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Reflexiones sobre el paisaje: El infierno

En ‘La República’ de Platón, Er narra el viaje de su alma al más allá; también Homero baja al Hades con Odiseo; Dante describiría el inframundo, y Calvino nos diría cómo escapar de aquel territorio de culpa que es el infierno, construyendo allí donde sea el Cielo.

22 de octubre de 2012
Ilustración de Miquel Barceló para la Divina Comedia de Dante.

Miquel Barceló

Cuando al armenio Er de la tribu de Panfilia le encomendaron la misión de observar lo que les ocurría a las almas tras las muertes de sus cuerpos y traer el mensaje a los hombres sobre las consecuencias de haber sido justos o injustos en vida, no le permitieron ver los paisajes del Tártaro.

Le bastó ser testigo de lo que al alma de Ardieo el Grande, antiguo tirano de algún estado de Panfilia, le hicieron “unos hombres salvajes y de aspecto igneo” (1) cuando pretendía subir por la escalera que, desde la Tierra, conduce al prado en donde las Parcas juzgan la bondad o la maldad de los hombres.

Dice Er que cuando Ardieo y otros hombres de igual ralea pretendían acceder por la abertura que da paso a la escalera hacia el cielo, se oía un mugido y la abertura no se abría. Aparecían, entonces, aquellos hombres que “les encadenaban los pies, las manos y la cabeza, los derribaban y, apaleándolos violentamente, los arrastraban al costado del camino y los desgarraban sobre espinas para terminar arrojándolos al Tártaro” para toda la eternidad.

Joachim Patinir. El paso de la laguna Estigia

El relato de Er no nos describe el paisaje del Tártaro, pero se deduce de él lo que lo habita: la culpa (más adelante el pecado) y su castigo en forma de dolor.

El infierno es el territorio del dolor, el castigo que han de pagar los injustos por su maldad. Pues no perdura en el tiempo el viaje que Circe encomienda a Odiseo para escapar de Eea y del riesgo de animalización que contenía. Odiseo, al bajar al Hades, no viaja a la culpa o al dolor, sino que, en su resistencia por seguir siendo humano, debe conocer la mortalidad que al humano le aguarda en el mundo subterráneo. Si Calipso le ofrecía la inmortalidad y la rechaza por añorar su patria y esposa –es decir, su humanidad–, y si Circe le amenaza con la simple existencia animal y, por el mismo motivo, la combate, es tiempo entonces de que comprenda la mortalidad que la humanidad conlleva. El paisaje del Hades, que bajo “la ciudad y el país de los hombres cimerios, siempre envuelto en nubes y en bruma, que el sol fulgurante desde arriba jamás con sus rayos los mira ni cuando encamina sus pasos al cielo cuajado de estrellas ni al volver nuevamente a la tierra del cielo: tan solo una noche mortal sobre aquellos cuitados se cierne” (2), no importa: sólo es el lugar en donde residen los muertos. Odiseo, el hombre, no pena por la culpa ni el pecado: pena por la humanidad, ese estado distinto a dioses y bestias.

Ilustración de Miquel Barceló para la Divina Comedia de Dante

Miquel Barceló.

Es en Platón cuando ya el hombre ha escapado de los dioses ayudado por Prometeo, cuando ha escrito leyes para gobernar su destino, cuando comprueba que éstas suelen repartir más injusticias y desigualdad que los propios dioses. Y es entonces cuando aparece el deseo de que una justicia divina vuelva a poner orden aunque sea tras la muerte, que Ulises descubrió asociada e inevitable a los hombres.

El infierno es el territorio de la justicia divina, pues ya nadie se fía de que los humanos respeten las leyes y hagan justicia. Mucho antes, Hesíodo nos relató la degradación moral de los hombres y declaró su horror ante la quinta raza de humanos, la raza de hierro, porque ellos ya viven en un infierno en el que no hay remedio para el mal, pues tampoco se distingue del bien. (3)

Los cristianos, que deben mucho a Platón y a los neoplatónicos paganos, elaboran sus creencias sobre el infierno que ya somos para fundamentar la creación ex nihilo y salvaguardar la infinita bondad del creador. Al infierno, como en Hesíodo, nos condena el propio Dios por haber infringido la única prohibición del Paraiso. Como en Platón y la tradición griega, la caída del hombre en el mundo responde a nuestras culpas y, ya pecadores, “debemos pagar nuestra deuda”, primero, por ser y, después por ser pecadores, buscando un camino de purificación. La travesía que es la vida puede devolvernos al paraíso perdido; pero, si no, permaneceremos en el infierno que ya somos.

¿Cómo escaparemos del infierno del mal y de la injusticia, del vicio y la perversión? La bestia apocalíptica de San Juan hará el trabajo, pero necesitará de algún criterio. De ahí el interés de Dante, cristiano y platónico, para difundir el criterio. A mayor ignominia, conforme más cruel o violenta, más inmoral o prohibida sea la acción, a más profundidad caeremos en los anillos del infierno. Y nos ejemplifica sus estratos con nombres y apellidos, para que nosotros vayamos, quizá, ubicando el porvenir de nuestros más famosos contemporáneos.

El Criterio del castigo según la Divina Comedia de Dante

Por eso, el mensaje que el Marco Polo de Italo Calvino da al Gran Kan al final de las Ciudades invisibles (4), cuando éste se muestra desesperanzado de no poder sino alcanzar la ciudad infernal tras una vida de búsqueda, es quizá la única manera de esquivar el infierno al que parecemos condenados por los dioses o por las bestias apocalípticas o por nosotros mismos:

“El infierno de los vivos no es algo por venir; hay uno, el que existe aquí, el infierno que habitamos todos los días, que formamos estando juntos. Hay dos maneras de no sufrirlo. La primera es fácil para muchos: aceptar el infierno y volverse parte de él hasta el punto de dejar de verlo. La segunda es arriesgada y exige atención y aprendizaje continuos: buscar y saber reconocer quién y qué, en medio del infierno, no es infierno, y hacer que dure, y dejarle espacio.”

Aquí está la clave para escapar del infierno, porque como las cárceles de Piranesi, ese pequeño infierno que las sociedades humanas crean mientras esperan el juicio final que traiga la justicia divina, ni tiene límites, ni murallas. No tiene confines y uno puede recorrerlo eternamente y no encontrar la muralla que saltar o la alambrada que cortar. El infierno o es oscuridad que impide ver o fuego enceguecedor que abrasa los órganos de la percepción. Cuando Calvino nos sugiere la fuga arriesgada, nos advierte que debemos aprender a reconocer lo que en el infierno no es infierno y, sólo haciendo que dure y dejándole espacio, podremos hacer que, desde el fondo y desde el centro del Tártaro, aparezca dulce y lentamente una isla creciente en la que edificar un territorio y hacer de él jardín, paraíso o cielo.

Gracias Calvino por esta enseñanza, por ella ya formas parte de lo que no es infierno y por eso citarte o leerte debe hacerte, perdurar y quedar en el espacio de los corazones que no quieren formar parte del infierno.

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Notas:

(1) Platón, República 614b-621d. Al final de la República, Platón relata el mito de Er al que nos referimos aquí. Traducción de Conrado Eggers Lan en Gredos, Madrid, 1986.
(2) Homero. Odisea, canto XI, 14-19. Traducción de José Manuel Pabón, Gredos, Madrid, 1982.
(3) Cfr. Hesíodo, Los trabajos y los días, 174-203
(4) Italo Calvino, Las Ciudades invisibles. Traducción de Aurora Bernárdez, Siruela, Madrid, 1994, p. 171

 

Dante, Infierno, Italo Calvino, reflexiones sobre el paisaje

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  • 22 de octubre de 2012 a las 18:59

    Jo, que tiempos tan duros esos en los que el cerebro estaba tan espeso. Y eso que ya se aplicaba en ciencia ‘la navaja de Ockham’: “si hay varias explicaciones igualmente válidas para un hecho, entonces debemos escoger la más simple”. Está claro que no se aplicaba en todo.

    Por Celia
  • 28 de octubre de 2012 a las 8:45

    Como dice Hanna Arent en La condición humana: “Tanto el extremo pecado como el mal voluntariamente deseado son raros, incluso más raros que las buenas acciones”. Más bien lo que suele suceder es que nuestras acciones tienen unas consecuencias que no habíamos previsto ni deseábamos. Por eso existe el perdón, para exonerarnos de la culpa. Hay por tanto que saber pedir perdón. Y quien no reconoce su culpa no puede ser perdonado.
    Por otro lado también se da el caso de quien no experimenta sentimiento alguno de culpa a pesar del daño causado. Estos son los psicópatas, de los que tenemos abundantes muestras en los últimos tiempos. El psicópata que mató a sus hijos sin inmutarse, el hijo de puta que maltrata diariamente a su mujer porque es una puta que se lo merece, los banqueros que se enriquecen a costa del sufrimiento de miles de familias condenadas a la indigencia y se esfuerzan por seguir haciéndolo, los jueces que desahucian diariamente a decenas de personas aplicando leyes a todas luces injustas. Ellos no tienen sentimiento alguno de culpa, y por eso no piden perdón a sus víctimas, y por eso no pueden ser perdonados.
    El psicópata que hace su voluntad a pesar del sufrimiento del otro no experimenta sentimiento alguno de culpa. Desde tu posición parece ser este el estado más deseable pues viven en un eterno paraíso. No hay culpa, luego no hay infierno. Seamos todos psicópatas ajenos a la empatía y la compasión y el mundo será un paraíso para nosotros. ¡A vivir, que son dos días!

    Por Julio
    • 28 de octubre de 2012 a las 18:41

      No, mi posición es desenmascarar el concepto de infierto. Producido para someternos en vida bajo el temor de la culpa, el deber y su castigo. Lo que hay está aquí, ya sea cielo o infierno, y lo que habrá será lo que aquí se produzca. Así que mejor estemos atentos a lo que es cielo, reconocerlo, dejarle espacio y hacer que crezca. Como dices, y como dice Arendt, el mal es frecuentemente banal, y por eso lo propio y más característico del ser humano es su capacidad para perdonar.

  • 14 de noviembre de 2012 a las 12:28

    ¿Y quién desenmascara al desenmascarador? donde no hay sentimiento de culpa, no cabe el perdón.

    Por Julio