) del siglo XII o XIII. Además, un pequeño museo ilustra esta sorprendente y perfecta obra de ingeniería, que también es, y con razón, patrimonio de la humanidad.

Esta ciudad pertenecía a la ruta de la seda, y antes a las redes de comercio entre Asia y Europa. Marco Polo pasó por aquí en 1272 en su viaje hacia China y la describió de manera muy elogiosa. Logró evitar ser destruida por Gengis Khan y Tamerlán, pero las nuevas rutas comerciales a partir del siglo XVI hicieron que cayera en decadencia. Sus trabajos en tejidos hechos de seda y oro, así como la alfarería que admiró a los viajeros venecianos, perdieron importancia. Ya en el XIX y XX volvió a recuperar su economía gracias, entre otras cosas, al ferrocarril que la une con Teherán.

La ciudad merece la visita de un día o dos recorriendo sus calles, mezquitas, mercados, templos, jardines… Es una delicia comer en alguno de los patios de los restaurantes y comprar dulces en una de las pastelerías de casi doscientos años de antigüedad. A la entrada de estos comercios vemos una foto de los fundadores, todos con un rostro tan severo que hace pensar, forzosamente, en las delicias seguras de sus productos para atreverse a franquear el umbral. La tradición de dulces hechos con frutos secos y miel adquiere en esta ciudad la categoría de perversión. Siempre hay gente comprando.

Yazd, una tierra de paso, severa y dulce, de agua y sequía, muestra por qué Irán creó y cobijó a tantos poetas.

¡Oh, amor, cómo he sentido tu sufrimiento!
No me preguntes cómo.
¡Oh ausencia, cómo bebí tu veneno!
No me preguntes cómo.

Buscando, por el mundo he vagado,
Y, ¿por quién, al fin, he optado?
No preguntes quién.

Para: ver de su umbral el polvo
¡Cómo lloraba mi anhelante ojo!
No preguntes cómo.

¿Por qué, amigos, mordéis los labios disgustados?
¿Sabéis qué labios de rubí he alcanzado?
No preguntéis cuándo.

Anoche, en estos mismos oídos
Tales palabras su boca ha vertido.
No preguntéis cuáles.

Como Hafiz en el laberinto circular del amor,
Mis pies, al fin, han encontrado su dirección.
No preguntes dónde.

Hafiz Shirazi

 

Festival EL VIAJE Y SUS CULTURAS. Las ciudades visibles

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  • 03 de marzo de 2015 a las 10:15

    Una buena introducción cultural e histórica al ambiente de esta Interesante y preciosa ciudad, como todas las que visite en Irán el pasado Octubre.
    Un país que sorprende, no por sus monumentos ya esperados, sino por la amabilidad y simpatía de sus gentes, amén de la seguridad. Un destino muy recomendable. Ya estoy pensando en volver.
    Hablando de Zoroastro: en su templo en Yazd se conserva la llama encendida en el 470 antes de Cristo y que fue trasladada de un lugar a otro en el curso del tiempo. Esa es la tradición.
    A 72 km. de Yazd, en el desierto profundo, se halla Chak Chak el lugar más importante de peregrinación para los seguidores de Zoroastro.

    Por Francisco Po Egea