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Diarios de la Antártida: una ventana abierta al alma

Hubo un tiempo en que escribir diarios estaba de moda. Grandes hombres, y personas anónimas, se refugiaban durante unos minutos al final del día para considerar los episodios más significativos de la jornada y reflexionar sobre ellos.

21 de agosto de 2014

Los tiempos en que escribir diarios estaba de moda ya pasaron y, poco a poco, esas páginas quedaron relegadas al tormentoso mundo emocional de los adolescentes y a las placenteras ensoñaciones de los enamorados. Y hoy en día con las nuevas tecnologías (email, chat, whatsapp…) puede que los diarios se hayan esfumado hasta de esos reducidos entornos.

Sin embargo, aunque puede que hayan desaparecido de nuestra actividad diaria, se mantienen todavía en momentos concretos, cuando nos envuelven unas circunstancias muy especiales. Sería una labor que excedería a este artículo, y además más propia de una tesis de sociología, el tratar de precisar las condiciones que nos llevan a replegarnos sobre nosotros mismo y a escribir unas líneas sobre los acontecimientos que nos han sucedido en el día; pero me atrevería a enunciar tres factores determinantes: soledad, aislamiento y conciencia de estar haciendo algo importante.

Puede que fuera ese sentido de estar haciendo algo histórico lo que movió a los exploradores de los últimos siglos a llevar diarios. Ahora queda poco por explorar, e ignoro si Neil Armstrong escribía un diario mientras volaba en el Apolo XI a la Luna, pero puedo asegurar que conozco un buen número de científicos que, cuando están realizando una campaña de campo, anotan, diariamente en un cuaderno o en un ordenador, no sólo sus observaciones científicas, sino también los acontecimientos cotidianos y sus reflexiones personales. Incluso yo mismo, que nunca llevé un diario en mi vida, sentí la necesidad imperiosa de comenzar a escribirlo cuando fui a la Antártida. Por eso, y aunque nunca lo habíamos comentado, no me ha sorprendido que mi amigo búlgaro Christo Pimpirev llevase un diario de sus expediciones a la Antártida.

Y gracias a ese impulso ahora podemos disfrutar de una narración apasionante de los primeros pasos en la Antártida de una pequeña nación europea y también –y eso es para mí todavía más importante– de los hombres que los llevaron a cabo y que tienen como protagonista principal al autor de esos diarios.

Base San Clemente de Ohrid, Isla Livingstone, Antártida.

Puede que un lector español se pregunte qué interés puede tener para él las aventuras de unos científicos búlgaros por acercarse a ese lejano continente y los esfuerzos, padecimientos y sacrificios que tuvieron que afrontar para construir una base científica en aquel frío e inhóspito lugar. Se equivocaría si rechazase la lectura de este libro pensando que es una historia de gentes de otro país, porque estos diarios hunden sus raíces en el espíritu del ser humano, en esas ansias por descubrir lo desconocido, por alejarse de los lugares frecuentados y avanzar por los caminos solitarios, por enfrentarse a un medio adverso y probar sus fuerzas.

Este libro nos habla de las ambiciones, sueños y anhelos de un grupo de personas por hacer algo que sirviese a la ciencia y que diese prestigio a su país. Y todos, de una u otra manera, nos podemos ver reflejados en esos sentimientos, que no se diferencian mucho de los que tuvieron los científicos de otros países, incluidos los españoles, cuando daban los primeros pasos en sus respectivos programas antárticos. Además, su lectura nos transporta a ese mundo helado y nos hace sentir que estamos allí, afrontando las dificultades y peligros que se ciernen sobre ellos, pero también nos permite experimentar la inmensa satisfacción que sintieron ellos al pisar ese santuario de la naturaleza que es la Antártida.

Escrito en un lenguaje sencillo y directo, sin sutilezas literarias, las palabras de Pimpirev destilan los estados de ánimo que se iban apoderando de él, y de sus compañeros, en perfecta sintonía con las condiciones atmosféricas en el exterior. Así, se siente su ansiedad cuando llevan varios días recluidos en una mínima tienda de campaña mientas en el exterior ruge la tormenta, o se viven con ellos esos momentos de exaltación cuando, después de un gran esfuerzo, se alcanzan los objetivos soñados, o cuando el paisaje circundante les ofrece un juego de formas y colores que les impacta el alma, haciéndoles sentir uno de esos momentos pletóricos que la vida regala cuando menos te lo esperas.

A través de sus frases, los que hayan vivido esas experiencias o similares podrán revivirlas, y los que nunca las hayan experimentado tendrán a su disposición, de primera mano, el fiel testimonio de ese laberinto de emociones que componen la vida humana. La frustración e impotencia que se siente cuando, después de una larga estancia, el avión o el barco que tiene que traerte de nuevo a la civilización se retrasa unos días o tan sólo unas horas. La melancolía que te embarga cuando tienes que abandonar unos paisajes que ya son parte de tu historia personal y que puede que nunca jamás vuelvas a verlos. La desgarradora sensación de orfandad que te produce el apretón de manos o el abrazo con el que te despides de las personas que allí has conocido, con las que has compartido unos momentos de intimidad, y que sabes que nunca más volverás a encontrar en la vida.

Unos diarios llenos de humanidad, de añoranza por los seres queridos, de orgullo de ser el representante de una nación en una empresa que parece sobrepasar sus fuerzas. Unos diarios que te acercan al alma de los científicos de hoy, de ayer, de todos los tiempos, que dejando su familia, amigos, su entorno conocido y controlado, se adentran en un mundo peligroso y desconocido que no perdonará la más mínima equivocación. Hombres que van en pos de sus sueños, que sienten en su interior la necesidad de “hacer algo grande” –como decía el también explorador polar Ernest Shackleton–; pero, a diferencia de nosotros, que nos conformamos con sobrellevar nuestras vidas, ellos luchan con todas sus fuerzas por materializar esos sueños.

Diarios de la Antártida.

Unos diarios llenos de sencillez, casi de candor. Sin artificios, sin retoques posteriores y artificiales. No son los diarios de exploradores famosos que tratan de edificar su leyenda escribiendo lo que nunca han sentido, pero que saben que gustará al lector. Son los diarios de un hombre, escritos para él mismo, para su familia, para su reducido círculo de amigos, o puede que para nadie, simplemente porque sintió el imperioso deseo de escribirlos, de tratar de hacer imperecederos esos momentos, en ese deseo tan humano de inmortalizarnos que todos hemos sentido alguna vez,  y que hunde sus raíces en esas manos o animales pintados en las cuevas prehistóricas. Unos diarios que narran esas menudencias, esos acontecimientos diarios irrelevantes que componen nuestras vidas, aquí y en la Antártida, pero que también son una ventana abierta a nuestros sentimientos más íntimos.

En definitiva, un libro que nos llevará a un lugar distante y mítico, la Antártida, que nos mostrará la vida en aquel territorio que se ha convertido en un continente para la Paz y la Ciencia, y cuyo ejemplo de convivencia pacífica y generosa colaboración debería ser un ejemplo a seguir. Pero también un libro que nos acercará al alma del autor, y por extensión a nuestra propia alma. Un libro que nos regala la sorpresa de que, a veces, la vida hace realidad los sueños, y que nos anima a perseverar en los nuestros, porque también podrían hacerse realidad, como los del profesor Pimpirev.

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